A Camila la criaron para ser "una buena esposa". Por eso, cuando su marido le propone un fin de semana romántico en la Riviera Maya, ella cree que por fin van a recuperar lo que perdieron.
Lo que no sabe es que ese vaso de leche tibia está drogado. Y que el "regalo" que su esposo le tiene preparado a su jefe… es ella.
Camila escapa descalza por los pasillos del resort, golpea una puerta al azar y la abre el hombre más peligroso —y más hermoso— que ha visto en su vida: **Damián Tejada**, el dueño de medio país. Esa noche le salva la vida. Lo que ninguno de los dos imagina es que esa puerta lo va a cambiar todo.
Divorciada, traicionada por su propia familia y con un secreto que ni ella conoce, Camila decide que nunca más va a depender de nadie. Pero Damián no piensa soltarla. Él no quiere su obediencia ni su cuerpo: la quiere a ella, entera, con todo y cicatrices.
Y mientras Camila aprende a levantarse sola —y a vengarse de quienes la pisaron—, una verdad enterrada hace veinticinco años empieza a salir a la luz: la muchacha de la colonia popular que todos despreciaron no es quien todos creen. Es la heredera perdida de una de las familias más poderosas de México. Y alguien prendió un incendio, hace mucho, para que ella nunca lo descubriera.
**¿Podrá Camila reclamar su nombre, su sangre y su corazón… antes de que quien intentó matarla de bebé termine el trabajo?**
Una historia de traición, venganza, lujo y un amor que no pide permiso.
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Capítulo 10
Cap 10: Un novio de mentira
A los cuatro días de la trampa del paquete, Abuela Inés dejó de bajar la fiebre. La nueva doctora —Carla, internista de cincuenta años, recomendada por Fer— pidió trasladarla a una clínica privada en la Narvarte para estudios.
—No es para asustarse —dijo la doctora—. Pero a su edad, una infección sin control puede meterse al riñón. Mejor la observamos veinticuatro horas.
—¿Cuánto cuesta?
—Habitación, estudios y medicamento, calculen unos doce mil.
—Sí.
* * *
La habitación tenía cama articulada y un crucifijo de madera sobre la cabecera. Abuela Inés se acomodó con un suspiro corto.
—No tenías que traerme aquí, mija.
—Sí.
—Esto cuesta mucho.
—Esto cuesta lo que tiene que costar.
Inés le tomó la mano. Tenía la palma caliente todavía. Pero los ojos, por primera vez en una semana, estaban limpios.
—Estás muy sola, mija.
—No estoy sola.
—Estás muy sola.
Camila no contestó. Le acomodó el cabello detrás de la oreja. El antibiótico nuevo, intravenoso, goteaba lento por el suero.
* * *
Una hora después, Inés se removió. Tenía los ojos abiertos pero con la bruma de la fiebre que está bajando.
—¿Y el muchacho?
—¿Cuál muchacho, abuela?
—El de tu vida.
Camila levantó la vista del teléfono.
—Abuela.
—El que te acompaña. Tu Fer me dijo que andas con uno desde antes del divorcio.
—Fer exagera.
—Fer no exagera nada que no sea verdad.
Camila estuvo a punto de decirle que no, que Fer estaba inventando. Pero la cara de Inés cambió. La bruma se le apartó dos segundos, y por debajo de la bruma estaba el orgullo viejo de la abuela que ha esperado verla salir adelante toda la vida.
—Sí, abuela. Hay alguien. Pero es muy ocupado.
A Inés se le iluminó la cara.
—¿Cómo se llama?
—Damián.
—¿Es bueno?
—Es correcto.
—¿Cuándo lo traes?
—Mañana —dijo Camila—. Mañana lo traigo un ratito.
—Bien, mija. Bien.
Inés cerró los ojos. A los cinco minutos estaba dormida.
* * *
Camila salió al pasillo. Se sentó en una banca de plástico. Levantó el teléfono. Tecleó tres versiones del mensaje y borró dos.
> "Buenas tardes. Disculpe que escriba sin asunto urgente. Mi abuela está internada en la clínica San Diego, en la Narvarte, por una infección que está en control. Está delirando leve por la fiebre y, por confusión con un comentario de Fernanda, se le metió en la cabeza que tengo novio. Le mentí porque le hacía falta una alegría chica para pasar la noche. Le dije que se llamaba Damián. No tiene que hacer nada. Pero si algún día le queda paso por la Narvarte y puede asomar la cabeza dos minutos al cuarto, sería más que suficiente. Entiendo perfectamente si no puede. — Camila."
