Anna es la definición de pragmatismo. Aceptó casarse con un extraño hace tres años solo para cumplir el deseo de su abuela, bajo la condición de que cada uno viviera su vida por separado. Para ella, David es solo un nombre en un acta de matrimonio y una transferencia mensual. David, por su parte, es un titán de los negocios, un hombre cuya posesividad solo es superada por su hermetismo; para él, Anna es un "trámite" lejano que vive en otra ciudad... o eso creía.
Todo cambia en una noche de copas y luces de neón. En una exclusiva discoteca, dos desconocidos se atraen magnéticamente. Anna, decidida a dejar de ser la "esposa de papel", se entrega por primera vez a un extraño de ojos gélidos y manos posesivas. David queda obsesionado con la mujer que desapareció al amanecer
El enredo estalla cuando David decide que esa "desconocida" debe ser suya, sin saber que ya lo es legalmente
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capitulo 14
El salón de mármol del Grand Hotel resplandecía bajo mil lámparas de cristal, pero para Anna, el ambiente estaba cargado de una estática opresiva. Vestía un diseño de seda color perla que se ceñía a su cuerpo como una segunda piel, cerrado hasta la garganta pero con una espalda descubierta que desafiaba la frialdad de la noche. A su lado, David era una sombra imponente en su esmoquin negro. Su mano no descansaba en la cintura de Anna por afecto, sino por una posesividad territorial que ella sentía en cada centímetro de su piel.
—Sonríe, Anna —masulló David cerca de su oído, su aliento rozando el lóbulo de su oreja—. Los fotógrafos no buscan un balance de situación, buscan un romance que vender.
—Mi sonrisa no está en el contrato, David. Mi presencia sí —respondió ella, manteniendo la vista al frente, su máscara de hielo intacta a pesar del calor que la mano de él generaba en su costado.
De repente, la marea de invitados se abrió. Un hombre de paso fluido y sonrisa fácil se acercó con una copa de champán en la mano. Era Arturo Varga, el único hombre que se atrevía a arrebatarle licitaciones a David y el único que no bajaba la mirada ante su escrutinio gélido.
—David, siempre un placer ver cómo custodias tus tesoros —dijo Arturo, su voz era terciopelo y veneno. Sus ojos, oscuros y vivaces, se desviaron de inmediato hacia Anna—. Pero hoy, el tesoro eclipsa al guardián.
David tensó el brazo alrededor de Anna. Sus dedos se hundieron sutilmente en la seda de su vestido.
—Arturo. Pensé que estarías ocupado intentando salvar tus acciones en el sector energético.
Arturo soltó una risa ligera y se volvió por completo hacia Anna, ignorando la hostilidad de David. Tomó la mano de ella antes de que David pudiera reaccionar y depositó un beso suave, prolongando el contacto visual más de lo protocolario.
—Anna Bianchi. He seguido tus análisis sobre la reestructuración de activos de la familia. Es una obra de arte pragmática. Tienes una mente que no pertenece a los salones de baile, sino a los centros de mando. Es un desperdicio que David te mantenga como una joya de vitrina.
Anna sintió una chispa de sorpresa. Nadie, y mucho menos David, solía elogiar su intelecto en público; para el mundo, ella era solo la extensión legal de un apellido poderoso.
—El análisis es mi lenguaje, señor Varga. Y las vitrinas suelen ser aburridas para quienes preferimos la estrategia.
—Arturo, por favor —corrigió él, inclinándose hacia ella con una familiaridad que hizo que David diera un paso al frente, invadiendo el espacio—. Me encantaría discutir contigo tu teoría sobre los mercados emergentes. David es... brillante, pero carece de tu sutileza analítica. Él prefiere la fuerza bruta; tú prefieres la precisión quirúrgica. Es una combinación fascinante.
Los celos de David estallaron como una combustión espontánea. No era solo el coqueteo de Arturo lo que le irritaba; era la forma en que Anna parecía responder a la validación intelectual de su rival. Su posesividad, siempre latente, se volvió punzante.
—Mi esposa no está aquí para discutir negocios contigo, Arturo —sentenció David, su voz bajando a un tono gutural que hizo que un par de invitados cercanos se giraran.
—Oh, vamos, David. No seas tan arcaico —replicó Arturo, sus ojos brillando con pura diversión al notar la grieta en el control del "Heredero de Hielo"—. Una mujer como Anna no es una propiedad que se guarda bajo llave. Es una aliada que se presume. ¿O es que tienes miedo de que descubra que hay mundos más... fluidos fuera de tu rigidez?
Arturo extendió su mano hacia Anna, rozando ligeramente su hombro descubierto. Fue un gesto fugaz, pero para David fue una declaración de guerra.
—Anna, esta pieza es un vals. ¿Me concederías el honor? Estoy seguro de que David puede sobrevivir tres minutos sin vigilar su patrimonio.
Anna dudó. Su mente analítica le decía que aceptar sería una provocación innecesaria, pero la opresión de David la estaba asfixiando. Quería recordarle que ella no era un activo inanimado.
—Me encantaría —dijo Anna, con una voz clara que cortó la tensión.
David sintió un rugido interno. Su mano se cerró en un puño tras su espalda. Ver a Anna alejarse hacia la pista con Arturo, ver la mano de su rival posarse en la piel desnuda de la espalda de ella, le provocó una náusea de furia posesiva. Observó cómo Arturo le susurraba algo al oído y cómo ella, por primera vez en toda la noche, soltaba una risa genuina, humana.
—Esa mujer es mía —masulló David para sí mismo, su mirada gris clavada en la pareja como si pudiera incendiarlos a distancia.
La sensualidad del baile era un insulto para él. Arturo movía a Anna con una fluidez que David rara vez se permitía, y ella parecía, por un instante, haber dejado caer la máscara de hielo para disfrutar del juego. David no esperó a que terminara la pieza. Caminó hacia el centro de la pista, ignorando las miradas de la alta sociedad, y se interpuso entre ellos con una brusquedad que detuvo el movimiento de Arturo.
—Se acabó el baile —dijo David, su mano atrapando el brazo de Anna con una fuerza que gritaba "mía" ante todo el salón.
—Apenas empezábamos, David —dijo Arturo, alzando las manos en un gesto de rendición burlona—. Pero veo que el dueño ha vuelto por su contrato. Anna, un placer absoluto. Espero que nos volvamos a ver... en un entorno menos vigilado.
David no respondió. Arrastró a Anna hacia la salida, ignorando las protestas silenciosas de ella. En el trayecto hacia el coche, el silencio era ensordecedor. Una vez dentro del vehículo, David la acorraló contra el asiento de cuero.
—No vuelvas a tocar a ese hombre. No vuelvas a sonreírle así —exigió David, su rostro a centímetros del de ella, sus ojos inyectados en una posesividad salvaje.
Anna lo miró, su pecho subiendo y bajando con una respiración agitada.
—¿Estás celoso, David? ¿O simplemente te preocupa que alguien más aprecie el activo que tienes descuidado?
David la besó entonces, un beso cargado de rabia, celos y un deseo que ya no podía racionalizar. No era el beso de un esposo; era el reclamo de un hombre que acababa de darse cuenta de que su "esposa de papel" era el único tesoro que Arturo Varga, y el resto del mundo, moriría por arrebatarle. La entrada de Arturo había logrado lo que tres años de silencio no pudieron: David Bianchi ya no veía un contrato, veía a la mujer que estaba dispuesto a destruir el mundo por conservar.