Ximena Robles nunca debió terminar vestida de novia.
Esa boda era de su hermana. Ese hombre también.
Pero cuando Lorena desapareció antes de la ceremonia, la familia Robles no tuvo otra salida: Ximena ocupó su lugar y se casó con Dante Montalvo, el hombre más poderoso, frío y peligroso de la ciudad.
Dante era mayor que ella, demasiado serio, demasiado seguro de sí mismo. Un hombre acostumbrado a mandar, a controlar cada espacio que pisaba… y ahora también su matrimonio.
Ximena quiso convencerse de que solo era un acuerdo. Que podía dormir bajo el mismo techo, llevar su apellido y seguir siendo inmune a él.
Pero Dante no era un esposo fácil de ignorar.
Sus manos, su voz baja, su forma de mirarla como si ya supiera todo lo que ella intentaba esconder, empezaron a romperle la calma. Entre celos, secretos familiares y una atracción que ninguno de los dos podía apagar, Ximena descubrió que ocupar el lugar de su hermana era mucho más peligroso de lo que imaginaba.
Porque Dante no la eligió al principio.
Pero una vez que la tuvo como esposa, tampoco pensaba dejarla ir.
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Capítulo 12
Capítulo 12
Llegué a mi escritorio con la cabeza todavía caliente.
Lorena y yo nunca habíamos peleado así.
No éramos esas hermanas que se cuentan todo en la cama, con mascarillas y secretos. Tampoco éramos enemigas. Más bien vivíamos en una paz tibia, cómoda para todos.
Hasta que ella rompió su boda y a mí me empujaron al altar.
Bueno.
Si la paz se rompió, se rompió.
No fui yo quien la tiró al piso.
Me senté, abrí los planos y obligué a mi cerebro a pensar en muros, medidas y acabados.
Mucho más sencillo que pensar en mi hermana.
En Grupo Montalvo, Dante salió de una junta y entró a su oficina con Nicolás Ibarra detrás.
Nicolás no pidió permiso. Se dejó caer en el sofá, cruzó una pierna y sonrió como si el despacho también fuera suyo.
—En la junta estabas en otro planeta.
Dante dejó una carpeta sobre el escritorio.
—No.
—Sí. Te quedaste viendo una gráfica como si la gráfica te hubiera pedido el divorcio.
—Nicolás.
—¿Qué? Pregunto porque me importas. ¿Problemas de recién casado?
Dante se sentó.
—No.
—Ajá.
Nicolás se acomodó mejor.
—Entonces dime. ¿Cómo va la vida con tu esposa?
Dante guardó silencio.
Ése fue el primer error.
Nicolás abrió más los ojos.
—No manches. ¿Tan mal?
—No está mal.
—¿Entonces?
Dante miró la pantalla apagada de su celular.
Con Ximena todo seguía raro.
Dormían en la misma cama, sí.
Se habían besado.
Ella se había sonrojado en su baño, en su comedor, en su coche.
Y aun así, muchas veces hablaban como dos personas sentadas en una sala de espera.
—Tú estás casado —dijo Dante—. ¿Cómo te llevas con tu esposa?
Nicolás se rió.
—¿Me estás pidiendo consejos matrimoniales?
—Estoy preguntando.
—Eso es pedir consejos, hermano.
Dante lo miró sin expresión.
Nicolás levantó las manos.
—Está bien. Pues como una pareja normal. Hablamos, salimos, discutimos por tonterías, nos arreglamos.
—Al principio no había sentimientos. Fue arreglo familiar.
—Sí.
—¿Cómo se acercaron?
Nicolás dejó de sonreír tanto.
—Ah. Ya entendí.
—Habla.
—No sabes qué hacer con Ximena.
Dante no respondió.
Otra vez, suficiente respuesta.
—Mira —dijo Nicolás—, no es una empresa. No puedes mandar un correo y esperar que la relación avance sola.
