La madre de Estefanía siempre fue “la otra”. La amante secreta de un hombre rico. Y ella… la hija ilegítima que la familia Rosales mantiene lejos en un convento.
Cuando el imperio de los Castellanos queda al borde de la quiebra, Alexander Castellanos, el CEO de la familia quien sufrió un accidente quedando discapacitado y necesita de un bastón para caminar, acepta casarse con la hija de la familia Rosales para salvar los negocios.
Pero la madrastra de Estefanía idea un engaño cruel: enviarla a ella como la hija legítima, aprovechando que nadie conoce la existencia de la bastarda.
Deseando por fin salir del lugar donde ha estado por años, Estefanía acepta convertirse en la esposa por contrato de Alexander.
Lo que comienza como un acuerdo frío pronto se vuelve peligroso. Porque vivir bajo el mismo techo despierta una tensión imposible de ignorar, mientras los secretos amenazan con destruirlo todo.
Y cuando la verdad salga a la luz, ninguno estará dispuesto a perder lo que considera suyo.
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Miradas.
—La señora Estefanía quiere combinar con su ropa y me estaba preguntando qué color usaría el señor esta noche.
Dana respondió tan rápido que Estefanía quiso cubrirse la cara de la vergüenza.
Definitivamente habría sido mejor decir directamente que no tenía ropa.
Alexander observó unos segundos el vestido blanco arrugado que Dana sostenía.
Luego habló sin demasiada importancia.
—Mande a traer un vestido.
Estefanía abrió apenas los ojos sorprendida.
Y antes de perder el valor decidió aprovechar el momento.
—Y unas zapatillas… porque no tengo algo que combine con ese color.
En realidad no tenía nada.
Ni vestidos.
Ni zapatos.
Ni siquiera un cepillo para el cabello que no fuera viejo.
Dana asintió rápidamente.
Pero antes de irse, Estefanía habló nerviosa.
—Numero 4… de calzado.
La mujer sonrió comprendiendo inmediatamente el motivo.
Claramente no quería volver a sufrir con otros zapatos dolorosos.
Alexander simplemente regresó hacia la habitación.
No podía permanecer demasiado tiempo de pie.
Y el clima frío empeoraba el dolor de su pierna desde el accidente.
Mientras Dana ordenaba la comida y hacía que trajeran el vestido y las zapatillas, Estefanía bajó lentamente al comedor.
Y apenas vio toda la comida sobre la mesa sintió que literalmente podía llorar.
Había demasiado.
Pollo.
Carne.
Puré.
Pan caliente.
Postres.
Todo olía increíble.
Tuvo que controlarse para no tomar algo inmediatamente.
Mientras tanto, Alexander seguía pensando en su empresa.
Algo no cuadraba.
Nada en realidad.
Dana le avisó que la cena estaba lista.
Y cuando Alexander llegó al comedor encontró a Estefanía mirando la comida casi con desesperación… pero sin tocar absolutamente nada.
Lo estaba esperando.
Aquello le resultó extraño.
Cuando ella lo vio aparecer le sonrió sinceramente.
Una sonrisa pequeña… pero completamente real.
Y aprovechando el momento, preguntó:
—¿Qué edad tienes?
Estefanía tomó un poco de agua antes de responder tranquilamente.
—Diecinueve.
Alexander levantó lentamente la mirada.
La observó con los ojos entrecerrados.
Su apariencia coincidía perfectamente con esa edad.
Entonces ¿por qué los Rosales habían dicho otra cosa?
—Tus padres dijeron que tenías veintisiete.
Estefanía casi se atragantó con la bebida.
Comenzó a toser mientras sentía el corazón golpeándole con fuerza.
¿Por qué dijeron eso?
Intentó sonreír.
—Quizás lo dijeron de broma… mis padres suelen bromear con mi edad.
Alexander siguió observándola varios segundos más.
No le creyó.
—Como sea.
Cortó la carne con tranquilidad mientras ella seguía comiendo pollo como si fuera la mejor comida del mundo.
Y la manera en que lo saboreaba volvió a llamar su atención.
Parecía alguien que llevaba días sin comer bien.
—¿Dónde estuviste hoy?
Preguntó entonces.
Había enviado al chofer para avisarle sobre la cena.
Pero nadie la encontró.
Ni en la mansión.
Ni en casa de los Rosales.
—Le dije que iría a buscar una escuela.
—¿Todo el día? ¿Y sin el chofer?
Estefanía soltó un pequeño suspiro.
Y aquello desesperó instantáneamente a Alexander.
Porque siempre parecía esconder algo.
—Termina. En una hora salimos.
Se levantó dejando la servilleta sobre la mesa y caminó directamente hacia el despacho apoyándose en el bastón.
Poco después, Dana apareció con varias bolsas.
—Ya llegó su vestido, señora.
Estefanía subió rápidamente a la habitación acompañada de ella.
Cuando abrió una de las bolsas, sus ojos brillaron.
El vestido azul era hermoso.
Sencillo, elegante y suave al tacto.
Dana la ayudó a peinarse y acomodar el vestido.
Después le entregó las nuevas zapatillas.
Y para alivio de Estefanía… eran cómodas.
Se observó frente al espejo sin reconocerse del todo.
El cabello suelto.
El vestido ajustándose delicadamente a su figura.
Una pierna quedaba libre al caminar.
El ligero brillo sobre los labios.
—Se ve hermosa.
Le dijo Dana sinceramente.
Estefanía sonrió apenas.
—Gracias.
Mientras tanto, Alexander permanecía dentro del despacho cambiándose ahí mismo.
Sabía que Estefanía estaba usando la habitación.
Y no tenía paciencia para compartir el espacio con alguien más.
Terminó de acomodarse el traje y ajustó el reloj sobre su muñeca antes de regresar finalmente a la habitación.
Pero justo cuando llegó…
La puerta se abrió.
Y Estefanía salió.
Alexander se quedó inmóvil unos segundos.
El vestido azul resaltaba el tono claro de su piel.
Su cabello todavía estaba ligeramente húmedo cayendo sobre sus hombros.
Y por primera vez desde que la conocía… parecía exactamente la esposa que todos esperarían de un Castellanos.
Estefanía notó inmediatamente la mirada fija de Alexander sobre ella.
Y el corazón le dio un pequeño salto extraño.
Porque aquel hombre daba miedo.
Mucho.
Pero en ese momento… también era imposible ignorar lo atractivo que se veía.