Jessica estaba a punto de casarse con el hombre que creía amar… hasta que descubrió que Cedric la engañaba con su propia hermana.
Destrozada por la traición, Jessica se cruza con Cristóbal, el padre de Cedric, un poderoso empresario que guarda sus propios secretos. Cuando la madre de Jessica muere inesperadamente, una serie de misterios familiares salen a la luz.
Mientras Cedric, Julieta y la exesposa de Cristóbal conspiran para destruirla y quedarse con una fortuna, Jessica descubre que la persona que menos esperaba podría convertirse en su mayor aliado… y en el amor que jamás imaginó.
Una traición. Una familia llena de secretos. Una fortuna en peligro. Y un amor prohibido que nadie vio venir.
¿Jessica descubrirá la verdad antes de perderlo todo
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Capítulo 6 — El secreto de mi madre
La carta estaba en mis manos, pesada como el destino. El papel, de tono marfil y ligeramente amarillento por los años, conservaba aún el rastro de la caligrafía de mi madre: elegante, cuidadosa, la misma con la que siempre me escribía notas en las fechas importantes. Pero esta vez, no había saludo cariñoso ni despedida tierna. Había verdad. Y dolor.
Me senté al borde de la cama, con el corazón latiéndome tan fuerte que me dolía el pecho. Cristóbal permanecía a mi lado, de pie, en silencio, dándome el espacio que necesitaba, aunque sentía su mirada atenta, como si él también contuviera el aliento.
Rompo el sello con cuidado y desdoblo el papel. Empiezo a leer en voz baja, y a medida que avanzo, las palabras se me clavan en el alma.
«Mi querida hija:
Si estás leyendo esto, significa que ya no estoy contigo. Y también significa que ha llegado el momento de que sepas la verdad que oculté durante toda mi vida. Perdóname. Lo hice para protegerte. Para protegerte de un pasado que no era tuyo cargar.»
Levanté la vista un instante, con la garganta cerrada. ¿Protegerla de qué? Seguí leyendo, con las manos temblorosas.
«Me enamoré de Leonardo cuando apenas tenía dieciocho años. Él era el mejor amigo y socio del padre de Cristóbal. Juntos construyeron el imperio que hoy conoces. Pero Leonardo era también un hombre casado, con una familia que no podía abandonar. Nuestro amor era imposible, prohibido… y sin embargo, nació de él algo hermoso: tú, Jessica.»
El mundo se detuvo a mi alrededor. Dejé escapar un sollozo ahogado. Leonardo era mi padre biológico. El hombre de las fotografías, el amigo del padre de Cristóbal… era mi verdadero padre.
—No… —susurré, negando con la cabeza—. ¿Cómo es posible?
Cristóbal dio un paso hacia mí, con el rostro desencajado, como si las palabras que yo leía también le golpearan a él.
—Sigue leyendo —dijo, con voz tensa, casi un susurro—. Por favor, Jessica. Necesitamos saberlo todo.
Volví a la carta, con los ojos llenos de lágrimas que empañaban las letras.
«Cuando tú naciste, Leonardo desapareció. Un día se fue y nunca volvió. Nadie supo qué fue de él. Yo me quedé sola, con un bebé en brazos y el corazón roto. Entonces apareció el hombre que tú creíste tu padre, y que me dio su apellido y su apellido. Pero jamás pudo darme su corazón. Yo viví siempre con el miedo: miedo de que descubrieran la verdad, miedo de que te quitaran, miedo de que el pasado volviera para destruirnos.»
»Y la peor parte, hija… la que más me duele escribir: Leonardo no se fue por voluntad propia. Antes de desaparecer, me dijo que había descubierto algo terrible dentro de la empresa. Algo que podía arruinar a todos. Y que por eso, alguien quería callarlo. Nunca supe si se fue… o si lo hicieron desaparecer.»
Las lágrimas caían sobre el papel, borrándome las letras. Comprendí entonces por qué aquel desconocido en el funeral me había dicho que la muerte de mi madre no fue casualidad. Ella vivió con miedo toda su vida. Miedo a la verdad, miedo a los secretos, miedo a quienes podían querer silenciarla.
—Mi padre… —murmuré, mirando a Cristóbal con los ojos inundados—. Leonardo era su socio. ¿Cree que lo que él descubrió… tuvo que ver con su desaparición?
Cristóbal estaba pálido, con la mandíbula apretada, luchando por asimilar la noticia.
—Mi padre nunca habló de él —respondió, con voz grave—. Solo decía que se fue, que los negocios se vinieron abajo por su culpa. Pero si lo que dice tu madre es verdad… si Leonardo encontró algo sucio dentro de la empresa… entonces todo lo que creí saber sobre la fortuna de mi familia… podría estar construido sobre una mentira. O peor.
Terminé de leer la última parte de la carta, donde su voz se volvía más tierna, más urgente.
«Jessica, si alguien te hace daño, si buscan callarte, confía en quien pueda ayudarte. Cristóbal Alarcón es el único que conoce la verdadera historia de su padre y de Leonardo. Él te protegerá. Y por favor, hija… ten cuidado. La verdad es peligrosa, y hay quienes harían cualquier cosa para que nunca se sepa.»
Doblé la carta con manos temblorosas y la guardé de nuevo en el sobre. Todo lo que yo era, todo lo que creía saber de mi origen, se había desmoronado en cuestión de minutos. No solo había perdido a mi madre y a mi prometido en una sola noche. Ahora descubría que mi vida entera había estado construida sobre secretos, sobre un padre que desapareció sin dejar rastro, y sobre una verdad que podía costarme la vida.
Miré a Cristóbal, y en ese instante, no vi al padre de mi prometido. Vi al único que compartía ese pasado oscuro, el único que podía ayudarme a entender. Y cuando nuestras miradas se cruzaron, supe que ya no podíamos separarnos. No solo por la verdad que nos unía… sino porque el peligro que acechaba era el mismo para ambos.
—Mi madre tenía razón —dije, con voz firme, secándome las lágrimas—. Necesitamos saber qué le pasó a Leonardo. Y necesitamos saber quién quería silenciarla a ella. No descansaré hasta descubrirlo.
Cristóbal asintió, y en su mirada vi algo que me dio escalofríos: determinación, y también algo más, algo que empezaba a crecer entre nosotros a pesar de todo.
—Lo averiguaremos juntos —respondió, extendiendo su mano hacia la mía—. Y nadie te hará daño, Jessica. Te lo prometo.
Sus dedos se entrelazaron con los míos, y en ese contacto sentí que, por primera vez desde que todo se rompió, tenía un rumbo. Una misión. Y una persona en quien confiar. Pero no sabía entonces que al aceptar su mano, no solo aceptaba su ayuda… aceptaba entrar en un mundo donde el amor y el peligro caminaban de la mano, y donde la verdad era la moneda más cara de todas.