La noche en que Amelia Cruz descubre a su prometido en brazos de su propia hermana, decide que no volverá a permitir que nadie la humille.
En el aeropuerto se acerca a un desconocido alto, serio y vestido con uniforme militar.
—Disculpa, ¿necesitas novia?
Adrián Guerrero la observa durante unos segundos antes de responder:
—Novia no. Pero necesito una esposa.
Así comienza un matrimonio entre dos desconocidos. Amelia cree que Adrián es un exmilitar recién retirado, sin fortuna ni un lugar al cual regresar. Él le ofrece respeto, protección y una vida tranquila; ella le promete un hogar mientras ambos deciden qué hacer con su futuro.
Sin embargo, el hombre frío y disciplinado que duerme a su lado empieza a tratarla como si fuera lo más importante de su vida. Cocina para ella, la espera cada noche y aparece siempre que alguien intenta hacerle daño. Ante todos los demás conserva la dureza de un antiguo oficial de las fuerzas especiales; solo con Amelia baja la guardia.
Lo que ella no sabe es que Adrián nunca ha sido un hombre sin dinero. Es el heredero del Grupo Guerrero, una de las familias más poderosas del país, y regresó del ejército para ocupar el lugar que le corresponde.
Amelia pensó que aquel matrimonio sería su forma de escapar de una traición. Nunca imaginó que terminaría enamorándose de su esposo… ni que descubrir su verdadera identidad pondría a prueba el único amor en el que había vuelto a creer.
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Capítulo 2
Capítulo 2 — Este es mi prometido
—¿Qué? ¿No te atreves? —había preguntado él.
La voz de Adrián sonaba tranquila, casi perezosa, pero tenía algo de lobo acechando a un conejo que se acerca solo a la trampa.
Amelia dudó apenas un segundo. La idea había sido suya; retractarse ahora sería darse una bofetada a sí misma. Ya vería después cómo salir del enredo. Primero, la función.
—Trato hecho —repitió.
Se colgó del brazo del hombre con naturalidad, como si lo hubiera hecho toda la vida, y lo llevó hasta donde estaban Bruno y Cintia. Con una sonrisa dulce, casi radiante, anunció:
—Bruno, vine solo a decirte dos cosas. La primera: terminamos. La segunda —hizo una pausa deliberada—, déjame presentarte. Este es mi prometido.
El giro los tomó por sorpresa. Bruno y Cintia abrieron los ojos de par en par y miraron al hombre que colgaba del brazo de Amelia.
Rostro apuesto, porte distinguido. Alto, erguido como un árbol joven. Un aire de frialdad cortante que imponía. Solo que la ropa lo desmentía: camiseta y pantalón de camuflaje, botas gastadas. Parecía, sin más, un soldado.
Bruno, que un momento antes se había sentido empequeñecido frente a ese desconocido, recuperó de golpe su arrogancia.
—Ame, terminar está bien —dijo con una sonrisa condescendiente—. Pero no hace falta que agarres a cualquier hombre de la calle y lo hagas pasar por tu prometido.
Según él, Amelia había estado tres años perdidamente enamorada. Era imposible que hubiera cambiado de corazón de un día para otro.
Cintia se sumó, con la nariz arrugada de desprecio:
—Eso, hermana. Este hombre tiene toda la pinta de ser un soldado muerto de hambre. ¿Para qué te rebajas así?
—¿Y qué tiene de malo ser soldado? —Amelia soltó una risa breve—. Al menos es honesto y sirve a su país. No como cierta gente, que solo sabe fingir inocencia mientras se acuesta con el novio de su hermana.
La pulla hizo reír a los curiosos que se habían acercado. Las miradas que cayeron sobre Cintia estaban cargadas de burla. Al fin y al cabo, ¿qué escrúpulos podía tener alguien capaz de robarle el novio a su propia hermana?
Adrián bajó la vista un instante hacia la mujer prendida de su brazo. Sus labios delgados se curvaron apenas.
Cintia palideció. Se aferró a la mano de Bruno con expresión de víctima.
—Hermana, ¿cómo puedes decir eso? Yo lo hago por tu bien. Si querías un hombre, Bruno y yo te podíamos presentar a alguien. Pero traer a un extraño y hacerlo pasar por prometido… es de niños.
Qué bien habla. Cualquiera diría que ella es la esposa legítima y yo la intrusa, pensó Amelia.
Estaba por responder cuando la voz grave y fría de Adrián se le adelantó, justo al oído:
—Señorita, ¿y usted por qué está tan segura de que soy un impostor?
Amelia no pudo evitar una risita ante el tono ceremonioso. El hombre tenía su gracia.
