La familia de Valentina está al borde de la ruina. Para salvar el apellido y las empresas familiares, ella acepta —o es prácticamente obligada— a casarse con un ranchero millonario de un pequeño pueblo del sur. Ella esperaba un hombre viejo y desagradable. En cambio encuentra a: Ethan Blackwood Treinta y pocos. Alto. Callado. Brutalmente atractivo. Dueño de miles de hectáreas, ganado premiado y medio pueblo. Un hombre que vive con botas embarradas, monta caballos al amanecer y odia todo lo que representa la alta sociedad de la ciudad. Y ahora tiene una esposa que llega al rancho con tacones, maletas de diseñador y cero idea de cómo sobrevivir lejos del wifi.
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La propiedad vecina
Ethan recibió una llamada por radio justo cuando
Vale intentaba alimentar una gallina sin ser picoteada.
—Dime que no comen personas —murmuró ella mientras sostenía un pequeño balde de maíz.
La gallina la observó como si estuviera evaluándolo.
—Depende de la persona —respondió Ethan tranquilamente.
Valentina lo miró horrorizada.
Él apenas escondió una sonrisa antes de escuchar nuevamente la radio.
Su expresión cambió ligeramente.
Trabajo.
—Tengo que ir a revisar la cerca norte. Uno de los trabajadores encontró un problema.
Valentina levantó la vista rápidamente.
—¿Y me dejas sola con ellos?
Miró acusadoramente a las gallinas.
Ethan cruzó los brazos.
—Sobrevivirás.
—Eso mismo dijiste antes del estanque.
—Y sobreviviste.
Odiaba que técnicamente tuviera razón.
Él dio un paso atrás antes de detenerse apenas.
—No te alejes demasiado del rancho.
Valentina levantó una ceja.
—¿Eso fue una orden?
—Fue una advertencia.
Y luego simplemente se fue.
Subió al caballo con una facilidad irritante y desapareció junto a dos trabajadores hacia los campos.
Valentina lo observó alejarse unos segundos más de lo necesario.
El viento movía ligeramente su camisa mientras cabalgaba.
Demasiado cinematográfico para existir legalmente.
—No. Absolutamente no —murmuró para sí misma—. No vamos a empezar con eso.
Volvió su atención a las gallinas.
Mucho más seguras emocionalmente.
Pasó varios minutos alimentándolas, sorprendentemente entretenida viendo cómo corrían torpemente unas detrás de otras.
Hasta que…
su celular vibró.
Valentina se congeló.
Miró la pantalla.
Una barra de señal.
—¡Sí!
Se movió rápidamente levantando el teléfono.
Dos barras.
—Oh, te amo muchísimo, pequeño milagro tecnológico.
Comenzó a caminar buscando mejor señal mientras intentaba llamar a:
Sofía Moretti
Una barra.
Dos.
Tres.
—¡No te atrevas a desaparecer ahora!
Siguió avanzando sin prestar demasiada atención al camino.
Solo un poco más.
Un poco más.
Y entonces—
La llamada finalmente comenzó a sonar.
—¡SOFÍA!
—¡VALENTINA! ¡Por fin! Pensé que las vacas te habían secuestrado.
Valentina prácticamente suspiró de alivio.
—Estoy sobreviviendo apenas. Casi muero en un estanque y creo que un caballo me odia.
Sofía soltó una carcajada del otro lado.
—Dios, necesito fotos.
Valentina siguió caminando distraída mientras hablaba.
—Y el silencio aquí es aterrador. Literalmente puedo escuchar mis pensamientos.
—Eso sí suena peligroso para ti.
—Graciosísima.
De pronto una voz masculina desconocida habló cerca suyo.
—Creo que estás bastante lejos del rancho Blackwood, sweetheart.
Valentina se detuvo inmediatamente.
Levantó la vista.
Y su corazón tropezó apenas.
Porque frente a ella había un hombre absurdamente atractivo apoyado contra una cerca de madera.
Alto.
Cabello castaño claro despeinado.
Mandíbula marcada.
Sonrisa peligrosa.
Vestía ropa de trabajo y botas embarradas, pero aun así parecía salido de una revista.
Definitivamente Montana tenía un problema con los hombres demasiado guapos.
Valentina bajó lentamente el teléfono.
El desconocido observó su ropa elegante, las botas manchadas y luego sonrió apenas más.
—Tú debes ser la nueva esposa de Blackwood.
Su tono fue tranquilo.
Pero había curiosidad real en sus ojos.
Valentina enderezó la espalda automáticamente.
—Y tú debes ser el hombre que asusta mujeres perdidas en propiedades ajenas.
Eso pareció divertirlo.
Mucho.
El hombre se acercó lentamente extendiendo una mano.
Lucas Hayes
—Lucas Hayes. Propiedad vecina.
Valentina estrechó su mano con cautela.
—Valentina Rossi.
Lucas inclinó apenas la cabeza.
—Sí. Ethan definitivamente mencionó que eras bonita.
Silencio.
Valentina parpadeó.
—¿Perdón?
Lucas sonrió con absoluta diversión.
—Relájate. Creo que todavía no se dio cuenta de que lo dijo.```