Valeria Grien y Maximiliano Starling no tienen absolutamente nada en común. Ella es una mujer de curvas generosas, caótica, expresiva y con una seguridad en sí misma que resulta magnética. Él es un hombre de negocios metódico, frío y un obsesivo del control que parece haber nacido con el traje puesto. Sin embargo, el destino —y el testamento de una abuela muy metiche— los obliga a tomar una decisión drástica: casarse y convivir bajo el mismo techo durante un año para no perder su herencia.
Dispuestos a sobrevivir al encierro sin matarse en el intento, firman un pacto inquebrantable con una regla de oro estricta: camas separadas y cero contacto físico. Todo marcha según el plan, entre discusiones domésticas y una tensión que echa chispas... hasta que una mañana Valeria se despierta con náuseas y una prueba con dos rayitas rosas en la mano.
¿El gran problema? Ella no sabe cómo pasó, y él, con su legendario autocontrol, muchísimo menos.
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CAPÍTULO 21: La conspiración de la habitación (Convivencia forzada)
El avance del quinto mes de embarazo trajo consigo una transformación que ningún acuerdo de confidencialidad ni estrategia de relaciones públicas podía contener. La panza de Valeria ya no era una sutil sugerencia debajo de la ropa floja; era una hermosa y redondeada realidad que transformaba cualquier playera ordinaria en una declaración de maternidad innegable. Su andar se había vuelto un poco más pausado, sus curvas se habían acentuado y el "bicho" había decidido que el espacio intrauterino era su parque de diversiones personal, propinando sutiles golpes que Valeria amortiguaba con una mano y una mueca de sorpresa.
Sin embargo, el verdadero peligro de que el embarazo se volviera de conocimiento público dentro del clan familiar no era la prensa, sino el instinto protector y profundamente territorial de las futuras abuelas.
El martes a las seis de la tarde, el timbre del apartamento sonó con una insistencia rítmica que a Maximiliano le pareció una violación directa al reglamento de copropiedad. Al abrir la puerta, el magnate de la construcción se quedó petrificado en el umbral. Allí estaban Leonor Starling y la madre de Valeria, flanqueadas por un juego de maletas de diseñador que sugerían una estancia de larga duración, y portando una energía que combinaba la autoridad de un comité de inspección sanitaria con el entusiasmo de una fuerza de ocupación militar.
—¡Sorpresa! —anunció la madre de Valeria, haciéndose paso hacia el vestíbulo sin esperar invitación y dejando un beso con olor a lavanda en la mejilla de su yerno—. Como la prensa no para de acosarlos y vimos que la habitación del bebé sigue pareciendo un depósito de materiales de construcción, Leonor y yo tomamos una determinación ejecutiva. Nos quedamos una semana para apoyarlos con la logística decorativa y el orden del hogar. Una embarazada en el segundo trimestre no puede estar lidiando con pintores y catálogos sola.
—Es una medida de contingencia necesaria, Maximiliano —añadió Leonor, entrando con el mentón en alto y supervisando el estado del piso flotante con ojos de auditor—. Nos instalaremos en la suite de huéspedes. No te preocupes por el espacio, ya coordiné con el servicio de limpieza para que traigan suministros extra. Ahora, ¿dónde está mi nieta?
Valeria asomó la cabeza por el pasillo, con una manzana verde a medio morder en la mano, y su rostro pasó del blanco al pálido en un segundo al ver el despliegue de equipaje. Miró a Maximiliano, quien la miraba de vuelta con los ojos grises cargados de una alarma matemática. La suite de huéspedes no era una suite de huéspedes; era la habitación clandestina donde Valeria dormía desde que firmaron el contrato matrimonial, llena de sus texturas caóticas, sus cojines de colores desparramados y su absoluto desprecio por el orden simétrico de los Starling.
Si las madres ponían un pie en ese cuarto, la farsa del matrimonio perfecto del año se desmoronaba en tres segundos, las acciones de la constructora caían en picada y el abuelo Román los citaba a un tribunal de honor familiar el día siguiente.
—¡Mamá! ¡Leonor! Qué... qué eficiencia —articuló Valeria, forzando una sonrisa y avanzando a paso rápido para interponerse entre las mujeres y el pasillo de los cuartos—. Pero la suite de huéspedes está... en pleno proceso de desinfección química. Sí, llamamos a una empresa porque Maximiliano detectó un hongo microscópico en el sistema de ventilación de ese sector y no es seguro para ustedes.
—Efectivamente —improvisó Maximiliano, colocándose al lado de Valeria y pasándole un brazo por la cintura con una firmeza que pretendía simular afecto conyugal, aunque sus dedos temblaban sutilmente sobre la seda de su vestido—. El protocolo de salubridad intrauterina nos obligó a aislar el ala izquierda del departamento. Por lo tanto, Valeria y yo hemos trasladado todas nuestras pertenencias a la suite principal. Ustedes pueden usar mi antiguo... es decir, nuestro segundo estudio, donde ya instalamos dos camas de campaña ergonómicas de alta gama.
Tras una negociación tensa que incluyó promesas de tés orgánicos y revisiones de planos al día siguiente, las madres finalmente se retiraron a su trinchera provisional, dejando a la pareja a solas en la sala de estar. En cuanto la puerta del estudio se cerró, Maximiliano soltó a Valeria como si su cintura quemara y se pasó una mano por el cabello, completamente descolocado.
