Sinopsis
Hay dolores que sanan con el tiempo.
Y hay otros que abren puertas.
En el Japón actual, una serie de desapariciones y muertes inexplicables tiene un inquietante punto en común: todas las víctimas atravesaban un profundo sufrimiento antes de que el horror comenzara.
Cuando una joven, devastada por una ruptura amorosa, empieza a experimentar sucesos imposibles, el investigador Gabriel Salazar descubre que una antigua entidad demoníaca intenta apoderarse de su cuerpo. Pero salvarla no será suficiente. Detrás de esa posesión se oculta un plan mucho más oscuro, capaz de cambiar para siempre el mundo de los vivos.
Porque los demonios no derriban puertas...
Esperan a que alguien las abra.
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capítulo 10
Los ojos bajo las vías
Habían entrado, sin saberlo, en un lugar donde algo llevaba mucho tiempo esperando...
...y no estaba solo.
Nadie habló.
Ni Gabriel.
Ni Valeria.
El único sonido que existía era el lento goteo del agua desde el techo del viejo túnel.
Los ojos seguían allí.
Decenas.
Quizá cientos.
Suspendidos en la oscuridad absoluta que se extendía más allá del alcance de la linterna.
No parpadeaban.
No brillaban.
Simplemente observaban.
Gabriel respiró despacio.
No debía cometer el mismo error dos veces.
Había aprendido, muchos años atrás, que el miedo obligaba a actuar con rapidez, y la rapidez era el alimento favorito de las entidades.
Levantó la linterna unos centímetros.
El haz de luz avanzó lentamente por las vías oxidadas.
Los ojos desaparecieron.
Valeria soltó el aire que llevaba conteniendo.
Pero el alivio duró apenas un instante.
Cuando Gabriel movió la linterna hacia la derecha...
Los ojos volvieron a aparecer.
No en el mismo lugar.
Ahora estaban más cerca.
Mucho más cerca.
Como si hubieran aprovechado el movimiento de la luz para avanzar sin hacer el menor ruido.
Gabriel sintió un escalofrío.
—No caminen... —susurró.
Valeria apenas movió los labios.
—¿Por qué?
—Porque todavía no sabemos si nos están rodeando.
El silencio volvió a caer sobre el túnel.
Entonces ocurrió algo aún más inquietante.
Uno de los ojos...
Parpadeó.
Solo uno.
Después otro.
Y otro más.
No era un movimiento al azar.
Parecía una señal.
Como si estuvieran comunicándose entre ellos.
Valeria sintió un cosquilleo en la nuca.
Una voz, apenas un murmullo, llegó hasta su oído.
—Valeria...
Ella se giró de inmediato.
No había nadie.
—¿Gabriel...?
Él seguía inmóvil, con la vista fija al frente.
—Yo no hablé.
La voz volvió.
Más cerca.
—Valeria...
Esta vez parecía provenir del otro extremo del túnel.
Después sonó otra.
Y otra.
Pronto eran decenas.
Hombres.
Mujeres.
Ancianos.
Niños.
Todos pronunciando su nombre.
No gritaban.
No la llamaban con desesperación.
Lo hacían con una calma aterradora.
Como si la conocieran desde siempre.
Valeria comenzó a retroceder.
Gabriel la sujetó del brazo.
—No escuches.
—Pero... saben quién soy.
—Eso es exactamente lo que quieren que creas.
Las voces cesaron de golpe.
El silencio fue tan repentino que resultó más perturbador que los susurros.
Entonces, un ruido metálico resonó entre los rieles.
Tac...
Como si alguien hubiera dado un paso.
Después otro.
Tac...
Gabriel dirigió la linterna hacia el sonido.
Nada.
Solo las vías cubiertas de óxido.
Pero el ruido continuó.
Cada vez más cerca.
Tac...
Tac...
Tac...
Valeria tragó saliva.
—Hay alguien caminando...
Gabriel negó lentamente.
—No.
Escucha bien.
Ella cerró los ojos un instante.
Entonces lo entendió.
No eran pasos.
Era el sonido de algo golpeando el metal...
...desde abajo.
El corazón comenzó a latirle con violencia.
Gabriel sintió el mismo escalofrío.
Muy despacio, se arrodilló junto a uno de los rieles.
Acercó la linterna a una estrecha grieta que atravesaba el concreto.
Al principio no vio nada.
Solo oscuridad.
Luego...
Algo se movió.
Un ojo.
Negro.
Inmóvil.
Observándolo desde las profundidades.
Gabriel retrocedió.
Apuntó la luz hacia otra grieta.
Otro ojo.
Después otra.
Otro más.
En cuestión de segundos comprendió la verdad.
No estaban frente a ellos.
No estaban escondidos en las paredes.
No caminaban por el túnel.
Estaban debajo.
Miles de ojos.
Observándolos desde un inmenso vacío oculto bajo las antiguas vías del tren.
Valeria sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
—¿Qué... hay debajo de nosotros?
Gabriel no respondió.
Porque, por primera vez desde que comenzó el caso, no tenía ninguna teoría.
Solo una certeza.
Aquello no aparecía en los Cuadernos de Kage no Miya.
No estaba registrado en el Expediente 1908.
Ni siquiera Hayato Mori le habló alguna vez de un lugar semejante.
Entonces...
Un suspiro femenino rompió el silencio.
No sonó amenazante.
Sonó... agotado.
Como el de alguien que llevaba siglos esperando.
Desde la oscuridad, una voz dijo apenas un susurro:
—No los miren por mucho tiempo...
Gabriel levantó lentamente la linterna.
A unos veinte metros, una silueta femenina comenzaba a dibujarse entre las sombras.
Todavía era imposible distinguir su rostro.
Permanecía completamente inmóvil.
Y antes de que pudiera dar un solo paso hacia ellos, añadió con una tristeza infinita:
—Porque cuando ellos aprenden tu rostro...
...nunca vuelven a olvidarlo.