Ellos se conocen desde que tenían diez años. Antes eran amigos. Competían por todo, se molestaban y discutían, pero podían pasar una tarde entera juntos sin problema. Hasta que un accidente, una peluca y un rumor cambiaron todo. Ella creyó que él había contado su secreto más vergonzoso. Él nunca tuvo la oportunidad de explicarse. Así que ella decidió vengarse. Él terminó con una pierna rota. Y desde entonces, se declararon la guerra. Han pasado años y siguen igual. Se insultan, compiten, se provocan y aprovechan cualquier oportunidad para demostrar quién es mejor. Lo curioso es que ninguno parece tomárselo demasiado en serio… al menos hasta que sus madres, mejores amigas desde siempre, tienen la brillante idea de que deberían salir juntos. Una cita. Solo una. Para complacerlas. El problema es que sus madres parecen tener otros planes. Y quizás pasar tanto tiempo con la persona que más detestas no sea tan terrible cuando descubres que, debajo de todas esas peleas, todavía queda algo de aquellos dos niños que alguna vez se llevaban bien. Aunque claro… Primero tendrán que sobrevivir a las citas sin matarse. O sin cometer algún error que los haga verse cara a cara para siempre…..
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Perdón
...Blair...
Cuando regresé a mi departamento después de la revisión, dejé el bolso sobre la mesa y me quedé mirando la ecografía.
La saqué lentamente.
La apoyé sobre la mesa.
Era una imagen pequeña, borrosa para cualquiera que la mirara.
Para mí era diferente.
Yo sabía qué había ahí.
Mi bebé.
Me senté frente a ella.
Y sonreí.
Solo un poco.
—Hola otra vez.
Pasé un dedo por el borde de la imagen sin tocarla directamente.
Todavía me costaba creerlo.
Hasta hacía unas semanas mi mayor preocupación era aprobar mis materias y soportar a Knox cuando nuestras madres decidían juntarnos.
Ahora había una personita creciendo dentro de mí.
Una persona que ni siquiera había conocido y que ya conseguía cambiar mi forma de pensar.
Tomé aire.
Entonces escuché algo.
Un ruido en el pasillo.
Me levanté rápidamente.
Fui hasta la puerta.
No había nadie.
Solo un pequeño paquete apoyado frente a mi departamento.
Fruncí el ceño.
Lo recogí.
No tenía nombre.
Solo una nota encima.
La reconocí inmediatamente.
La letra de Knox.
Abrí la nota.
“No sé si quieres verme. Probablemente no.”
Rodé los ojos.
—Por lo menos aprende rápido.
Seguí leyendo.
“Pero escuché que hoy tenías tu revisión.”
Me quedé quieta.
Así que lo sabía.
“No voy a preguntarte nada. Solo quería dejarte esto.”
Miré el paquete.
Lo abrí.
Había una botella de agua, unas galletas saladas y un pequeño cuaderno.
Nada exagerado.
Nada romántico.
Simplemente cosas que podían ser útiles.
Volví a mirar la nota.
“No sé qué se supone que debe hacer un futuro padre. Así que estoy improvisando.”
Sentí algo extraño en el pecho.
No era ternura.
No.
Era…
No sabía qué era.
Seguí leyendo.
“Y antes de que pienses que estoy intentando comprar tu perdón: no.”
Eso sí sonaba a él.
“Sé que te hice daño. Y sé que no puedo arreglarlo con una bolsa de cosas.”
Mi sonrisa desapareció.
“Lo siento, Blair.”
Me quedé mirando esa frase durante varios segundos.
No había excusas.
No había justificaciones.
Solo eso.
Lo siento.
Doblé la nota.
La dejé sobre la mesa.
Después miré nuevamente el paquete.
—No significa que te haya perdonado.
Lo dije en voz alta aunque Knox no estuviera allí.
Me senté.
Abrí el cuaderno.
En la primera página había escrito una sola cosa.
“Preguntas para el médico.”
Lo miré.
Después solté una pequeña risa.
—¿En serio?
Knox había hecho una lista.
Y lo peor era que algunas preguntas eran bastante buenas.
...¿Qué puede comer?...
...¿Qué debería evitar?...
...¿Qué pasa si vuelve a sentirse mareada?...
...¿Cuándo se puede saber cómo está el bebé?...
La última estaba escrita debajo, casi al final.
...¿Cuándo puedo acompañarla?...
Me quedé mirándola.
Durante mucho tiempo.
No sabía qué responder.
No sabía si quería que me acompañara.
Pero tampoco podía negar que había algo diferente en aquella pregunta.
No decía:
...”¿Cuándo puedo ver al bebé?”...
Decía:
...”¿Cuándo puedo acompañarla?”...
Dejé el cuaderno sobre la mesa.
...⸻...
Al día siguiente fui a la universidad.
No porque mis padres estuvieran encantados con la idea.
De hecho, mi madre había insistido en que podía quedarme en casa.
Pero necesitaba volver.
Necesitaba recordar que seguía siendo Blair.
La estudiante.
La hija.
La chica que tenía una vida antes de todo esto.
Entré al aula y ocupé mi lugar.
Saqué mis apuntes.
Intenté concentrarme.
Durante casi veinte minutos funcionó.
Hasta que alguien dejó una bolsa sobre mi escritorio.
Levanté la mirada.
Una compañera sonrió.
—Te la dejaron en recepción.
—¿A mí?
—Sí.
Miré la bolsa.
No tenía nombre.
La abrí.
Otra botella de agua.
Una fruta.
Y un pequeño paquete de galletas.
—¿Qué demonios…?
Saqué una nota.
La letra era inconfundible.
“No preguntes.”
Levanté la mirada hacia la puerta.
No estaba allí.
Miré nuevamente la nota.
“Y sí, sé que probablemente vas a insultarme mentalmente.”
Apreté los labios.
—Idiota.
Mi compañera me miró.
—¿Qué?
—Nada.
Guardé la nota.
Y, contra mi voluntad, sonreí.
Solo un segundo.
Después volví a mirar mis apuntes.
Porque una cosa era aceptar que Knox estaba intentando hacer las cosas bien.
Y otra muy diferente era olvidar que seguía enfadada con él.
No iba a perdonarlo tan rápido.
No después de aquella discusión.
Pero quizá…
Solo quizá…
Podía dejar de verlo como el enemigo durante cinco minutos.
Al menos por el bebé.
Eso no significaba que lo quisiera cerca.
Mucho menos que quisiera casarme con él.
Y definitivamente no significaba que hubiera dejado de recordar aquella frase.
Bastardo.
Todavía me dolía.
Y Knox iba a tener que entender que algunas palabras no desaparecían solo porque después uno dijera que lo sentía.
Vale la pena leerla, no nos vayas a dejar en el abandono