Novela+18
La graduación debía ser el inicio de una nueva etapa.
Para despedirse antes de tomar caminos distintos, Rei y sus amigos viajan a una cabaña aislada en medio de un bosque. Pero una violenta tormenta de nieve los deja atrapados, incomunicados y lejos de cualquier ayuda.
Rei, un joven que ha aprendido a vivir con la ceguera de su ojo derecho, pronto comienza a notar que algo no encaja en aquel lugar.
Extraños sucesos se acumulan, la tensión crece y la desconfianza empieza a dividir al grupo.
El miedo se apodera de la cabaña.
Y lo que comenzó como un viaje entre amigos pronto se transformará en una pesadilla de la que tal vez no todos regresen con vida.
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CAPÍTULO 13 — AKIRA
Aquella inmensa extensión blanca hacía que el paisaje pareciera vacío y muerto.
Frente a la cabaña estaba la camioneta.
Haru y Aoi se encontraban al otro lado de ella.
Desde donde estaba solo podía ver la mitad de sus cuerpos.
Aoi parecía incapaz de mantenerse en pie.
Haru la sostenía mientras intentaba decirle algo.
Corrí hacia ellos junto a Yoru.
Mi corazón golpeaba con fuerza contra mis costillas.
Cada paso aumentaba aquella sensación horrible que crecía dentro de mí.
Y cuando rodeé la camioneta...
Lo vi.
Akira estaba recargado contra el lateral del vehículo, inmóvil como una muñeca rota. Un cuchillo de cocina sobresalía grotescamente de su cabeza, clavado hasta la empuñadura.
La sangre, ya medio congelada, formaba un contraste violento y brillante contra la nieve inmaculada.
Sus ojos permanecían abiertos, congelados en una expresión de terror que me hizo sentir un escalofrío recorriendo toda la espalda.
Parecía haber visto algo horrible antes de morir.
Algo que lo aterró hasta el último segundo.
El viento desapareció.
Los sonidos desaparecieron.
Todo desapareció.
Solo quedó aquella imagen.
Aquella terrible imagen.
No.
No puede ser real.
Mis piernas temblaron.
No podía respirar bien.
Porque aquello no era una película.
No era una historia de terror.
No era un juego.
Era Akira.
Nuestro amigo.
El mismo que reía a carcajadas la noche anterior, el de las ideas locas, el de cabello rojo y energía inagotable… ahora estaba ahí, muerto.
Una náusea violenta me subió por la garganta.
Caí de rodillas sobre la nieve fría y vomité con fuerza, una y otra vez, hasta que me ardieron la garganta y el estómago.
Las lágrimas me nublaron la vista.
Mi cuerpo entero temblaba sin control.
Esto no está pasando…
Esto no puede estar pasando…
—Haru… —logré articular con voz rota—. ¿Qué… qué es esto…?
Haru no respondió.
Su rostro estaba ceniciento, los ojos muy abiertos, como si aún no pudiera procesar la imagen.
Aoi sollozaba desconsoladamente, repitiendo el nombre de Akira entre hipidos.
Yoru dio un paso adelante.
Su expresión se endureció, los ojos dorados brillando con una mezcla de shock y algo más oscuro: alerta.
—¿Qué diablos…? —murmuró con voz grave y baja.
Yo seguía clavado en el suelo, incapaz de apartar la mirada del rostro de Akira.
Aquellos ojos abiertos, congelados en terror, parecían mirarme directamente.
¿Akira qué viste antes de morir?
¿Quién te hizo esto?
Una pregunta horrible se abrió paso en mi mente, llenándome de un miedo primitivo:
Si Akira había muerto durante la noche… entonces alguien había estado aquí.
Alguien había caminado entre nosotros mientras dormíamos.
Alguien había salido de la cabaña con un cuchillo.
Y si eso era cierto...
¿Dónde estaba esa persona ahora?
Levanté lentamente la mirada hacia el bosque que nos rodeaba.
Los árboles negros y silenciosos se erguían como centinelas, observándonos.
El viento agitaba suavemente las ramas cargadas de nieve.
—No estamos solos…—susurré para mí mismo, la voz apenas audible.
No pude más.
Las fuerzas simplemente me abandonaron.
Mis piernas dejaron de responder y sentí cómo el mundo se inclinaba peligrosamente a mi alrededor.
La imagen de Akira seguía grabada detrás de mis ojos.
Todo daba vueltas.
