El día de su boda, Alegra Valdés descubre que Sebastián Girón, el hombre por quien renunció a su apellido y a su fortuna, lleva meses engañándola.
Pero Alegra no piensa llorar frente al altar.
Delante de todos los invitados, revela la traición, cancela la boda y recupera la identidad que había ocultado: no es una mujer sin recursos, sino la verdadera heredera de una de las familias más poderosas de Santa Aurelia y una brillante investigadora farmacéutica.
Mientras Sebastián pierde su prestigio, su empresa y todo aquello que creyó tener asegurado, Alegra vuelve a empezar. Entonces aparece Damián Montero, su frío e insoportable director, con una propuesta inesperada: un matrimonio por conveniencia.
Lo que ella no sabe es que Damián lleva diez años protegiéndola en silencio.
Entre secretos familiares, conspiraciones científicas, enemigos dispuestos a destruirlos y un contrato que empieza a parecerse demasiado al amor, Alegra tendrá que decidir si está preparada para confiar de nuevo… esta vez en el hombre que nunca dejó de elegirla.
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Capítulo 18
Cap 18: El segundo acto
El viernes a las dos y media de la tarde, me estacioné a media cuadra del edificio Palermo.
Fui sola. Rodrigo me habría dicho que era imprudente. Montero me habría dicho que era innecesario. Gabriel habría insistido en ir conmigo con la sutileza de un camión de bomberos. Pero hay cosas que una mujer necesita ver con sus propios ojos, sin que nadie le explique lo que está mirando.
El edificio Palermo era de esos que fueron elegantes hace veinte años y que ahora sobrevivían con la dignidad de un traje viejo pero bien planchado. Fachada de ladrillo, balcones con macetas marchitas, un portero que leía el periódico con más interés del que le ponía a las cámaras de seguridad.
Esperé.
A las tres menos diez, un auto gris se detuvo frente al edificio. Del lado del pasajero bajó Violeta Cortés.
Vestía casual, jeans, blusa blanca, lentes de sol que se quitó al entrar al edificio. No miró a los lados. No titubeó. Caminó directamente hacia la puerta con la seguridad de alguien que conoce el camino, que lo ha recorrido antes, que sabe exactamente a dónde va y quién la espera.
El portero la saludó con un gesto de la mano. Familiar. Rutinario.
Vi no vivía ahí. Pero el portero la trataba como si fuera una vecina habitual.
Esperé cuarenta minutos. A las tres cuarenta, me puse los lentes de sol, crucé la calle y entré al edificio como si viviera ahí. El portero levantó la vista del periódico.
—Buenas tardes. Vengo a ver al 7B.
—¿De parte de quién?
—Soy amiga de la señorita que acaba de subir.
El portero asintió y volvió a su periódico. Así de fácil. Ni preguntó mi nombre. La seguridad de ese edificio era una broma.
No subí. No necesitaba subir. Solo necesitaba confirmar que el 7B era el departamento correcto, y ya lo sabía.
Volví a mi auto. Esperé.
A las cuatro y cuarto, Vi salió del edificio. Desde mi posición, con el teleobjetivo de la cámara que le pedí prestada a Bravo, tomé las fotos.
Foto uno: Violeta en la puerta del edificio, despidiéndose de alguien que estaba dentro del vestíbulo. Solo se veía una mano masculina en el marco de la puerta.
Foto dos: Vi caminando hacia el auto gris. Sonriendo. No la sonrisa de alivio de una mujer que sale de una reunión con un abogado. La sonrisa satisfecha de alguien que acaba de cerrar un trato.
Foto tres: La puerta del edificio cerrándose. Y en el cristal, por un instante, un reflejo. Un hombre alto, delgado, con el pelo oscuro y una camisa que le quedaba grande porque había perdido peso.
Sebastián Girón.
Volví a mi departamento a las cinco. Me senté en el sofá con la laptop y las fotos, y armé el rompecabezas.
Pieza uno: Violeta reaparece en mi vida después de tres años, justo cuando empiezo a trabajar con Montero.
Pieza dos: Me cuenta una historia de violencia doméstica que no cuadra, moretón en el lugar equivocado, departamento sin rastro de un hombre, familia con recursos que no usa.
Pieza tres: Le consigo un departamento seguro, un abogado, protección. Me convierto en su salvadora, su mejor amiga, la persona en la que más confía.
