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Me Robaron el Rostro, Pero No Mi Venganza

Me Robaron el Rostro, Pero No Mi Venganza

Status: Terminada
Genre:Venganza / Época / Pareja destinada / Brujas / Venganza de la protagonista / Reencarnación / Completas
Popularitas:176.4k
Nilai: 4.9
nombre de autor: Liora Valcendra

Serena Bridge lo perdió todo: su rostro, su libertad, diez años de su vida.
Su prima le robó la cara con magia prohibida. Su esposo la encerró en una celda sin luz. Y cuando por fin murió, nadie lloró por ella.
Pero la muerte no fue el final.
Serena despierta en su cuerpo de dieciocho años, el día antes de su boda con el marqués Víctor Flores —el mismo hombre que la traicionará—. Esta vez no será la esposa obediente que agacha la cabeza. Esta vez tiene los recuerdos de una vida entera de sufrimiento… y un plan.
Recuperar su dote. Destruir a Isabella. Escapar del matrimonio que la condenó.
Lo que no esperaba era cruzarse con Alejandro Durán, el Duque de Hielo —un hombre al que toda la corte teme y nadie se atreve a mirar a los ojos—. Frío, letal, implacable. Dicen que no tiene corazón.
Pero cada vez que Serena está en peligro, él aparece.
Y cada vez que ella lo rechaza, él se acerca un paso más.
En una corte donde las alianzas cambian con el viento y la magia oscura acecha en las sombras, Serena descubrirá que la venganza tiene un precio… y que el corazón del Duque de Hielo esconde secretos más peligrosos que cualquier hechizo.

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Capítulo 24

Capítulo 24: El cortejo del príncipe

Los arces del Jardín Real ardían.

No era fuego verdadero, por supuesto. Era otoño, y cada hoja se había vuelto una lengua de llama inmóvil: carmesí, anaranjado, cobrizo, dorado viejo. El viento arrancaba puñados de hojas que caían como chispas lentas sobre los senderos empedrados, sobre las mesas cubiertas de manteles de lino, sobre los hombros de seda y terciopelo de la nobleza imperial reunida para el banquete anual de caza otoñal.

Era el evento más ostentoso del calendario cortesano. Todos lo sabían. Y todos competían en consecuencia.

Las damas habían sacado sus arsenales completos: brocados pesados bordados con hilo de oro, tiaras de rubíes que centelleaban como gotas de sangre cristalizada, capas de piel de marta cebellina que arrastraban por el suelo dejando rastros en las hojas húmedas. Los caballeros no se quedaban atrás: chaquetas militares con charreteras doradas, botas de cuero pulido hasta convertirlas en espejos, espadas ceremoniales con empuñaduras enjoyadas que jamás habían tocado nada más peligroso que un trozo de salmón ahumado.

Era un circo de vanidades. Un campo de batalla sin sangre donde las armas eran los quilates y la munición era el brillo.

Y en medio de todo ese exceso, Serena Bridge caminaba como una brisa fresca en un incendio.

Su vestido de montar era blanco luna —un blanco que no competía, que no gritaba, que simplemente existía con la serenidad de la luz de madrugada—. Sobre los hombros llevaba una capa corta de color gris plata, sujeta al cuello con un broche ovalado de zafiro discreto. Su cabello, recogido en un moño suelto, estaba atravesado por una única horquilla de plata con tres zafiros diminutos que captaban la luz entre las sombras de los arces como estrellas atrapadas en hielo.

Nada de oro. Nada de rubíes. Nada de pieles arrastrando por el suelo.

Y sin embargo —quizás precisamente por eso—, las miradas la seguían como imanes.

—¿Es esa la marquesa de Flores? —Un abanico de seda se abrió a su paso, ocultando labios pintados de carmín.

—La esposa del marqués Víctor, sí. La que él tiene abandonada por esa prima suya... ¿cómo se llama? —Otro abanico se unió al primero, formando un muro de susurros.

—¿Esa es ella? Yo esperaba una mujer marchita, demacrada. Con lo que dicen que sufre en esa casa...