—Eso lo sé.
—¿Seguro? Porque tienes cara de querer resolver el matrimonio con una minuta.
Dante apretó la mandíbula.
Nicolás soltó una risa.
—Tienes que buscarla. Preguntarle cosas. Contarle cosas tuyas. Hacerla reír, aunque sea poquito. Si quieres que una mujer se acerque, no puedes quedarte ahí sentado como estatua cara.
—¿Tengo que tomar la iniciativa?
—Eres el esposo.
Dante se quedó pensando.
—¿Y si ella no quiere?
—Entonces te lo dirá. Pero si no haces nada, ¿qué esperas? ¿Que te llegue una carta notariada diciendo “ya me puedes besar”?
Dante lo miró.
—No seas vulgar.
—No he empezado.
Nicolás sonrió con malicia.
—Aunque, hablando claro... ya llevan varios días casados. ¿Sigues sin estrenar la cama?
La mirada de Dante se enfrió.
—No soy un animal.
—Nadie dijo eso.
—El sexo no dirige mi vida.
Nicolás se tapó la boca para no reírse.
—Eso suena a hombre que no ha probado bien.
—Nicolás.
—Ya, ya. Pero escúchame. Cuando estás con una mujer que sí te gusta, no es trámite. Te cambia el cuerpo. Te deja pensando. Quieres repetir, probar, aprenderle cada reacción.
Dante no dijo nada.
No hacía falta.
La imagen volvió sola.
Ximena cayendo contra él en el baño.
Sus manos pequeñas sobre su pecho mojado.
El vestido pegado a sus muslos.
La forma en que ella había abierto los ojos cuando sintió su reacción.
Dante pasó la lengua por los dientes.
No era indiferente a Ximena.
Eso ya no podía fingirlo.
—¿Ves? —dijo Nicolás—. Esa cara no es de hombre al que no le interesa.
—Vete.
—Con gusto. Pero antes: si quieres una esposa cercana, actúa como esposo. Mándale mensaje. Pregúntale cómo está. No todo es comprarle coches.
Dante tomó el celular.
—¿Así?
—Ay, Dios. Sí. Así.
Nicolás se levantó.
—Me voy antes de que me toque enseñarte a coquetear por WhatsApp. Eso sí sería deprimente.
—No te necesito para eso.
—Claro que no, licenciado romanticismo.
Nicolás se fue riéndose.
Dante abrió el chat con Ximena.
Había pocos mensajes.
Demasiado pocos.
Escribió:
¿Qué haces?
Yo vi el mensaje en medio de una corrección de planos.
Parpadeé.
Dante Montalvo, a media mañana, preguntándome qué hacía.
Raro.
Muy raro.
Le respondí:
Trabajo.
Tardó un poco.
Luego apareció:
Bien. Hasta luego. Perdón por molestar.
Me quedé viendo la pantalla.
¿Qué?
¿Eso era todo?
Le escribí:
¿Necesitas algo?
Su respuesta llegó seca, impecable, completamente insoportable:
No. Trabaja bien. No te distraigas.
Solté una risita sin querer.
Parecía mi esposo, sí.
Pero también mi jefe de primaria.
No contesté.
En su oficina, Dante miró el chat sin recibir otro mensaje.
Se frotó el entrecejo.
La había regado.
No podía hablarle a su esposa como si fuera una empleada llegando tarde.
Ni modo.
La próxima vez lo haría mejor.
Tal vez.
La tarde se me fue entre planos y correcciones.
Cuando faltaba poco para salir, revisé el celular cada tres minutos.
No por Dante.
Por el coche.
Obvio.
Mentira.
Sí era un poco por Dante.
Había un mensaje suyo de hacía cinco minutos.
Tengo que ver a un cliente importante. Voy a tardar como una hora. Si no tienes nada pendiente, mando al chofer por ti. Me esperas aquí y luego vamos a ver la Maserati.
