Una venganza despiadada cambiaron el destino de Ania para siempre. Convertida en víctima de una inseminación artificial, se descubrió embarazada de un completo desconocido, sin comprender cómo la crueldad humana había llegado tan lejos.
Rechazada y repudiada por su familia, no tuvo más opción que huir hacia las sombras.
Años después, el tiempo ha borrado a la joven indefensa: Ania regresa transformada en una mujer inquebrantable, sin saber que el destino le tiene preparado es un giro inesperado, en su camino se cruzará con el del verdadero padre de sus gemelos, un hombre de un poder inimaginable que jurará hacer arder a quienes se atrevieron a lastimarla.
Jairo Velarde jamás imaginó que la sangre de su sangre corría por las venas de dos pequeños inocentes. Sin embargo, al caer rendido ante el misterio y la belleza de Ania, descubrirá una verdad tan impactante que sacudirá los cimientos de su vida.
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CAPITULO 22: El regreso de Rachel
Dos días después, la rutina de la oficina se convirtió en una tortura para el CEO.
Sentado frente al imponente escritorio de su despacho privado, Jairo Velarde era incapaz de concentrarse en los balances de exportación.
No podía apartar de su mente la imagen de su ángel; llevaban apenas cuarenta y ocho horas sin verse en persona debido a las agendas familiares y ya experimentaba una necesidad desesperada y casi física de contemplar sus ojos claros.
Sí, era verdad que mantenían una comunicación fluida, bombardeándose a llamadas y mensajes de texto durante las noches, pero la frialdad de una pantalla no calmaba su ansiedad.
Sin pensarlo más, presionó el intercomunicador.
“¿Dígame, señor Velarde?”, preguntó Leo, ingresando al despacho un segundo después con una tableta corporativa en la mano.
“Leo, haz una llamada inmediata a las oficinas centrales de Automotriz Gallegos" ordenó Jairo “Diles que necesito revisar los nuevos diseños y las especificaciones de ensamblaje. Haz especial hincapié en que requiero que los traigan personalmente para una sesión de trabajo de alta prioridad”
El asistente, habituado a los ritmos exigentes de su jefe, asintió sin sospechar la verdadera naturaleza de la orden.
“Entendido, señor. Me comunico de inmediato” respondió Leo con una breve reverencia antes de retirarse.
Apenas se cerró la puerta, Jairo sonrió con la picardía de un adolescente que acaba de planear una travesura perfecta.
Sacó su teléfono personal y redactó un mensaje de texto directo al número de Ania: Te estoy esperando.
En el otro extremo de la ciudad, dentro de la torre de Automotriz Gallegos, Ania escuchó la vibración de su celular sobre el escritorio de caoba.
Leyó la pantalla y frunció el ceño, completamente confundida por la brevedad del texto.
Estaba por teclear una respuesta cuando la puerta de su oficina se abrió y la imponente figura de Juan Gallegos hizo acto de presencia.
“Hija, me acaban de pasar una notificación de la central Velarde” pronunció Juan, sosteniendo una carpeta de cuero “Nuestro socio Jairo Velarde necesita revisar de emergencia los nuevos diseños automotrices antes de la junta del viernes y quiero que vayas tú a sus oficinas. Considero que no hay nadie más calificada en toda la corporación para desglosar esas especificaciones que tú”
En ese milisegundo, las piezas del rompecabezas encajaron en la mente de Ania. Comprendió a la perfección el significado oculto detrás del enigmático mensaje del CEO.
Aunque intentó con todas sus fuerzas mantener el semblante serio y la máscara de frialdad ejecutiva frente a su padre, una sonrisa involuntaria y radiante se dibujó de forma automática en sus labios.
“Claro que sí, papá. No te preocupes, yo me encargo personalmente de esa revisión” respondió con voz firme.
Se levantó de su asiento con una agilidad inusual, caminó hacia el espejo del baño privado para retocar ligeramente el labial rosado y su maquillaje, y salió rumbo al complejo corporativo del Grupo Velarde.