—Pues ya ves. Parece una orquídea silvestre entre invernadero de rosas gordas.

Los murmullos se multiplicaban a su espalda como ondas en un estanque. Serena los escuchaba todos. Los registraba, los clasificaba, los archivaba en algún cajón frío de su mente. Y seguía caminando sin alterar el paso, sin girar la cabeza, sin dar a nadie la satisfacción de una reacción.

En su vida anterior, estos murmullos la habrían herido como agujas bajo las uñas. La Serena de entonces habría bajado la cabeza, habría apretado los puños dentro de las mangas, habría buscado un rincón donde esconderse de la curiosidad voraz de la corte.

Esa Serena estaba muerta.

La que caminaba ahora entre los arces en llamas tenía los ojos claros como el fondo de un lago helado. Tranquila. Inalcanzable. Mortalmente serena.

—Señora. —Bianca apareció a su lado con dos copas de vino especiado caliente—. Todo el mundo la está mirando.

—Que miren. —Serena tomó una copa sin detenerse—. No vine aquí a esconderme.

* * *

Lo vio antes de que él la alcanzara.

Era difícil no verlo. Leopoldo de Ausburgo, Príncipe Imperial, hermano menor del emperador, caminaba entre la multitud como un faisán dorado entre gorriones. Rondaba los treinta, quizás uno o dos años más, con ese tipo de belleza masculina que parecía diseñada específicamente para que las mujeres perdieran el sentido común: mandíbula angulosa, pómulos altos, ojos de un verde jade que le habían ganado el sobrenombre con el que toda la corte lo conocía.

El Príncipe de Jade.

Su traje era de un azul índigo profundo, cortado con una elegancia que hacía parecer toscos a todos los demás hombres del jardín. Sobre el pecho izquierdo, bordado en hilo de oro, brillaba el iris imperial —la flor que solo la sangre directa de la familia reinante tenía derecho a portar—. Una capa corta del mismo azul caía desde un hombro, sujeta con un broche de jade tallado en forma de media luna.

Leopoldo se acercó con la naturalidad de quien camina por su propia sala de estar. Dos pasos detrás, su asistente personal —un hombre delgado de barba recortada llamado Gaspar— lo seguía como una sombra obediente.

—Marquesa Bridge. —La voz de Leopoldo era cálida, modulada, con ese tono de terciopelo que hacía que incluso un saludo sonara como una confesión íntima—. Qué agradable sorpresa encontrarla aquí.

Serena se detuvo. Inclinó la cabeza con la medida exacta de cortesía que exigía el protocolo: ni un milímetro más, ni uno menos.

—Alteza. El honor es mío.

—¿La acompaño a dar un paseo? Los arces del sendero norte están en su mejor momento. Dicen que este año el otoño ha sido particularmente generoso con sus colores.

—Es usted muy amable, Alteza, pero no quisiera importunarlo. Estoy segura de que tiene compromisos más importantes que pasear con la esposa de un marqués menor.

Leopoldo sonrió. No era una sonrisa cualquiera. Era el tipo de sonrisa que había sido pulida durante años hasta convertirla en un arma de precisión: cálida pero no excesiva, galante pero no vulgar, lo suficientemente asimétrica para parecer espontánea.

—Ningún compromiso en este jardín es más importante que la buena conversación. Y me han dicho que usted, marquesa, es una conversadora extraordinaria. —Ladeó la cabeza—. También me han llegado noticias de sus habilidades artísticas. ¿Es cierto que sus caligrafías en estilo imperial han sido elogiadas por el propio maestro Ortega?

—El maestro Ortega es generoso con sus elogios.

—Y me dicen que la reestructuración financiera de la casa Flores fue enteramente obra suya. Tres negocios textiles rescatados del colapso en menos de un año. Eso no es generosidad de nadie, marquesa. Eso es talento puro.

Serena sostuvo su mirada sin pestañear. Cada cumplido era una sonda. Cada halago, una herramienta de excavación diseñada para encontrar la grieta por donde infiltrarse.

