Carlos está decidido a cobrar venganza, sin importar que el corazón se le esté partiendo en dos.
Lucia, envuelta en una venganza sin retorno...
Las cenizas serán lo único que quede de aquella guerra.
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19
### Lucía Pereyra
Mi mundo entero se sentía como si fuera una fantasía, algo sumamente falso y frágil.
Pero, de manera perversa, eso era exactamente lo que me estaba gustando.
Mientras recordaba la noche que pasamos Carlos y yo en aquel hotel de Miami, me sentía completamente sumergida en un sueño irreal... No podía creerlo; me resultaba casi imposible asimilar lo que había sucedido entre los dos.
Él se había marchado temprano a su oficina mientras yo me quedaba a esperarlo en mi departamento. Habíamos regresado hacía apenas una semana de aquellas vacaciones improvisadas, y todavía podía recordar con una claridad abrumadora la vibración de sus caricias sobre mi piel.
Al principio me carcomía el pánico de que él se arrepintiera a la mañana siguiente de haber cruzado esa línea, pero lejos de lamentarlo, volvimos a entregarnos el uno al otro una y otra vez, hasta el punto de que casi perdimos el vuelo de regreso.
Desde ese momento, parecía que vivía bajo el influjo de un hechizo insalvable.
Él venía cada noche a visitarme, cenábamos juntos frente a frente como si realmente fuéramos una pareja consolidada. Aunque a veces percibía una distancia helada y extraña de su parte, decidía pasar por alto esa corazonada; me decía a mí misma que debía de ser sumamente difícil para él gestionar la transición de ser mi mejor amigo a convertirse en mi amante.
Para mí, sin embargo, la situación rozaba lo increíble.
Pero el recuerdo persistente de Esteban y la imagen vívida de verlo arrodillado frente a mí, sosteniendo un anillo, seguía calando con fuerza en lo más profundo de mi mente. No lograba descifrar si se trataba de un fragmento real de mi pasado o si era simplemente una jugada confusa de mi imaginación.
Si hubiéramos sido pareja, Esteban me habría reconocido de inmediato. Era imposible que me estuviera mintiendo con tanta naturalidad.
Quizás Carlos tenía toda la razón y solo era una fantasía absurda; según él, yo jamás había tenido un novio antes del accidente.
Pero, por otro lado, también existía la aterradora posibilidad de que Carlos simplemente no lo supiera, y que yo hubiera mantenido esa relación en absoluto secreto. Tener un novio oculto.
Como siempre que intentaba forzar los hilos de mi memoria, la cabeza comenzó a dolerme con un chasquido agudo. Me puse de pie y caminé hacia el baño; me lavé la cara con agua helada buscando recuperar la compostura. Cada vez que me obsesionaba con recordar, me invadía la amarga corazonada de que la verdad oculta no me iba a gustar en lo absoluto.
El sonido metálico de la puerta principal al abrirse me sacó de mis pensamientos. Salí del baño secándome el rostro con una toalla pequeña. Carlos acababa de entrar al departamento cargando entre sus manos una elegante caja que contenía un hermoso pastel de fresas y chocolate.
Le dediqué una sonrisa genuina y me apresuré a ayudarlo.
—Feliz cumpleaños, mi amor —dijo con voz suave, inclinándose para depositar un beso tierno y pausado en mis labios.
—Muchas gracias... —susurré, cerrando los ojos para dejarme envolver por esa calidez hermosa que me removía el corazón.
—Te traje tu favorito —anunció con orgullo, retirando el empaque protector para dejar al descubierto la cobertura de chocolate.
Me senté a la mesa mientras él colocaba cuidadosamente dos velas sobre la superficie. Justo cuando sacó el encendedor para prenderles fuego, extendí la mano para detenerlo.
—Espera un momento... iré por mi padre —le pedí, poniéndome de pie para buscar a mi papá, quien descansaba en la sala.
Carlos se ofreció de inmediato y me ayudó a trasladarlo hacia la cocina. La silla de ruedas de alta gama que él le había conseguido tras el accidente era una bendición; me facilitaba enormemente la tarea de movilizarlo. Una vez reunidos los tres alrededor de la mesa, Carlos encendió la llama de las velas.
—¡Cumpleaños feliz, te deseamos a ti...! —comenzó a cantar Carlos con un entusiasmo contagioso, aplaudiendo al ritmo de la melodía.
Me giré por un instante para observar a mi padre y noté cómo un par de lágrimas silenciosas rodaban por sus mejillas inmóviles. Tuve la certeza absoluta de que, si su cuerpo se lo permitiera, en ese preciso instante me estaría estrechando entre sus brazos con fuerza, deseándome el mejor de los días. Papá siempre era el primero en felicitarme; recordé que, a pesar de su carácter predominantemente frío y reservado, todas las mañanas de mi cumpleaños solía despertarme temprano para llevarme a degustar mi platillo favorito. Luego me obsequiaba algún detalle valioso: un reloj elegante, una cadena de oro... Objetos que en su momento consideraba insignificantes, pero que hoy añoraba con el alma.
