Huyendo de los murmullos de la boda de su hermana con su exnovio, una alegre médica y fotógrafa aficionada lo vende todo para mudarse a un pueblo de viñedos. Cuando su auto queda varado en el camino, su salvación llega en una camioneta: un atractivo vitivinicultor, un hombre dedicado por entero a sus tierras, y su pequeña y ocurrente hija de cinco años.
Tras una separación amistosa, él no busca complicaciones, pero la luz que ella irradia y la inmediata complicidad que nace con la nena cambiarán sus planes. Cuando descubren que ella es la nueva doctora del hospital local, sus caminos se vuelven inevitables. Entre clics de cámara y el aroma a uva madura, descubrirán que el amor más dulce nace sin prisa, cosechando un nuevo destino para los tres.
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Capítulo 2: Despedida y Alas
El sol de la mañana siguiente apenas empezaba a teñir el cielo de un tono rosado cuando cerré la tapa del baúl de mi auto con un golpe seco. El eco resonó en la calle desierta de la ciudad, un sonido definitivo que marcaba el final de una era.
Miré hacia atrás, contemplando la fachada del departamento que había sido mi hogar durante los últimos cuatro años. Ya no me pertenecía. La firma ante el escribano tres días atrás había sido el verdadero trámite de liberación; entregar las llaves al nuevo dueño me había quitado un peso invisible de los hombros que ni siquiera sabía que estaba cargando. Vender la casa, deshacerme de los muebles viejos que acumulaban recuerdos marchitos y reducir toda mi existencia a lo que cabía en cuatro valijas y tres cajas de cartón en el asiento trasero había sido un proceso extrañamente catártico.
Cada objeto que doné o tiré era un lazo menos que me ataba a las expectativas de los demás. En el asiento del acompañante, protegida en su estuche acolchado, descansaba mi posesión más valiosa: mi cámara fotográfica profesional, junto a un bolso lleno de lentes y tarjetas de memoria vírgenes. Mi verdadero equipaje era ese.
El zumbido de mi teléfono celular rompió la calma del amanecer. En la pantalla parpadeó el nombre de Sofía. Sonreí antes de atender, imaginando que a estas horas ya debería estar camino a su luna de miel.
—¿Mile? Menos mal que atendés, tenía miedo de que ya hubieras apagado el teléfono para la ruta —la voz de mi hermana sonaba un poco cansada por los festejos de la noche anterior, pero completamente limpia de la angustia que había cargado durante meses.
—Buen día, recién casada. Estoy por subirme al auto, de hecho. ¿Qué hacés despierta tan temprano?
Hubo un pequeño silencio del otro lado de la línea, seguido por el sonido de un suspiro suave.
—Julián se está bañando, salimos para el aeropuerto en una hora... Pero no podía subirme al avión sin hablar con vos una vez más, a solas, sin el ruido de la fiesta. Necesito preguntártelo bien, Mile. Sé que anoche me tranquilizaste, pero no me deja de dar vueltas en la cabeza... ¿Te vas de la ciudad por mi culpa? ¿Te vas porque estar acá y vernos juntos te resulta insoportable?
Me apoyé contra la puerta del conductor, mirando el horizonte donde los primeros rayos de sol empezaban a iluminar los edificios de concreto. La honestidad entre nosotras siempre había sido nuestro mayor pilar, y este momento exigía la verdad más pura.
—Sofía, escuchame bien —dije, suavizando el tono pero con absoluta firmeza—. Te lo dije anoche y te lo repito hoy con el corazón en la mano: mi viaje no tiene absolutamente nada que ver con vos ni con Julián. Si me quedara en esta ciudad, lo haría rodeada de personas que me miran con lástima, atrapada en una rutina médica que me consume y sin tiempo para respirar. Necesito encontrar mi propia vida, Sofi. Así como vos encontraste la tuya y estás construyendo tu camino, yo necesito el mío. Este pueblo, el hospital rural, los paisajes... es la oportunidad perfecta para empezar de cero, por y para mí. No te cargues con una culpa que no existe.
Se escuchó un leve sorbo del otro lado, como si se estuviera secando una lágrima rezagada, pero esta vez la risa de Sofía sonó aliviada y cristalina.
—Sos increíble, ¿sabías? Prometeme que me vas a mandar fotos de todo. De los campos, de la gente, de los lugares que descubras.
—Te voy a inundar el chat de paisajes, te lo aseguro. Ahora andá, disfrutá de tu viaje y sé muy feliz. Te amo, enana.
—Y yo a vos, Mile. Viajá con cuidado, por favor. Avisame en cuanto llegues.
Corté la comunicación y me quedé unos segundos contemplando la pantalla negra. Un aire fresco de renovación me infló el pecho. Guardé el teléfono en el bolsillo de mi campera, abrí la puerta del auto y me deslicé tras el volante.
El motor cobró vida con un rugido familiar y reconfortante. Conecté mi lista de reproducción favorita, acomodé el espejo retrovisor y puse primera. Mientras avanzaba por las calles vacías, viendo cómo la ciudad que me vio crecer se hacía cada vez más pequeña en el espejo, no sentí ni una pizca de nostalgia. Solo sentí alas.
A medida que los kilómetros avanzaban y los edificios altos daban paso a autopistas despejadas, y luego a rutas provinciales rodeadas de extensiones verdes, una sonrisa enorme se instaló en mi rostro. No sabía exactamente qué me esperaba al final del camino. No conocía a nadie en ese pueblo escondido entre haciendas y viñedos, ni cómo sería mi día a día en el pequeño hospital regional. Era un salto al vacío, un viaje directo hacia lo desconocido, pero por primera vez en mi vida, el futuro no se sentía como una obligación o una serie de pasos predecibles. Se sentía como una página en blanco esperando a ser fotografiada.
SUPER RECOMENDADA 💯❌️💯👌🏻
Hermosa desde el primer momento, llens de amor de familia amistad
La super recomiendo 💕💕💕💕💕
Felicitaciones autora 💕 👏
estoy super emocionada con la historia . bellísima🥰🥰🥰🥰🥰