Conocía este juego. Lo conocía mejor de lo que Leopoldo podía imaginar.

—Le agradezco sus amables palabras, Alteza.

Un silencio breve. Leopoldo dejó caer la sonrisa cortesana y la reemplazó con algo más directo —una expresión calculadamente sincera—.

—Seré franco con usted, marquesa. He pasado tres años en la frontera sur. Tres años lejos de la capital, lejos de la corte, lejos de... todo esto. —Hizo un gesto vago que abarcaba el jardín, las mesas, los nobles pavoneándose—. Pero incluso en la frontera, las noticias llegan. Y las noticias sobre la casa Flores llegaban con frecuencia.

Serena no respondió. Esperó.

—He oído que el marqués Víctor la trata... con desconsideración. —Leopoldo eligió la palabra con cuidado quirúrgico—. Un hombre que no sabe atesorar una perla no merece poseerla.

La implicación flotó entre ellos, desnuda como una espada desenvainada. «Deja a Víctor. Yo seré quien te atesore.»

Serena lo miró directamente a los ojos. Verde jade contra hielo transparente.

—Agradezco la preocupación de Su Alteza —dijo, y su voz fue tan suave y tan fría como la nieve cayendo sobre piedra—. Pero no necesito la compasión ni la protección de nadie. Mis asuntos puedo manejarlos sola.

Leopoldo abrió la boca para responder, pero Serena no le dio espacio.

—Sea cual sea el motivo —continuó, con una cortesía tan afilada que cortaba—, no tengo interés en estos asuntos en este momento.

Hizo una reverencia perfecta. Se dio la vuelta. Y se fue.

No corrió. No aceleró el paso. Caminó con la misma cadencia tranquila con la que había llegado, su capa gris plata ondulando suavemente entre las hojas caídas, hasta que la curva del sendero la tragó entre los arces.

Gaspar se acercó a Leopoldo, que seguía de pie en el mismo sitio, observando el sendero vacío.

—Alteza... parece que a la marquesa no le interesa usted en absoluto.

Leopoldo soltó una carcajada baja, genuinamente divertida. Se pasó una mano por el cabello oscuro y negó con la cabeza.

—Al contrario, Gaspar. —Sus ojos brillaron con algo que no era ofensa ni decepción, sino un interés encendido, casi hambriento—. Precisamente porque no es el tipo de mujer que se aferra a la realeza... precisamente por eso vale la pena perseguirla.

* * *

Serena caminó hasta que los arces la ocultaron por completo. Solo entonces permitió que la máscara de hielo se resquebrajara durante un instante —no hacia el dolor, sino hacia el cálculo frío—.

El Príncipe de Jade.

En su vida anterior, Leopoldo de Ausburgo había sido una de las figuras más fascinantes y más peligrosas de la corte. Encantador como un arroyo de montaña en primavera —y exactamente igual de engañoso, porque debajo de esa superficie cristalina había corrientes capaces de arrastrar a cualquiera hacia el fondo—.

No le interesaba ella. Serena lo sabía con la certeza de quien ya había vivido esta historia hasta su final amargo. A Leopoldo no le importaba su rostro, ni su talento, ni su supuesto sufrimiento conyugal. Lo que Leopoldo quería era lo que había detrás de ella: la familia Bridge. El poder militar de Roland, su hermano mayor, comandante de la guarnición norteña. La influencia jurídica de Sebastián, su segundo hermano, con conexiones en cada tribunal del imperio.

Leopoldo estaba tejiendo una red. Y ella era el hilo que quería usar para atar los nudos.

«No en esta vida», pensó Serena, y las palabras cayeron en su mente como piedras en un pozo. «En esta vida, nadie me usa como herramienta. Nadie.»

* * *

La mansión Flores la recibió con su silencio habitual.

