Un mafioso enamorado de una estudiante universitaria, ella es de una familia acomodada.
el tiene una empresa legal y aparte sus negocios ilegales.
ella es una chica curvy, el es alto y guapo
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Capítulo 11: Verdades y cena en casa
📖 Capítulo 11: Verdades y cena en casa
💬 Verónica — Primera persona
Me mira con esa expresión que se pone cuando se siente atacado.
—No soy ningún estafador —dice con voz tensa.
—Entonces explícamelo bien. Dime a qué te dedicas de verdad —le pido con calma, aunque en el fondo pienso que suena a algo que no debería estar bien.
Se deja caer pesadamente en el sofá, pasándose ambas manos por el cabello.
—Resuelvo problemas. Gente con recursos que tiene problemas que no pueden llevar a la policía. Yo me encargo de que esos problemas desaparezcan.
—¿Y eso te convierte en alguien peligroso? ¿Eres como… un mafioso? —la palabra me sale suave pero clara entre mis labios.
Se queda callado, y ese silencio me responde más que cualquier palabra.
—Entonces trabajas en cosas turbias, en lo ilegal —afirmo, no como pregunta, sino como algo que ya entiendo.
Me mira fijamente, con una intensidad que me hace estremecer.
—Alguien tiene que hacer el trabajo sucio, Verónica. No todos pueden vivir en una burbuja como la tuya.
—Pero tampoco tienes gente alrededor tuyo cuidándote —le digo—. Nunca te veo con escolta, con nadie que te proteja. ¿Cómo eres alguien importante y peligroso y andas solo siempre?
—Que no los veas no significa que no estén ahí —dice, y antes de que pueda procesar lo que dice, da un paso hacia mí y me empuja suavemente contra la pared—. ¿Puedes dejar de cuestionarme todo por un momento? Me estresa hablar de esto. Solo… cállate, por favor.
Me quedo inmóvil, sorprendida por su reacción.
—Me callo. Y creo que mejor me voy a casa.
Suelta mis brazos de inmediato, como si se hubiera quemado al tocarme. Da un paso atrás, horrorizado consigo mismo.
—Espera… no quería hacerte eso. No quería gritarte ni empujarte. Mierda, lo siento. No sé cómo controlarme cuando me preguntan por mi pasado. No sé cómo no ponerme a la defensiva.
—No pasa nada —le digo suavemente, tomándole la mano—. Ven, siéntate conmigo en el sofá. No vamos a pelear. Solo necesitamos entendernos.
Camina despacio a mi lado, como si temiera que me desvanezca si me suelta.
—No soy bueno en esto. En hablar, en confiar, en ser… lo que tú mereces.
Nos sentamos juntos. Le acaricio las manos, intentando que se relajen.
—Mira, entiendo que tu trabajo es difícil y que no siempre es fácil explicarlo. Pero aparte de eso… ¿tienes negocios legales? Algo que sea solo tuyo y que no te ponga en peligro?
Aprieta mis manos con suavidad, como si necesitara esa conexión para poder hablar.
—Sí. Tengo un club nocturno en el centro de la ciudad, empresas de seguridad privada y tecnología. Todo registrado, todo legal. Esos negocios me dan tranquilidad económica sin tener que… meterme en problemas. Son lo único que tengo que es mío de verdad.
—Un club… qué interesante —le digo con una sonrisa—. ¿Algún día me llevarás a conocerlo?
Me mira, y por primera vez noto algo parecido a iluminación en sus ojos.
—Sí. Cuando estés lista. Cuando sepas de verdad con quién estás y decidas que aún así quieres estar ahí conmigo.
—Espero que sea pronto —le digo, y justo en ese momento mi estómago ruge tan fuerte que ambos lo escuchamos. Me sonrojo—. Bueno… creo que es señal de que tengo hambre. Y debería irme a casa ya.
Se levanta de golpe, decidido.
—No te vas a ir con el estómago vacío. Quédate aquí, te preparo algo. O lo intento al menos.
Camino hacia la cocina y suelto una pequeña risa.
—Rafael, aquí no hay nada. Ni una sartén, ni un plato, ni siquiera algo para calentar en el microondas. ¿Cómo demonios te alimentas todos los días?
Me mira con fingida indignación.
—No es mi culpa que casi nunca esté aquí. Cuando llego solo quiero dormir, no cocinar. Pido comida a domicilio, ¿de acuerdo? Es más fácil.
—¿Y qué pretendes cenar entonces? ¿Aire fresco de la ventana? —le levanto una ceja.
Se pasa la mano por el cabello, frustrado pero también divertido consigo mismo.
—¡No sé cocinar, está bien! ¡Lo dije! ¿Ya estás contenta? Pediremos algo. Lo que tú quieras, lo que se te antoje.
Me echo a reír y lo señalo con el dedo.