Le respondí:
No hace falta. Puedo irme en taxi.
Dante:
No. No quiero que vengas sola. Te mando al chofer.
Me quedé mirando esa frase.
No quiero que vengas sola.
No era poesía.
Ni falta que hacía.
Está bien. Te hago caso.
Su respuesta llegó enseguida:
Ya va para allá. Te llama cuando llegue.
No tardó mucho. El señor Ramírez me avisó desde la entrada de Robles Diseño.
Bajé con mi bolso, todavía intentando fingir que no me emocionaba ir a Grupo Montalvo.
El Bentley estaba afuera.
—Señora Ximena —dijo el señor Ramírez, abriéndome la puerta.
—Gracias.
Me subí.
El tráfico nos trató decente, cosa rara en la ciudad. En menos de media hora llegamos al edificio de Grupo Montalvo.
Yo ya lo conocía de lejos.
De cerca imponía más.
Cristal, acero, guardias, gente caminando rápido con cara de tener juntas importantes y cafés carísimos.
Respiré hondo y entré.
O intenté entrar.
Un guardia se atravesó.
—Señorita, no puede pasar sin gafete.
—Vengo a ver al señor Montalvo.
—¿Tiene cita?
—No.
El guardia juntó las cejas.
—Entonces no puedo dejarla pasar.
Tragué saliva.
Qué bonito. Primera vez en la empresa de mi esposo y ya parecía fan acosadora.
—Soy su esposa.
El guardia parpadeó.
El otro también.
Se miraron entre ellos.
—¿Su esposa?
—Sí.
—Es que hace un rato entró una señorita joven diciendo lo mismo.
Mi espalda se puso rígida.
—¿Cómo?
—Dijo que era la esposa del señor Montalvo.
Sentí un golpe frío en el estómago.
¿Otra señora Montalvo?
No.
Qué maravilla.
Saqué el celular.
—Un momento.
No quería interrumpirlo en una junta. Pero tampoco pensaba quedarme en recepción compitiendo por el puesto de esposa con una desconocida.
Dante contestó en segundos.
—¿Llegaste?
Su voz sonó baja, limpia, demasiado tranquila.
—Sí. Estoy en la entrada. Seguridad no me deja pasar.
Hubo un silencio corto.
—Pásame al guardia.
—Está bien.
Le entregué el teléfono.
—Es el señor Montalvo.
El guardia tomó el celular como si de pronto pesara diez kilos.
—Sí, señor.
Enderezó la espalda.
—Claro, señor. Enseguida, señor.
Me devolvió el teléfono con las dos manos.
—Señora Montalvo, una disculpa. Puede pasar.
Tomé el celular.
—Gracias.
Di un paso y me detuve.
—La otra persona que dijo ser su esposa... ¿también la dejaron pasar?
El guardia se puso pálido.
—Pensamos que era usted.
Qué ganas de reírme.
No de felicidad.
—Entiendo.
Entré.
Ahora sí quería saber quién tenía tanta confianza como para presentarse aquí con mi título.
En una sala de juntas del piso ejecutivo, Dante acababa de colgar.
El cliente frente a él sonrió.
—¿Su esposa?
—Sí.
—No sabía que se había casado. Felicidades.
—Gracias.
—Me da curiosidad conocerla.
—Está subiendo.
—Entonces comemos los tres.
Dante cerró la carpeta.
—La próxima vez. Le prometí llevarla a ver un coche.
El cliente soltó una risa.
—No sabía que fuera tan consentidor, Montalvo.
Dante se quedó un segundo en silencio.
¿Consentidor?
No lo veía así.
Había prometido algo. Iba a cumplirlo.
Eso era todo.
—Otro día —dijo.
El cliente no insistió. Firmaron el contrato, se dieron la mano y salieron de la sala.
Apenas cruzaron la puerta, una figura delgada apareció desde el pasillo.
—¡Dante!