………………………………………
La atmósfera de calma ejecutiva que reinaba en el Grupo Velarde saltó por los aires en un segundo.
Por las puertas de la empresa pasó una mujer cuya sola presencia irradiaba una soberbia desmedida.
Vestida con prendas de diseñador estridentes y tacones que resonaban como disparos contra el mármol, avanzaba con pasos apresurados y el rostro crispado por una arrogancia ciega.
La joven secretaria de recepción, cumpliendo con los estrictos protocolos de seguridad de la firma, se puso en pie de inmediato e intentó interceptarla en el pasillo.
“Disculpe, señora, no puede pasar sin identificarse y verificar su cita...” alcanzó a decir la empleada.
La desconocida se detuvo en seco y la fulminó con una mirada cargada de un veneno clasista absoluto.
“Quítate de mi camino, muerta de hambre” gritó con desprecio, alzando la voz para asegurarse de que todo el piso la escuchara “¿Acaso tienes la menor idea de quién soy yo? Con una sola palabra mía, te quedas en la calle y sin trabajo antes de que termine el día”
La recepcionista, intimidada por la violencia verbal y el despliegue de supuesta influencia, dio un paso atrás con el rostro pálido, permitiéndole el acceso.
No obstante, con manos temblorosas, descolgó el teléfono interno de inmediato para alertar a Leo sobre la brecha de seguridad.
Leo, que estaba justo en frente al ascensor privado, se topó de frente con la intrusa. Que acababa de salir.
En el milisegundo en que sus ojos registraron las facciones de la mujer, el asistente sintió un vuelco en el estómago.
Supo de inmediato que los problemas, acababan de desembarcar en la empresa.
En su mente no cabía la lógica: no entendía con qué descaro aquella mujer se atrevía a regresar después de tantos años de haber abandonado a su jefe y, lo que era aún peor, a su propio hijo.
“Señora, muy buen día” intervino Leo, interponiendo su cuerpo con firmeza y seriedad, haciendo un esfuerzo titánico por conservar la compostura profesional “Mi jefe se encuentra en medio de una agenda de alta prioridad y no puede atenderla bajo ninguna circunstancia”
Rachel, una mujer cuya innegable elegancia y porte frío estaban completamente podridos por una altanería insoportable, lo barrió de arriba abajo con asco.
“Quítate de mi vista de una buena vez, inútil” escupió Rachel, acomodándose el bolso de marca en el antebrazo “Tú no eres absolutamente nadie para intentar prohibirme la entrada a la oficina de mi propio marido”
El ruido perforó el acristalamiento del despacho principal.
La pesada puerta de roble se abrió y Jairo Velarde hizo acto de presencia, con el semblante ensombrecido por la molestia.
Sin embargo, en el instante en que sus ojos oscuros enfocaron la silueta de Rachel, sus facciones se endurecieron, transformándose en una máscara de piedra tallada.
Frente a él estaba la criatura que más despreciaba sobre la faz de la tierra; el fantasma que había intentado destruir su paz y el nombre que había borrado del árbol familiar.
Leo dio un paso hacia atrás, mirando al CEO con profunda incomodidad y vergüenza ajena “Señor Velarde... disculpe la interrupción, intenté contenerla, pero...”
Jairo alzó levemente la mano, tranquilizando a su leal asistente con una sola mirada cargada de una autoridad gélida que transmitía control absoluto.
“No te preocupes, Leo. Necesito que me traigas de inmediato los estados financieros actualizados del último trimestre” ordenó Jairo con calma, dándole la señal de que podía retirarse y dejarlos solos.
Leo captó el mensaje al vuelo, hizo una sutil reverencia y se alejó por el pasillo, dejando el área despejada.
Rachel, al ver que el escenario quedaba libre de testigos, modificó su expresión crispada por una sonrisa ensayada, cargada de una falsa dulzura y manipulación.
