Ayzel descubre que su novio le es infiel después de tres años de relación. Ella quiere destruirlo y para eso utilizará a su suegro, un CEO muy famoso y millonario.
Lo que Ayzel no sabe es que su suegro, desde hace mucho la desea y no le importaría que ella lo use mientras se quede a su lado.
¿Podrán Ayzel llegar a enamorarse perdidamente de su suegro o solo seguirá con el plan original?
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Capítulo 12: El pasado nunca muere
El nombre de Victoria Krüger se había convertido en una obsesión. Alexander pasó todo el día siguiente haciendo llamadas, revisando archivos antiguos, contactando a viejos conocidos que pudieran recordar algo sobre ella. Pero el tiempo había borrado la mayoría de los rastros. Victoria Krüger había existido, sí, pero luego se había desvanecido como un fantasma.
—No encuentro nada después de Hamburgo —dijo Alexander, frotándose los ojos cansados—. Es como si hubiera desaparecido del mapa.
—Tal vez cambió de nombre —sugirió Ayzel—. Si quería empezar de cero, era lo más lógico.
—Pero entonces, ¿cómo ha reconstruido su vida hasta convertirse en esta "reina"? Necesita recursos, contactos, poder. Eso no se consigue de la noche a la mañana.
—A menos que ya los tuviera. —Ayzel se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio—. Escucha, tu demanda por acoso arruinó su reputación en Berlín. Pero si ella ya tenía contactos en Hamburgo, o en otra ciudad, pudo haberse rehecho. Y si ha estado treinta años alimentando su rencor, ha tenido tiempo de sobra para planear esto.
Alexander asintió lentamente, procesando la información.
—Tienes razón. Pero necesitamos algo más concreto. Una dirección, un número de teléfono, un nombre falso. Algo que nos permita encontrarla antes de que ella dé el siguiente paso.
—¿Y si no podemos encontrarla? —preguntó Ayzel, en voz baja.
—Entonces tendremos que esperar a que ella venga a nosotros. Y cuando lo haga, estaremos preparados.
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Esa tarde, Richter los llamó con una noticia inquietante. Habían encontrado el cuerpo de Ingrid Schneider en un descampado a las afueras de la ciudad. Había sido asesinada de un disparo en la nuca, ejecución. No había señales de lucha.
—Alguien la silenció —dijo Richter, con voz grave—. Y lo hizo de forma profesional. Esto no es obra de un delincuente común.
—¿Creen que fue la reina? —preguntó Alexander.
—Es muy probable. Ingrid era un cabo suelto. Sabía demasiado. Alguien decidió atar ese cabo.
Ayzel sintió náuseas. La mujer que había instalado la cámara en su habitación estaba muerta. Y la persona responsable seguía libre, moviendo los hilos desde las sombras.
—Tengo que encontrar a Victoria —dijo Alexander, con determinación—. Antes de que mate a alguien más.
—No sabemos si es ella —terció Richter.
—Lo sé. Pero es la única pista que tenemos.
La conversación terminó sin avances. Esa noche, Alexander no pudo dormir. Se levantó varias veces, caminando por la casa como un león enjaulado. Ayzel lo observaba desde la cama, sintiendo su frustración.
—Alexander, tienes que descansar —dijo ella, finalmente—. No vas a poder pensar con claridad si no duermes.
—No puedo. No cuando hay una mujer asesina suelta y no sabemos dónde va a golpear.
—Pero si no descansas, cometerás errores. Y ahora no podemos permitirnos errores.
Él suspiró, volviendo a la cama. Se acurrucó a su lado, enterrando el rostro en su cabello.
—Tienes razón. Pero es difícil.
—Lo sé. —Ella lo abrazó—. Estamos juntos en esto. Pase lo que pase.
—Te quiero, Ayzel.
—Yo también te quiero.
Se quedaron en silencio, abrazados, mientras la noche avanzaba. El sueño llegó, pero fue ligero, lleno de sombras.
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A la mañana siguiente, Alexander recibió una llamada inesperada. Era un número desconocido. Dudó, pero contestó.
—¿Señor Woodgreen? —Una voz femenina, educada, con un leve acento que no logró identificar.
—Soy yo. ¿Quién habla?
—Alguien que tiene información sobre Victoria Krüger. Pero no se la voy a dar gratis.