Estuve a punto de caer completamente sobre la nieve cuando unos brazos me sostuvieron antes de que mi rostro tocara el suelo.
Yoru.
Sin decir una palabra, me levantó en brazos con facilidad.
Su expresión seguía seria, pero pude ver preocupación en sus ojos.
Apoyé débilmente una mano sobre su hombro.
—G-gracias... —murmuré.
Yoru simplemente asintió.
—No te esfuerces en hablar.
Aoi seguía llorando.
Las lágrimas corrían por sus mejillas sin descanso mientras miraba el cuerpo de Akira.
—Debemos llamar a la policía... —dijo entre sollozos—. Tenemos que llamar a la policía ahora mismo...
Yoru apartó la vista del cadáver y observó los alrededores.
El bosque.
La nieve.
El cielo gris que poco a poco se oscurecía.
—No tenemos señal aquí —respondió con voz firme—. Lo mejor será regresar en la camioneta y avisar a las autoridades.
Haru asintió inmediatamente.
Era evidente que intentaba mantenerse sereno por el bien de todos, pero su rostro estaba tan pálido como el nuestro.
—Me parece buena idea.
Miró hacia el cielo.
La nieve comenzaba a caer con más intensidad.
—Yoru, ¿dónde están las llaves? Debemos salir antes de que la tormenta empeore y no podamos abandonar la montaña.
Yoru respondió sin dudar.
—Junto a la puerta principal.
El silencio que siguió duró apenas un segundo.
Pero fue suficiente.
Vi cómo algo cambiaba en la expresión de todos.
Incluso en la de Yoru.
Porque todos habíamos pensado exactamente lo mismo.
Las llaves estaban junto a la puerta.
Siempre habían estado ahí.
Y si alguien había entrado durante la noche...
Mi corazón se hundió.
Yoru también pareció comprenderlo.
Sus ojos se oscurecieron.
Haru fue el primero en reaccionar.
—Vamos.
Sin perder tiempo, él y Aoi echaron a correr hacia la cabaña.
Yoru me sostuvo con más firmeza y comenzó a seguirlos.
Mientras avanzábamos, una sensación horrible se instaló en mi pecho.
No quería saber la respuesta.
Pero al mismo tiempo la conocía.
La puerta principal seguía abierta cuando entramos.
El aire frío se colaba por el recibidor.
Haru llegó primero al organizador de llaves que colgaba de la pared.
Lo observó.
Su expresión cambió al instante.
Se quedó inmóvil.
Completamente inmóvil.
—No...
Aoi se acercó.
—¿Qué pasa?
Haru recorrió el tablero una vez más con la mirada.
Como si esperara que las llaves aparecieran por arte de magia.
Entonces se giró bruscamente.
—¡Maldita sea!
Su grito resonó por toda la cabaña.
—¡No están las llaves!
El corazón me dio un vuelco.
Aoi se quedó paralizada.
—No...
Su voz se quebró.
—No... no...
Las lágrimas volvieron a brotar.
Sus piernas cedieron y cayó sentada sobre el suelo de madera.
Comenzó a llorar desconsoladamente.
—Tal vez... tal vez Yoru las dejó en otra parte...
Se aferró a aquella posibilidad como una persona que se ahoga y encuentra una tabla en medio del océano.
Levantó la vista hacia él.
—¿Verdad, Yoru?
Por un momento, Yoru guardó silencio.
Miró el lugar vacío donde deberían estar las llaves.
Luego negó lentamente.
—No lo creo.
Aquellas palabras hicieron que el miedo creciera aún más dentro de mí.
Yoru era una persona ordenada.
Demasiado ordenada.
No parecía alguien capaz de olvidar algo tan importante.
Sin embargo, después de unos segundos añadió:
—Pero por si acaso... hay que buscarlas.
Haru asintió de inmediato.
—Sí.
—Revisemos toda la casa.
—Cada habitación.
—Cada cajón.
—Todo.
Aoi se secó las lágrimas con el dorso de la mano.
Intentó ponerse de pie.
Le costó varios intentos.
Yo observaba la escena desde los brazos de Yoru.
Y mientras los veía prepararse para buscar las llaves, una idea horrible comenzó a tomar forma en mi mente.
Si las llaves no están...
Si nadie de nosotros las ha tomado...
Entonces significaba que alguien las había tomado.
Y si el asesino tomó las llaves...
¿para que no abandonemos la montaña?
El miedo me invadió.