**Una noche de hotel con un extraño salvó su orgullo... hasta que descubrió que ese extraño era el hombre dueño de su vida.
Serena sabía que su libertad tenía fecha de caducidad. Para salvar el legado de su padre, debía casarse con un despiadado y poderoso Jeque al que jamás había visto. Como último acto de rebeldía, decide entregarse a una noche de pasión desenfrenada en Nueva York con un desconocido imponente y de ojos magnéticos. Una noche donde no hubo nombres, solo fuego.
Al amanecer, ella huye creyendo que el secreto quedará enterrado. Pero la pesadilla comienza horas después, en la reunión forzada para conocer a su prometido. Sentado a la cabecera de la mesa, con una sonrisa fría y calculadora, se encuentra Zayd Al-Maktoum. El Jeque no solo es su futuro esposo por contrato... es el mismo hombre con el que rompió todas las reglas la noche anterior. Zayd no tolera la insubordinación, y ahora que sabe que su prometida es la hermosa ladrona que huyó de su cama.
NovelToon tiene autorización de Azly colon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 12
El trayecto hacia el aeropuerto JFK fue un borrón de luces neón y tráfico VIP. Viajamos en una furgoneta blindada con los cristales completamente opacos. Dentro, el silencio era absoluto. Zayd trabajaba en su tableta digital, revisando gráficos financieros y documentos en árabe con una concentración fría, ignorándome por completo. Esa indiferencia me irritaba tanto como su atención. Me hacía sentir como un objeto decorativo, un paquete de alta gama que transportaba de un continente a otro.
Cuando el vehículo se detuvo, no entramos por la terminal pública. Accedimos directamente a la pista de aterrizaje privada a través de una puerta de seguridad militar. Al bajarnos, el viento de la tarde neoyorquina me batió el cabello. Frente a nosotros se alzaba un Boeing 737 de fuselaje ancho, pintado de un blanco inmaculado con el emblema real de la familia Al-Maktoum grabado en oro en la cola. No era un jet privado común; era un palacio volador.
Subí las escaleras de metal sintiendo que cada peldaño me alejaba más de la Serena que una vez fui. Al cruzar el umbral del avión, me quedé sin aliento. El interior estaba revestido de paneles de madera de nogal pulida, sofás de cuero blanco que parecían nubes, alfombras de seda tejidas a mano y una iluminación suave que creaba una atmósfera de lujo absoluto y aislamiento del resto del mundo.
—Bienvenida a bordo, señorita Luna —dijo una azafata vestida con un uniforme impecable, ofreciéndome una reverencia perfecta.
No respondí. Me encaminé hacia la zona central, donde se encontraba un inmenso salón privado con un sofá circular y una mesa de cristal. Me dejé caer en uno de los asientos de cuero, exhausta, sintiendo el peso de la derrota aplastarme los hombros. Había perdido mi vida en Nueva York en menos de veinticuatro horas.
Unos minutos después, el sonido de los motores del avión comenzó a rugir, un zumbido poderoso que vibró en el suelo. El jet comenzó a moverse por la pista, ganando velocidad hasta que la fuerza de la gravedad me empujó contra el respaldo del asiento. Despegamos. Miré por la ventanilla cómo las luces de Manhattan, la silueta del Empire State y los puentes del East River se volvían minúsculos, perdiéndose entre las nubes grises de la tormenta que se avecinaba. Adiós a mi libertad. Adiós a mi mundo.
El avión se estabilizó a una altitud de crucero. El zumbido de los motores se convirtió en un ronroneo constante y monótono.
Escuché unos pasos firmes aproximarse por el pasillo alfombrado. Levanté la vista. Zayd había vuelto a cambiar su atuendo. Ya no llevaba los pantalones de traje gris; vestía unos pantalones de lino negro sueltos y una camisa de seda del mismo color, ligeramente abierta en el cuello. Su aspecto era menos corporativo y mucho más peligroso, más cercano al Alfa salvaje que me había reclamado en la suite.
Traía en su mano derecha dos copas de cristal tallado llenas de un líquido dorado que burbujeaba con elegancia. Caminó hacia mí con una confianza arrolladora, la silueta imponente recortándose contra las luces tenues del salón del avión.
Se detuvo frente a mí y, sin pedir permiso, se sentó en el sofá, justo a mi lado, invadiendo mi espacio con esa familiaridad posesiva que me desdibujaba el mapa. Su muslo, firme y musculoso bajo el lino negro, se presionó contra el mío. El contacto encendió de inmediato la chispa traicionera en mi bajo vientre, un pulso ardiente que odié con todas mis fuerzas.
Extendió la mano, ofreciéndome una de las copas.
—Champán francés —dijo, y su voz de barítono sonó como un ronroneo oscuro en la intimidad de la cabina—. Un brindis por nuestro nuevo comienzo, Serena.
Miré la copa de cristal y luego lo miré a él, a esos ojos ámbar que me observaban con una mezcla de burla y expectación. Sentí que el orgullo, esa chispa de rebeldía que Zayd creía haber aplastado con sus millones y sus amenazas bancarias, volvía a encenderse en mi pecho.
—No voy a brindar contigo, Zayd —respondí, manteniendo las manos firmes sobre mis rodillas, negándome a aceptar el cristal—. No hay nada que celebrar. Me estás llevando a la fuerza a un lugar donde no quiero estar, usando el destino de mi familia como chantaje. No esperes que sea una compañera de viaje complaciente.
Zayd entornó los ojos sutilmente. No se molestó por mi rechazo; dejó ambas copas sobre la mesa de cristal con un golpe seco. Luego, con un movimiento rápido y preciso que me dejó sin espacio para reaccionar, estiró su brazo izquierdo y atrapó mi nuca con su mano grande, enredando sus dedos en mi cabello oscuro con una firmeza indiscutible.
Ejerció una presión mínima, pero implacable, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás, exponiendo mi cuello ante él. Se inclinó hacia adelante, acorralando mi cuerpo contra los cojines de cuero blanco del sofá. Su rostro quedó a milímetros del mío, tanto que podía ver las vetas doradas en sus iris y sentir el olor a maderas de su piel.
—Sigues desafiándome, nena —murmuró Zayd, y su voz bajó a un susurro rudo, áspero, que me caló hasta los huesos—. Me gusta tu fuego, de verdad. Anoche ese fuego me volvió loco. Pero tienes que entender algo antes de que este avión cruce el océano.
Deslizó su otra mano por mi cintura, apretando la carne con una fuerza que me hizo soltar un jadeo ahogado contra sus labios. Sus dedos subieron por mi costado, delineando la curva de mi pecho bajo la chaqueta azul marino, haciéndome consciente de lo indefensa que estaba en esa cabina privada a diez mil metros de altura.
—Nueva York ha quedado atrás, Serena —continuó él, y una sonrisa fría, calculadora y letal se dibujó en sus labios esculpidos, mientras su pulgar rozaba la piel sensible de mi oreja—. Estás en mi avión, bajo mi guardia, dirigiéndote a mis tierras. En el desierto, no hay contratos occidentales que te protejan, no hay amigas abogadas, ni escapatorias antes del amanecer. En mi territorio, las reglas las dicto yo. Y la primera regla que vas a tener que aprender... es que nunca, bajo ninguna circunstancia, se le niega nada al Emir.
Sostuvo mi mirada, con los ojos ámbar brillando con una posesividad absoluta y salvaje que me dejó sin aliento, obligando a mi cuerpo a temblar no solo de miedo, sino de una expectación erótica y peligrosa que me dictaba que mi cautiverio en el desierto sería el juego más ardiente y destructivo de mi vida.