Tras ser traicionada por su mejor amiga y su entrenador, la prodigiosa animadora Emma es asesinada. Al renacer dos años antes, se une al equipo rival para reconstruirlo y reunir pruebas con las que desenmascarar a quienes la destruyeron.
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Capítulo 4: Primeros pasos, primeras miradas
Los días siguientes fueron una mezcla de agotamiento y euforia. Llegaba al gimnasio antes de que saliera el sol y me iba cuando ya no se veía nada sin las luces encendidas. Poco a poco, el equipo creció: se sumaron otras tres chicas y otro chico, y de pronto no éramos cuatro, éramos ocho. No éramos el equipo más grande, ni el más rico, ni el más famoso. Pero éramos el más dedicado. Cada movimiento lo repetíamos cincuenta, cien veces, hasta que salía perfecto. Cada cántico lo ensayábamos hasta que resonaba en todo el gimnasio.
Un viernes, durante el descanso, escuché risas afuera. Al asomarme por la ventana, vi a un grupo de animadoras de Westford, con sus uniformes impecables y sus pompones brillantes, mirando hacia el gimnasio de Riverside y señalando, burlándose. En el centro del grupo estaba Lila. Nuestras miradas se cruzaron por un instante. Ella sonrió con arrogancia, como diciendo «qué lástima, perdiste tu talento viniendo aquí». Yo no bajé la mirada. Le devolví la sonrisa, una sonrisa segura, y volví a entrenar, sin dejar que su presencia me distrajera.
—¿Las conoces? —preguntó Zoe, que se había acercado a mi lado.
—Sí —respondí secamente—. Son mi antiguo equipo. Y no nos importan. Nosotras competimos contra nosotras mismas, no contra ellas. Si nos superamos cada día, ya hemos ganado.
Esa frase se convirtió en nuestro lema. La repetíamos antes de cada entrenamiento, la escribimos en la pizarra, la decíamos en voz alta cuando estábamos cansados o desanimados. Competimos contra nosotras mismas. Si nos superamos cada día, ya hemos ganado.
Pero no todo era entrenamiento. También tenía que avanzar en mi investigación. Sabía que el entrenador Márquez no solo era manipulador, sino que cometía irregularidades: se quedaba con parte del dinero de los patrocinadores, obligaba a las chicas a hacer cosas inapropiadas para conseguir donaciones, manipulaba las notas de las alumnas para mantenerlas en el equipo. En mi vida anterior, no me di cuenta de todo eso hasta que fue demasiado tarde. Ahora, iba a reunir pruebas desde el principio.
Una tarde, después de entrenar, me acerqué a la oficina de administración de Westford. Sabía que los registros de gastos del equipo estaban en un archivador del pasillo, cerca de la sala de profesores. Era arriesgado, pero era la única manera. Me puse una capucha para que no me reconocieran y entré con paso rápido. Encontré los documentos justo donde recordaba que estarían. Los hojeé rápido: facturas falsas, donaciones que no aparecían en los registros, pagos a personas que no existían. Todo lo que necesitaba para empezar a armar el caso contra él.
Saqué fotos con mi celular con manos temblorosas. Cada imagen era un paso más hacia la justicia. Pero de pronto, escuché pasos. Cerré el archivador de golpe y me escondí detrás de una estantería. La puerta se abrió. Era el entrenador Márquez. Miró a su alrededor, con expresión desconfiada, pero no me vio. Se acercó al archivador, lo revisó y se marchó. Salí de allí con el corazón a mil por hora, respirando alivio al llegar a la calle. Tenía las primeras pruebas. Pero también sabía que había estado demasiado cerca. A partir de ese momento, tendría que ser más cuidadosa.
Al día siguiente, en el recreo, Lila se acercó a mi mesa en la cafetería. Se sentó enfrente de mí, sin invitarla, con esa sonrisa falsa que ya conocía tan bien.
—Veo que te diviertes con los perdedores —dijo, con voz dulce pero venenosa—. Podrías volver, Emma. Te estamos esperando. El entrenador dice que te perdona por tu arranque.
—No tengo nada que perdonar, ni nada que volver —respondí sin levantar la vista de mi cuaderno—. Y aquí no hay perdedores. Hay gente que trabaja en lugar de burlarse de los demás.
—¿Ah sí? —se inclinó hacia mí, bajando la voz para que nadie más escuchara—. Vas a arrepentirte, Emma. Nadie le gana a Westford. Y mucho menos tú.
Se levantó y se marchó, moviendo la cabeza con falsa lástima. Sus palabras me dolieron, no porque tuvieran razón, sino porque sabía que era capaz de cumplirlas. Pero esta vez, yo estaba preparada.
Esa tarde, al llegar al gimnasio, encontré al equipo esperándome, con una sorpresa. Habían comprado tela azul y blanca —los colores de Riverside— y habían cosido ellos mismos unos pompones sencillos y unas cintas para el cabello. No eran perfectos, no eran de marca, pero eran nuestros.
—No es mucho —dijo Mara, sonriendo—, pero es nuestro.
Me emocioné hasta las lágrimas.
—Es lo más bonito que he tenido nunca —les dije—. Porque lo hicimos juntos.
Ese día entendí algo importante: el equipo no era solo para ganar competiciones. Era mi refugio, mi familia, mi fuerza. Y mientras los tuviera a ellos, no tendría miedo de nada.