—Oye… ¿entonces esas galletas que me diste la otra mañana no las hiciste tú, pinocho? ¡Me mentiste! —aunque no me importa realmente, me encanta molestarlo un poquito.
Se sonroja visiblemente y mira hacia otro lado.
—Sí las hice… solo que la esposa de uno de mis guardias me enseñó. La ayudé a mezclar todo. Y las quemé tres veces antes de que salieran bien. Fue mi quinto intento el que te llevé. Quería que probaras algo que yo había hecho para ti. No quería que supieras que necesitaba ayuda para hacerlo.
Me derrito por completo. Este hombre tan fuerte y misterioso quemó cuatro tandas de galletas solo para verme sonreír, pienso con el corazón apretado de ternura.
—Eres el ser más tierno del mundo aunque no quieras admitirlo —le digo suavemente—. Oye… ¿qué te parece si de vez en cuando vengo aquí y cocinamos juntos? Así no comes solo comida de la calle todos los días. Comemos algo sano, pasamos tiempo juntos… ¿te gusta la idea?
Me mira intensamente, como si le hubiera ofrecido algo que nunca creyó que tendría.
—¿Cocinarías aquí? Conmigo. Todos los días si quisieras. No me importaría verte aquí siempre.
—No digo todos los días, que suena a que me mudo contigo —le aclaro riendo—. Pero sí de vez en cuando. Cuando tengamos tiempo. ¿Trato hecho?
—Trato hecho —asiente con una media sonrisa—. Y me encantaría. Más de lo que te puedes imaginar.
—Perfecto. Entonces alístate. Vamos a mi casa. Yo te cocino algo rico allá. ¿Te animas?
—¿A tu casa? ¿Con tus padres ahí? —pregunta, nervioso de golpe.
—Claro. ¿O tienes miedo de conocer a mis papás? —le digo con picardía mientras me pongo el abrigo.
—No tengo miedo de nada… solo no quiero que piensen cosas equivocadas de mí. No soy el tipo de hombre que los padres sueñan para sus hijas. Lo sé.
—Pues tendrán que acostumbrarse porque tú eres quien me hace feliz —le susurro—. Vamos, no tardamos nada.
Bajamos juntos a su auto. En el camino lo noto inusualmente silencioso, apretando el volante con ambas manos. Le tomo la mano que descansa sobre la palanca de cambios y la entrelazo con la mía. Me la devuelve con firmeza, sin decir nada, pero me da un apretón suave que lo dice todo.
Al llegar a mi casa, abro la puerta con energía y grito hacia adentro:
—¡Mamá, papá, ya llegué! Vine con alguien, estaremos en la cocina, ¡no se preocupen!
Me quito los zapatos y camino descalza hacia la cocina, pero cuando me doy la vuelta, Rafael está parado en el umbral, pálido como un papel, mirando hacia la sala donde se escucha la voz de mi papá viendo las noticias en la televisión.
—¿Tus papás están aquí ahora mismo? —susurra con terror genuino en los ojos—. ¿Sabes quién soy? ¿Saben que estoy aquí?
—Claro que están aquí, bobo, es su casa también —le digo con una pequeña risa—. No te preocupes, no bajarán a interrogarte. Estoy segura. Y si lo hacen, yo te defiendo, ¿de acuerdo? No eres un intruso. Eres conmigo.
Empiezo a sacar todo lo que necesito de la alacena: huevos, frijoles, tortillas, queso… cosas sencillas pero que sé que le van a saber delicioso porque están hechas con cariño. Mientras revuelvo los huevos en el sartén, lo observo de reojo. Sigue parado ahí, con las manos en los bolsillos, mirando todo como si pudiera desaparecer en cualquier momento.
—La última persona que traje a casa fue mi mejor amiga Isabella —le digo suavemente, sin dejar de cocinar—. Y bueno… ya sabes cómo terminó todo con ella. Traicionó mi confianza. Por eso nunca traigo a nadie. Pero tú… contigo se siente diferente. No tengo miedo de que me conozcan contigo.
Se acerca lentamente a la barra de la cocina, donde estoy cocinando, y apoya los codos mirándome trabajar.
—¿Quién es Isabella para ti todavía? —pregunta con voz tensa, aunque intenta que suene casual.
Dejo de cocinar un segundo y lo miro a los ojos con sinceridad.
—Alguien que ya no está en mi vida como antes. Y eso está bien. Ahora estoy aquí, contigo. Y eso es lo que importa.
Sirvo los huevos en dos platos, pongo frijoles calientes al lado y unas tortillas recién calentadas. Me siento frente a él, y mientras lo veo comer, me doy cuenta de algo importante: no sé hacia dónde vamos realmente. No sé qué hace exactamente, no sé qué peligros lo rodean, no sé si estamos yendo demasiado rápido. Pero cuando estoy con él, me siento en paz. Y esa sensación… es más fuerte que cualquier miedo.