—Apaga las velas, cumpleañera —la voz de Carlos me trajo de vuelta a la realidad.
Me aproximé a la mesa, inclinándome ligeramente sobre el pastel.
—Recuerda pedir un deseo primero —añadió Carlos, regalándome una sonrisa inmensa y brillante.
Cerré los ojos bien fuerte, intentando buscar qué más podía pedirle a la vida. En este preciso instante sentía que lo tenía absolutamente todo.
Pero entonces, como un latigazo brutal que me congeló la sangre, el recuerdo fulminante de Carlos apretándome el cuello con violencia instintiva, hasta el punto de dejarme casi sin aire y al borde de la muerte, irrumpió en mi mente como una punzada de dolor insoportable.
Me aparté de golpe del pastel, jadeando por el impacto.
Abrí los ojos de par en par y, poseída por el pánico atávico que residía en ese recuerdo recupardado, clavé la mirada en Carlos. Él me observaba con desconcierto.
—¿Qué... qué sucede, Lucía? —preguntó, forzando una sonrisa que pretendía transmitir tranquilidad, pero en sus ojos no había ni una gota de paz; solo se leía una duda corrosiva y un terror sofocado.
*¿Carlos me hizo daño? ¿Él intentó matarme?*
Con las manos temblándome fuera de control, retrocedí varios pasos, alejándome por completo de la cocina. Él me siguió a paso rápido y extendió el brazo para tomarme de la mano, pero la sola cercanía de su piel me provocó un escalofrío horrendo y me zafé de su agarre con un brinco instintivo.
—¡No te me acerques! —le grité con la voz quebrada por la frustración, poniendo distancia entre los dos.
Carlos se detuvo en seco, como si le hubieran disparado. Me miró con una expresión desencajada, cargada de un miedo desgarrador. Su postura erguida se desmoronó por completo.
—Lucía... por favor, dime qué te está pasando... —su voz sonó casi rota, temblorosa.
—¡Dímelo tú a mí! —exigí, encarándolo mientras la respiración se me aceleraba—. ¿Por qué te pones así? ¿Por qué tus ojos están llenos de pánico justo ahora?
Al escucharme, Carlos se tensó aún más, confirmándome con su silencio que me estaba ocultando algo espantoso. Este miedo visceral que me invadía al intentar recordar no era una simple secuela del accidente... ¡era el trauma de saber que él me había querido asesinar!
¿Por qué? ¿Por qué el hombre que decía amarme habría querido hacerme un daño tan atroz?
Una opresión insufrible en el pecho desató una marea de lágrimas violentas. No pude contener el llanto reprimido, que brotó de mí con una fuerza desgarradora, dejándome sin un solo gramo de energía. No entendía por qué recordar esto me dolía tanto en el alma.
Sin fuerzas para mantenerme en pie, me dejé caer al suelo, sumida en una tristeza profunda e impotente.
—Lucía, por favor, no llores... dime qué sientes —su tono desesperado y genuinamente preocupado resonó en la estancia.
Sin embargo, en cuanto hizo el ademán de agacharse hacia mí, la necesidad visceral de protegerme volvió a activarse.
—¡Que no te acerques! ¡Ahora no! —exclamé, ahogada por las lágrimas—. Por favor... déjame sola —le supliqué, cubriéndome el rostro con ambos brazos, aturdida y desorientada en mi propio infierno.
—No... no puedo dejarte así —murmuró conmovido.
Rorpiendo mi barrera, se dejó caer a mi lado y me envolvió en un abrazo cálido y apretado.
En lugar de rechazarlo esta vez, la debilidad me venció y sentí la imperiosa necesidad de aferrarme a su cuello. Mi corazón latía desbocado, como si quisiera salírseme del pecho; pero el de él... el de él estaba acelerado a un punto tal que parecía a punto de explotar contra mi torso.
—¿Qué te pasó? ¿Por qué reaccionaste así de la nada? —susurró contra mi cabello.
—¿Tú... tú intentaste matarme alguna vez? —solté la pregunta a quemarropa, sin anestesia.
Carlos se quedó rígido como una piedra instantáneamente. El aire a nuestro alrededor se congeló. Intenté separarme un poco para mirarle la cara y exigir una respuesta, pero sus brazos se apretaron con más fuerza alrededor de mí, prohibiéndome tajantemente cualquier movimiento.
De pronto, se puso de pie de un salto, rompiendo el abrazo. Sin pronunciar una sola palabra, caminó a pasos agigantados hacia la salida y abandonó el departamento, dando un portazo que retumbó en las paredes.
Me quedé tirada en el suelo, sola, descolocada y con las lágrimas corriendo libremente por mis mejillas. La sensación de abandono me caló hasta los huesos, acompañada por una siniestra certidumbre: esta escena de violencia, dolor y huida ya se había repetido entre los dos en el pasado.