La Academia Valmont lo tenía todo: lujo, poder y secretos. Entonces conocí a Matías Ferrer, el chico que parecía un ángel… y terminé atrapando al diablo.
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CAPÍTULO 10
Aquella mañana desperté sintiéndome terrible.
La cabeza me latía con fuerza, el cuerpo pesaba como si fuera de plomo y una fiebre abrasadora me recorría entera haciéndome temblar.
Mi madre insistió con firmeza en que me quedara en cama, pero tenía una evaluación decisiva y prometí regresar apenas terminara.
—Si te sientes peor, me llamas sin dudarlo ni un instante —dijo ella antes de salir hacia su clínica.
—Y no intentes hacerte la fuerte, princesa —añadió mi padre mientras tomaba las llaves—.
Nosotros preferimos mil veces que faltes a que te enfermes más.
Asentí con dificultad y conduje hasta la Academia Valmont.
Apenas crucé la puerta del salón, Sofía se acercó de golpe y abrió los ojos desmesuradamente.
—Amalia, estás que quemas.
—Solo me duele un poco la cabeza…
—No es solo dolor.
Tienes fiebre altísima.
Voy a buscar al rector.
—¡Sofía, por favor, no!
Pero ya había salido corriendo.
Me aferré al borde del escritorio, intentando respirar despacio.
Todo daba vueltas a mi alrededor y mis piernas apenas tenían fuerza para sostenerme.
Minutos después regresó apresurada y me sostuvo del brazo.
—Ya viene, aguanta un poquito más.
En ese momento se abrió la puerta.
El rector entró acompañado por el profesor de la asignatura, y todos los alumnos se pusieron de pie al unísono.
Todos menos yo:
simplemente no podía moverme.
—Buenos días —saludó con voz seria y serena.
—Buenos días, señor rector —respondió el curso al mismo tiempo.
Mi padre me miró un segundo y luego se dirigió al profesor:
—Dígale a la señorita Amalia que la espero en mi despacho en cinco minutos.
—Como ordene, señor rector.
Matías levantó la vista desde su sitio junto a la ventana.
—Por no ponerse de pie ante el rector, seguramente recibirá un castigo ejemplar —
dijo con esa frialdad que parecía no abandonarlo nunca.
De haber tenido fuerzas, le habría replicado sin dudar.
El profesor y Sofía me ayudaron a levantarme y caminar hacia afuera.
Antes de salir, dejó a Matías encargado de vigilar al grupo unos minutos.
Avanzamos lentamente hasta la entrada de la rectoría.
mis piernas temblaban tanto que temí caer en cualquier momento.
Entonces la puerta se abrió de golpe.
Mi padre salió apresurado y la máscara de autoridad se desvaneció por completo:
ya no era el rector de la academia, era simplemente mi papá.
—Amalia… —susurró preocupado.
Corrió hacia mí, tomó mis manos heladas y las cubrió con las suyas.
—Estás ardiendo, mi vida.
Apoyó su frente contra la mía y frunció el ceño profundamente.
—Tienes muchísima fiebre.
¿Cómo se te ocurrió venir así?
—No quería faltar a la prueba…
—Ya basta.
Nos vamos a casa ahora mismo.
No acepto discusiones.
Me rodeó con el brazo para sostenerme y caminamos juntos hacia el ascensor.
No advirtió que al final del pasillo, oculta tras una columna, alguien nos observaba con toda la atención:
Amparo.
Al llegar al estacionamiento, el chofer ya tenía la puerta abierta.
Mi padre me ayudó a entrar y, al ver que apenas podía mantener los ojos abiertos, me acomodó en el asiento trasero y apoyó mi cabeza sobre sus rodillas.
Le pidió al chofer que condujera despacio y con mucho cuidado.
La puerta aún no se había cerrado del todo cuando levanté la vista por un instante.
Allí estaba ella.
Amparo permanecía inmóvil junto a la salida, mirándonos fijamente.
Sus ojos reflejaban sorpresa…
Y también envidia.
Y malicia.
Algo en su mirada hizo que un escalofrío helado recorriera mi espalda, a pesar de que el fuego de la fiebre no dejaba de quemarme por dentro.
Mi padre cerró la puerta y el vehículo comenzó a alejarse suavemente.
Me acomodé nuevamente y cerré los ojos, pero aquella sensación no desapareció:
era como si acabáramos de soltar algo peligroso que no podríamos atrapar jamás.
Mientras las luces de Santiago se deslizaban frente al cristal y la imagen de la mirada de Amparo volvía una y otra vez a mi mente, una pregunta me llenó de temor:
¿Por qué tenía la certeza absoluta de que lo que acababa de ver estaba a punto de destruir el secreto que habíamos cuidado con tanto esmero durante tantos años?