Avanzó hacia él con los brazos abiertos, buscando el contacto físico.
“Mi amor... no tienes una idea de cuánto te he extrañado todos estos años” declaró con voz melosa, intentando rodearle el cuello con un abrazo.
La respuesta de Jairo fue fulminante. La tomó por las muñecas y la apartó de su cuerpo sin la más mínima delicadeza, empujándola sutilmente lo suficiente para dejar en claro el asco que le provocaba.
Sin dirigirle una sola palabra, se dio la vuelta e ingresó a su oficina principal.
Rachel, lejos de darse por vencida, lo siguió apresuradamente, cerrando la puerta a sus espaldas.
“Amor, por favor, escúchame” insistió la mujer, plantándose frente al imponente escritorio de caoba “Sé perfectamente que ha pasado mucho tiempo, que cometí errores, pero te juro por lo que quieras que podemos recuperar cada segundo del tiempo perdido. Podemos volver a ser la familia que éramos”
Jairo con una lentitud exasperante, apoyó los codos sobre el escritorio, entrelazó los dedos y clavó sus ojos oscuros en ella.
En sus labios se dibujó una sonrisa ladeada, una mueca cargada de un sarcasmo tan sangriento y una burla tan explícita que Rachel dio un paso atrás por instinto.
“En todos mis años en el mundo de los negocios, Rachel, te juro que jamás había visto a una mujer más patética y ridícula que tú” soltó, con una voz cortante "¿De verdad tu nivel de desconexión con la realidad es tan severo que piensas que vas a llegar aquí, de la nada, después de años de silencio, y yo voy a correr a tus brazos como un idiota? Parece que con el paso del tiempo no solo perdiste la poca dignidad que te quedaba, sino que también perdiste por completo el cerebro”
Rachel tragó saliva con dificultad. El golpe a su vanidad la tiñó de una vergüenza ardiente, pero la desesperación por el estatus y el dinero de los Velarde la obligaron a tragarse el orgullo.
Avanzó un paso más, aferrándose al borde del escritorio con manos temblorosas.
“Mi amor... por favor, dime qué tengo que hacer para obtener tu perdón. Te lo juro por mi vida, haré lo que sea con tal de recuperarte a ti y recuperar mi lugar a tu lado. Ponme la condición que quieras”
Jairo inclinó ligeramente la cabeza hacia un lado, evaluando su humillación con una frialdad impecable “¿Lo que sea? ¿Cualquier condición, Rachel?”
La mujer asintió repetidamente con la cabeza, una chispa de ilusión y codicia encendiéndose en sus ojos al creer que había encontrado una grieta en la armadura del magnate.
“Muy bien” sentenció Jairo, y su voz bajó a una octava tan profunda y definitiva que el aire de la oficina pareció congelarse “Lo que quiero que hagas ahora mismo es que te largues de mi vista, te borres de mi vida y no vuelvas a pisar esta empresa ni esta ciudad nunca más en lo que te queda de existencia”
Rachel abrió los ojos de par en par “No... eso no, Jairo. No me pidas eso” balbuceó con la respiración entrecortada “Si me alejo de esa manera... ¿Cómo se supone que vamos a recuperar el tiempo que perdimos?”
Jairo sentado elegantemente en su imponente silla ejecutiva, cruzó una pierna sobre la otra con una soberbia implacable y la miró desde la cúspide de su poder “¿Y quién demonios te dijo a ti... que yo tengo el más mínimo interés en recuperar el tiempo contigo?”
Elena y Antonia por andar humillando a Ania Juan Gallego les tendrá su buena sorpresa 😮😮
Orlando y Jairo la traición la tienen metida en su casa Olga la marioneta de Vidal será la involucrada en todo lo que hagan.
Vidal vil, asqueroso y manipulador y Rachel una putizorra, desnaturalizada y putizorra tener relaciones con ese monstruo que asco.