Cintia, en cambio, se quedó tiesa bajo esa mirada oscura. Un soldado sin un peso no debería intimidar así. Y sin embargo, algo en él daba miedo.
Bruno frunció el ceño. Él no perdía la cabeza tan fácil como Cintia.
—¿Y cómo pruebas tú que no eres un impostor? —contraatacó.
Buena pregunta. Difícil de responder, la verdad.
Amelia titubeó dos segundos. Entonces alzó el rostro hacia Adrián, con los ojos brillantes y la voz suave, casi mimosa, como si le hiciera un berrinche cariñoso:
—Amor… no nos creen. ¿Qué hacemos?
A Adrián le tembló apenas la comisura del ojo. La mujer era lista: le había pasado el problema entero a él, limpiamente.
Muy bien. Entonces que no se arrepienta después.
Levantó la mano y con dos dedos le alzó la barbilla. Antes de que ella pudiera reaccionar, se inclinó y le rozó los labios con los suyos. Un beso breve, tibio, calculado.
Luego se enderezó y miró a Bruno con desdén.
—Señor Lara, ¿esto basta para probar nuestra relación?
El corazón de Amelia se disparó sin permiso. Un segundo después cayó en la cuenta de que ese hombre acababa de sacar ventaja del asunto. Pero tenía que seguir sonriendo, feliz, como si lo disfrutara.
El contacto había durado apenas un instante, y aun así le dejó los labios ardiendo y la mente en blanco. No conocía ni el apellido de aquel hombre, pero él había entendido su juego sin pedir explicaciones y lo había llevado hasta el final con una seguridad desconcertante. Amelia se obligó a recordar que todo era una actuación. Ya tendría tiempo de exigirle cuentas cuando Bruno y Cintia dejaran de mirar.
Puse la piedra yo misma y me tropecé con ella, pensó.
Aun así, al ver la rabia encenderse en los ojos de Bruno, se sintió un poco mejor.
—Ame, no puede ser —insistió él, taladrándola con la mirada, buscando la grieta en su gesto—. Estos tres años estuviste enamorada de mí. Me ayudabas en todo, hasta me mandabas dinero para la investigación. ¿De dónde salió este prometido?
El rostro de Amelia permaneció sereno. Que Bruno mencionara el dinero fue, justamente, su error.
—Bruno, me lo recordaste tú mismo —dijo con dulzura venenosa—. En estos tres años te financié, cuando menos, un millón. Ya es hora de que lo devuelvas.
La empresa de los Lara llevaba dos años en apuros; sin ella, Bruno jamás habría llegado adonde estaba.
Cintia saltó de inmediato:
—¡Hermana! Ese dinero se lo diste por voluntad propia, él no te lo pidió prestado. Además, tu dinero es dinero de la familia Cruz, y a mí también me toca una parte.
Amelia la miró con una sonrisa burlona.
—Cintia, desde que me fui de esa casa no he tocado un solo peso de los Cruz. Ah, y ya que juras tanto amor por él… ¿por qué no le pagas tú la deuda? No es mucho. Redondeemos: un millón. El resto se lo regalo a los perros.
Bruno, humillado en público, se puso rojo como la grana.
—Amelia, ¿a quién le dices perro?
—Amor, ¿yo dije que alguien fuera un perro? —Amelia se recostó contra Adrián, hecha una gatita.
La mano grande de él le rodeó la cintura fina. Con un gesto casual, le acomodó un mechón detrás de la oreja y dijo, con una sonrisa suave:
—El que se dé por aludido, será. Hay mucho ruido aquí. Vámonos.
—Claro —sonrió ella.
Lo dado por terminado, terminado estaba. No valía la pena seguir.
Se dejó guiar por la mano que le rodeaba la cintura hacia la salida. A los pocos pasos, se giró una última vez.
—Bruno, tienes dos días para transferir el dinero a mi cuenta. Cada día de retraso, diez por ciento de interés.
Y sin esperar respuesta, se marcharon.
—¡Amelia, eso es usura! —gritó Bruno a sus espaldas, ardiendo de rabia.
Cintia lo jaló del brazo.
—Ya, no grites, todos nos están viendo. Vámonos.
Por dentro, sin embargo, también rechinaba los dientes. Aunque se consolaba con una idea: le había quitado Bruno a su hermana. Por una vez, le había ganado a Amelia.
Los Lara no eran ricos, y ese origen humilde a Cintia le importaba poco. Pero quería a Bruno, y Bruno era ahora un investigador prometedor, con futuro y con dinero por delante.
Ya podía imaginarse la vida feliz que le esperaba.
No tenía idea de lo equivocada que estaba.