Serena se quitó la capa en el vestíbulo, se la entregó a Bianca, y subió directamente al estudio del ala este —la única habitación de toda la mansión que sentía genuinamente suya—. Se sentó detrás del escritorio de caoba. Abrió el segundo cajón de la izquierda. Sacó un documento doblado en tres partes.

—Bianca.

—¿Señora?

—Dile al marqués que necesito verlo. En mi estudio. Ahora.

Bianca vaciló. Sus ojos recorrieron el documento sobre el escritorio y algo en su expresión se endureció con preocupación.

—Señora, ¿está segura? La última vez él...

—Estoy segura. Ve.

Bianca asintió y salió.

Víctor llegó un cuarto de hora después. Entró sin tocar, como siempre. Se dejó caer en el sillón frente al escritorio con las piernas cruzadas y un brazo colgando del reposabrazos con la indolencia estudiada de quien quiere dejar claro que tu tiempo no vale nada.

Llevaba el cabello despeinado, la chaqueta abierta, y un vago olor a vino dulce. Había estado bebiendo. No lo suficiente para estar borracho, pero sí lo suficiente para estar irritable.

—¿Qué quieres? —Ni un saludo. Ni una mirada directa. Examinó sus propias uñas mientras hablaba—. Habla rápido, que tengo cosas que hacer.

Serena no respondió con palabras. Deslizó el documento por la superficie del escritorio hasta que quedó frente a él.

Víctor bajó la vista. Leyó las primeras líneas. Y su expresión se oscureció como un cielo antes de la tormenta.

—Documentos de divorcio. —Serena habló con la misma voz que usaría para comentar el clima—. Es la tercera vez, Víctor. Espero que esta vez los firmes.

Víctor recogió el documento. Lo recorrió con los ojos durante diez segundos. Luego, con un gesto deliberado, despectivo, lo arrojó al suelo.

—¿Otra vez con esto?

—¿Por qué no firmas?

Víctor se puso de pie. Era más alto que ella, y lo sabía. Se acercó al escritorio y apoyó ambas manos sobre la superficie de caoba, inclinándose hacia delante hasta que su rostro quedó a un palmo del de Serena. En sus ojos no había rabia. Había algo peor: cálculo desnudo, sin una gota de vergüenza.

—¿Por qué? ¿Crees que soy estúpido? —Su voz era baja, casi confidencial, como si compartiera un secreto entre socios—. Tu dote sigue atada a las propiedades Flores. Cada moneda que trajiste al matrimonio está invertida en nuestras tierras, nuestros negocios, nuestras cuentas. Si te dejo ir, me llevo un agujero financiero que no puedo tapar. —Levantó un dedo—. Y eso sin contar las conexiones de tus hermanos. La red militar de Roland. La influencia legal de Sebastián. Los necesito a ellos. Y la única razón por la que cooperan conmigo es porque tú sigues siendo mi esposa.

Serena no se apartó. No parpadeó. No movió un solo músculo.

—Entonces, a tus ojos, solo soy una herramienta.

Víctor se encogió de hombros con una sonrisa que era mitad burla, mitad desprecio.

—Si quieres verlo así, no puedo evitarlo. —Se irguió, se ajustó la chaqueta—. No voy a firmar, Serena. Ni hoy, ni mañana, ni nunca. Hazte a la idea.

Dio media vuelta y caminó hacia la puerta. La abrió. Se detuvo un instante en el umbral, sin volverse.

—Deja de perder mi tiempo con estas tonterías.

La puerta se cerró con un golpe que hizo temblar los candelabros de la pared.

* * *

El estudio quedó en silencio.

La luz del fuego de la chimenea temblaba sobre el rostro de Serena, pintando sombras danzantes sobre sus pómulos, sus ojos, la línea inmóvil de sus labios. No se había movido. No se había alterado. Su respiración era tan regular como el péndulo de un reloj.

Se inclinó hacia delante. Recogió los documentos del suelo. Los alisó con ambas manos sobre el escritorio, pasando los dedos por cada arruga con la paciencia metódica de quien dobla la ropa de un difunto.

Los dobló en tres partes. Los guardó en el cajón. Cerró el cajón.