Pieza cuatro: Me hace preguntas sobre Montero, sobre mi trabajo, sobre el proyecto del instituto. Preguntas casuales, envueltas en conversación de amigas, disfrazadas de curiosidad inocente.
Pieza cinco: La llamada de «J». La nota adhesiva. Las visitas al edificio Palermo. Y en ese edificio, Sebastián Girón, el hombre que me mintió durante tres años, que perdió todo después de la boda, que necesitaba desesperadamente un camino de regreso.
El rompecabezas estaba completo.
Violeta Cortés no era mi amiga. Era un caballo de Troya. Alguien, Sebastián, o alguien más grande que Sebastián, la había puesto en mi camino con un propósito: acercarse a mí, ganarse mi confianza y extraer información sobre el instituto, sobre Montero, sobre mi familia.
El «novio violento» no existía. El moretón fue fabricado. Las lágrimas eran una actuación.
Y yo, la mujer que descubrió una infidelidad de tres años, que desmontó una boda frente a cuatrocientos invitados, que superó un examen con la puntuación más alta de la historia del instituto, caí como una principiante en la trampa más vieja del mundo: alguien que dice «necesito tu ayuda» con los ojos llenos de lágrimas.
Me levanté. Caminé hasta la ventana. Respiré.
El primer impulso fue llamar a Vi y decirle que la había descubierto. El segundo fue llamar a Sebastián y preguntarle cuánto le pagaron por su dignidad. El tercero, el que gané después de cinco minutos de respirar frente a la ventana, fue no hacer ninguna de las dos cosas.
Porque una pieza de ajedrez no se retira del tablero cuando la descubres. Se la deja donde está. Se la observa. Se la alimenta con información que parece valiosa pero que no sirve de nada. Y cuando el oponente cree que su pieza está funcionando, cuando mueve el resto de su juego basándose en datos falsos, ahí es cuando la trampa se cierra.
No sobre ella. Sobre todos.
Agarré el teléfono y llamé a Rodrigo.
—Rod, necesito que vengas. Tengo algo que enseñarte.
Mi hermano llegó en cuarenta minutos. Le mostré las fotos, la nota adhesiva, el historial de inconsistencias. Rodrigo lo revisó todo con la paciencia de un contador auditando un balance fraudulento.
Cuando terminó, me miró.
—No la confrontes.
—No pensaba hacerlo.
—Bien. —Pausa—. Alegra, ¿sabes lo que esto significa? Quien sea que está detrás de Violeta no solo quiere información sobre ti. Quiere información sobre Montero y su proyecto. Esto es más grande que Sebastián Girón y su rencor de ex despechado.
—Lo sé.
—¿Qué vas a hacer?
—Voy a seguir siendo su mejor amiga. Voy a contarle cosas sobre el instituto, cosas que parezcan importantes pero que no lo sean. Voy a dejar que me use mientras yo la uso a ella. Y cuando tenga suficiente información sobre quién está del otro lado de esa línea telefónica, voy a desmontar todo su juego pieza por pieza.
Rodrigo me miró un segundo largo. Después hizo algo que no hacía desde que yo tenía doce años y gané mi primer concurso de ciencias: sonrió con orgullo.
—Eres más lista de lo que pensé, hermanita.
—Soy exactamente lo que pensaste, Rod. Solo que ahora ya no me da miedo demostrarlo.
Se fue a las diez. Me quedé sola con mis notas, mis fotos y un americano que ya estaba frío. Antes de acostarme, le escribí un mensaje a Vi:
«Vi, ¿nos vemos mañana para almorzar? Tengo que contarte algo del instituto. ¡Algo increíble! Besos».
La respuesta llegó en veinte segundos. Veinte segundos para contestar un mensaje a las once de la noche. La velocidad de alguien que estaba esperando exactamente ese mensaje.
«¡Sí! Muero por saber. ¡Te quiero, Ale!»
Puse el teléfono boca abajo sobre la mesa de noche. Me tapé con las cobijas y cerré los ojos.
En algún lugar de Santa Aurelia, Violeta Cortés estaba celebrando porque su plan funcionaba. Y en algún lugar de Santa Aurelia, Sebastián Girón estaba esperando la información que Vi iba a conseguirle.
Lo que ninguno de los dos sabía era que a partir de mañana, la información que recibirían sería exactamente la que yo quisiera que recibieran. Ni más ni menos.
El juego había cambiado. Y esta vez, yo tenía las fichas blancas.
Continuará...