—¿Qué quiere?
—Una reunión. En persona. Esta noche, a las nueve, en el restaurante "Luna" de Kreuzberg. Venga solo. Sin escolta, sin policía. Si ve a alguien más, la reunión se cancela.
—¿Cómo sé que no es una trampa?
—No lo sabe. Pero si quiere respuestas, tendrá que confiar en mí.
La voz se cortó. Alexander miró la pantalla, pero el número aparecía como desconocido.
—¿Quién era? —preguntó Ayzel, que había escuchado la conversación.
—Alguien que dice tener información. Quiere reunirse conmigo esta noche. Solo.
—Es una trampa. Tiene que serlo.
—Puede ser. Pero también puede ser la única oportunidad que tengamos de encontrar a Victoria.
—Alexander, no puedes ir solo. Es demasiado arriesgado.
—Si llevo a alguien, ella lo sabrá. Y perderemos la oportunidad.
Ayzel calló, mordiéndose el labio. Sabía que él tenía razón, pero el miedo la carcomía.
—Entonces iré yo en tu lugar —dijo, de repente.
—¿Qué? No. Ni lo pienses.
—Tiene más sentido. Si es una trampa para ti, no esperarán que vaya yo. Y si es alguien que realmente tiene información, tal vez se sienta más cómoda hablando con una mujer.
—Ayzel, es peligroso.
—Lo sé. Pero no puedo quedarme aquí sentada esperando a que alguien más muera. Déjame hacer esto.
Alexander la miró largamente. Vio la determinación en sus ojos, la misma que lo había atraído a ella desde el principio.
—De acuerdo. Pero vas a llevar un dispositivo de rastreo. Y yo estaré cerca, con Richter y su equipo. Si algo sale mal, intervendremos.
—Trato hecho.
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A las nueve menos cuarto, Ayzel entró en el restaurante "Luna". Era un lugar pequeño, con poca iluminación, mesas de madera y un ambiente íntimo. La mayoría de las mesas estaban vacías. Una mujer mayor, sentada en una mesa al fondo, la observó cuando entró.
La mujer tendría unos sesenta años, el cabello blanco recogido en un moño elegante. Vestía un traje negro, con un collar de perlas que brillaba bajo la luz tenue. Su mirada era aguda, inteligente, y esbozó una sonrisa when Ayzel se acercó.
—Señorita Hudson. —La voz era la misma de la llamada—. Me alegra que haya venido. Aunque esperaba a Alexander.
—Soy yo la que está interesada en la información. Así que aquí estoy.
—Tiene agallas. Me gusta. —La mujer señaló la silla frente a ella—. Siéntese.
Ayzel obedeció, manteniendo la calma.
—¿Quién es usted? ¿Y qué sabe sobre Victoria Krüger?
—Soy alguien que la conoció bien. Hace muchos años. —La mujer tomó un sorbo de su copa de vino—. Victoria Krüger murió hace veinte años. Pero su legado sigue vivo.
—¿Murió? ¿Cómo?
—Cáncer. El mismo que mató a la esposa de Alexander. —La mujer sonrió con amargura—. Irónico, ¿verdad?
Ayzel sintió un escalofrío.
—¿Y quién es la reina, entonces?
—Su hija. —La mujer la miró fijamente—. Victoria tuvo una hija, fruto de una relación después de Alexander. La niña creció escuchando las historias de su madre sobre el hombre que la arruinó. Y juró vengarla.
—¿Cómo se llama?
—Eso no puedo decírselo. Pero le daré una pista: está más cerca de lo que cree.
—¿Qué significa eso?
La mujer no respondió. Se levantó, dejando un sobre sobre la mesa.
—Aquí encontrará más información. Pero tenga cuidado, señorita Hudson. La reina no perdona. Y no olvida.
Dio media vuelta y se perdió entre las sombras del restaurante.
Ayzel tomó el sobre con manos temblorosas. Lo abrió. Dentro, había una foto antigua, amarillenta. Mostraba a una mujer joven, morena, de unos veinticinco años, sonriendo junto a un hombre joven que reconocía al instante: Alexander.
Al dorso, una inscripción: "Victoria y Alex, 1995. El principio del fin."
Y debajo, escrito con tinta roja: "La reina siempre gana."
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