—¿No quieres firmar? —murmuró, y la comisura derecha de su boca se curvó hacia arriba en algo que no era una sonrisa, sino la promesa de una tormenta—. Bien.

Se recostó en el respaldo de su silla. Cruzó las manos sobre el regazo.

—Si no me dejas ir por las buenas, haré que me supliques que me vaya.

La llama de la chimenea crepitó, proyectando su sombra contra la pared del fondo: una silueta quieta, erguida, implacable. Como una reina sentada en un trono que todavía nadie podía ver.

* * *

En los Jardines Reales, el crepúsculo convertía los arces en brasas moribundas.

Leopoldo de Ausburgo montó su caballo —un semental negro de crines largas que combinaba con su capa índigo como si hubieran sido diseñados juntos—. Gaspar lo esperaba ya a caballo, a una distancia respetuosa.

El príncipe miró una última vez hacia el sendero donde Serena había desaparecido horas antes. Las hojas caídas cubrían las piedras como alfombras de fuego apagado.

—Esta mujer es verdaderamente extraordinaria —dijo, más para sí mismo que para su asistente—. Pero el momento no es el correcto.

Tiró de las riendas. El caballo giró con elegancia militar. Y Leopoldo cabalgó hacia el palacio imperial sin mirar atrás, su capa índigo ondeando tras él como un estandarte en el viento otoñal, llevándose consigo planes que todavía no tenían forma, ambiciones que aún no tenían nombre, y el recuerdo de unos ojos fríos como el fondo de un lago helado que, por primera vez en mucho tiempo, lo habían hecho sentir que existía una presa a la que no podía alcanzar.

Las hojas de arce seguían cayendo.

El otoño no había terminado. Y la partida apenas comenzaba.

1
Refugio Vizcarra
ajá, esa es mi pregunta también.
Roxana Gardilcic
una historia, linda, emocionante , muy bien escrita, me gusta mucho lo descriptiva que es sin ser agobiante. felicitaciones
Rosario Zapata
cabron es poco ese victor es una escoria asquerosa 🤮🤮🤮🤮🤮
Fernanda Perez
gracias
gracias
Rose M
burna interesante. Algo confusa en tiempos y personajes pero muy entretenida
Arantza
Bonita historia, y excelente trama. Solo algunas incongruencias en el desarrollo. Pero por lo demás es excelente.
Pa Tr
no eran 12 años? 🤔
Pa Tr
Ya se tenía que haber ido la tonta al final le hace daño ya verás 🤔
Fernanda Perez
donde vive
quien es Leopoldo
Gris Lopez
ahora si creo que fue hecho con IA...😱 ....ningún autor cambiará hechos tan cruciales en la historia...(que decepcionante....debería haber algún programa para detectar esto y que contenido así no entren a la aplicación )....
Fernanda Perez
no estoy entendiendo varias cosas
~√{©£¢%}✓¶🌟💖
Espero que tengas un buen plan para no volver a caer ante ese par de desgraciados que te hicieron la vida imposible en tu anterior vida
~√{©£¢%}✓¶🌟💖
interesante 😸😸😸😸
Maria Cantillo
bonita historia
Maria Cantillo
bueno las cosas van tomando curso
Maria Cantillo
bueno Isabella Victor te vio eres una persona mala el te dió todo lo que le negó a Serena y aún así lo dejaste inválido sin valor dignidad prefiere pagar que morir envenenado y al fin tuvo algo de sentido común firmó algo que se llamaba matrimonio pero solo era una carcel para Serena y para la familia beneficios
Maria Cantillo
gracias por compartir todo esto bendiciones
Lucia Calderón
Historia interesante, con bien léxico ehilp discursivo
Maria Cantillo
tipa que aprendido fue todo lo contrario a los valores y se justifica en que Serena tiene la culpa de nacer en esa familia la envidia es unal terrible
Maria Cantillo
arriba Serena suéltate de ese Victor que condene al tal Leopoldo por las 3000 muertes hagan justicia
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