—Esto rompe todas las variables del contrato, Grien —siseó en susurros, mirando hacia el pasillo—. No podemos mantener la separación de bienes ni de cuerpos en un espacio de cincuenta metros cuadrados. La frontera del pasillo ha quedado oficialmente destruida por una fuerza de ocupación materna.
—Menos discursos y más acción, Starling —respondió Valeria, agarrándolo de la manga de la camisa para arrastrarlo hacia la suite principal—. Tenemos exactamente diez minutos para meter toda mi ropa en tu clóset impecable, tirar mis cremas en tu baño perfecto y fingir que compartimos el mismo aire por las noches. Mové las piernas, lobo de los negocios.
El traslado clandestino fue una coreografía de pánico. Para las once de la noche, la suite principal de Maximiliano parecía el escenario de una colisión cultural: sus trajes negros y grises, alineados por orden cromático decreciente, ahora compartían el espacio con los vestidos estampados, los suéteres gigantes de lana y las bufandas de Valeria. El baño, que solía oler exclusivamente a loción de afeitar de alta gama y desinfectante neutro, estaba inundado por una marea de frascos de aceites de almendras para las estrías, cepillos de madera y una crema hidratante con aroma a coco que a Maximiliano le hacía estornudar cada tres minutos.
El verdadero enredo comenzó cuando llegó la hora de apagar las luces.
La cama king-size, un monumento de sábanas de mil hilos de algodón egipcio y simetría perfecta, se sentía de repente como un campo minado. Maximiliano se acostó del lado derecho, rígido como un tablón de madera, vestido con un pijama de seda gris abotonado hasta el último milímetro del cuello. Tenía los brazos pegados al cuerpo y la mirada fija en el techo, como si estuviera esperando el impacto de un misil financiero.
Del lado izquierdo, Valeria no estaba en mejor situación. Su orgullo y sus nervios estaban en plena ebullición. Para asegurarse de que el "cara de iceberg" no creyera que la convivencia forzada le daba derecho a invadir su espacio, Valeria había recolectado cada almohada, cojín decorativo y manta disponible en el cuarto, construyendo una muralla fortificada de sesenta centímetros de altura justo en la mitad exacta del colchón.
—Esta es la línea de demarcación provisional, Starling —anunció Valeria, acomodándose de lado y abrazando una almohada larga para proteger su panza—. Si una sola de tus extremidades corporativas cruza este muro de plumas, te juro que te cobro el millón de dólares de la apuesta con intereses de tarjeta de crédito.
—Te aseguro, Grien, que mi autocontrol y mi noción del espacio perimetral son infinitamente superiores a los tuyos —respondió él desde su rigidez, sin mover un solo músculo—. No tengo el menor interés en colonizar tu sector caótico. Mi único objetivo es sobrevivir a la fase de inspección de nuestras madres sin desarrollar una contractura cervical. Apaga la luz.
La oscuridad inundó el cuarto, pero el silencio no trajo la paz. El ambiente estaba cargado de una tensión eléctrica, una conciencia absoluta de la respiración del otro que hacía imposible conciliar el sueño. Maximiliano escuchaba el sutil roce de las sábanas de Valeria; Valeria escuchaba el ritmo pausado y limpio de la respiración de su esposo.
Para empeorar las cosas, el grano de arroz decidió que la posición de lado de su madre era el momento perfecto para iniciar su rutina de gimnasia nocturna.
—Ay... —soltó Valeria en un quejido bajo, moviéndose bruscamente en el colchón al sentir una patadita especialmente certera cerca de las costillas.
Maximiliano, cuyos sensores de alerta estaban al máximo, giró la cabeza hacia la muralla de almohadas.
—¿Valeria? ¿Registras alguna anomalía médica? ¿Es una contracción prematura? —preguntó, con una nota de genuino pánico filtrándose en su voz de jefe.
—No, no es ninguna anomalía, genio —susurró ella, acomodándose de espaldas con un suspiro de frustración—. Es tu hijo, que tiene el mismo temperamento obstinado que vos y decidió que las doce de la noche es el horario óptimo para remodelar mi útero a patadas. No para de moverse.
Maximiliano se quedó mudo en la penumbra. Miró la silueta de la muralla de almohadas y, por primera vez en toda la noche, su rigidez pareció ceder un milímetro. La noción de que a escasos centímetros de su cuerpo, detrás de esa barrera de plumas y algodón, la vida que habían escuchado en el consultorio estaba despierta y reclamando su espacio, le produjo una sensación extraña, un calorcito en el pecho que no encajaba en ninguna de sus fórmulas de eficiencia.
—El manual dice que... el movimiento en el segundo trimestre es un indicador de oxigenación adecuada —comentó Maximiliano en voz baja, volviendo a mirar al techo pero con una suavidad inédita en su tono—. Deberías... intentar respirar de manera diafragmática para inducir un estado de quietud en el feto.
—Tu manual no tiene que lidiar con los golpes directos en la vejiga, Starling —rezongó Valeria, aunque la sugerencia de su esposo la hizo sonreír sutilmente en la oscuridad—. Pero gracias por el dato técnico. Ahora intenta dormir, que mañana tenemos que actuar como los amantes de Verona frente a la junta de abuelas, y no quiero que tu cara de amargado nos delate.
Maximiliano no respondió, pero el silencio que siguió ya no era hostil. Estaban separados por un muro de almohadas inventado por el orgullo, pero unidos por la vibración constante de una panza que crecía a su propio ritmo, obligándolos a entender que, por más que intentaran mantener las distancias, la cama king-size ya era demasiado pequeña para el tamaño de su destino compartido.