Apretó enviar. Se cubrió la cara con las dos manos diez segundos.
A los cuarenta y siete segundos, vibró.
> "Voy en camino."
Solo eso.
—Carajo —murmuró—. Carajo, carajo, carajo.
* * *
Damián llegó cincuenta minutos después.
Llevaba la misma corbata aflojada un dedo. En la mano, una bolsa de papel con un termo metálico y un paquete envuelto en celofán. Camila lo vio entrar.
—Gracias por venir.
—¿Cómo se llama tu abuela?
—Doña Inés Robles. Le dice "mija" a todo el mundo. No se asuste si lo nombra "mijo" en cinco minutos.
—No me asusto. ¿Qué traigo? Un caldo de pollo. Y una concha. Sabía que iba a estar internada y supuse que la comida del hospital no le iba a alegrar el día.
—¿Cómo supo que mi abuela come conchas?
—Las conchas son universales. Y tú compraste una para ti el día que te encontré en el parque del Oxxo de Insurgentes. Conmigo eres precisa con los datos hasta sin saberlo.
Camila se rio sin sonido. Después abrió la puerta del cuarto.
* * *
—Abuela. Te quiero presentar a alguien.
Inés abrió los ojos. Más despierta que antes. La fiebre había bajado dos décimas.
—¿Es él?
—Es él.
Damián entró sin titubear. Se acercó al borde de la cama. Inclinó la cabeza apenas. Habló con un usted que no era el del despacho. Era otro usted. Un usted de pueblo.
—Doña Inés. Soy Damián. Camila me ha hablado mucho de usted.
Inés lo midió de los zapatos a la coronilla.
—Acércate, mijo.
Damián se acercó.
—¿Eres bueno con ella?
—Estoy aprendiendo, doña Inés.
—Esa es una buena respuesta. La gente que ya sabe me da desconfianza. —Le tomó la mano—. Cuídala. Nadie la ha cuidado bien.
Damián se quedó quieto un segundo.
—Sí, doña Inés.
—Júrame.
—Se lo juro.
Inés cerró los ojos con paz. Le soltó la mano. Le hizo un gesto a Camila para que sacara la merienda. Damián se sentó en el sillón al lado de la cama sin pedir permiso.
Estuvieron veinte minutos así. Damián hablándole bajo a la abuela —de lo que había hecho ese día, cosas pequeñas, como si le contara a una tía—. Inés escuchando con los ojos entornados.
Cuando Inés se quedó dormida otra vez, salieron al pasillo.
* * *
—Gracias.
—No me agradezcas.
—Yo no espero nada de esto.
—Ya sé.
—Lo digo en serio.
—Yo también.
—Yo no le voy a deber otro favor.
—No me lo debes a mí. Se lo debes a tu abuela, que es otra cosa. Yo solo entregué el caldo.
Pausa.
—Pero entiendo —siguió Damián— que esto se va a ver como algo. Y entiendo que mañana o pasado tu abuela me va a llamar y me va a invitar a cenar. Cuando la den de alta, va a esperar verme en la sala. Para que tú no quedes en mal con ella, va a haber que sostenerlo un tiempo.
—Sí.
—Establezcamos términos. Solo amigos. Nada que comprometa a ninguno de los dos. Si tu abuela necesita verme, voy. Si yo necesito compañía en un evento de la empresa, te aviso con anticipación. Cuando ella esté bien, lo desarmamos. ¿Justo?
—¿Usted habla de todo como si fuera un contrato?
—Es más claro así.
—Trato.
—Trato.
Damián le tendió la mano. Camila la tomó. El apretón fue corto, formal, casi cómico para la cantidad de cosas que ya habían ocurrido entre los dos.
—Una cosa más —dijo Camila.
—Dime.
—Si en algún punto esto se va a complicar para ti —prensa, junta de socios, lo que sea—, me avisas antes. Yo desaparezco. Tu abuela y yo nos arreglamos con una mentira nueva.
—No se va a complicar.
—¿Cómo sabes?
—Porque ya pensé las primeras seis maneras en que se complicaría. Y ninguna me pareció suficiente para apagarlo.
Camila bajó los ojos un segundo. Subió.
—Está bien.
* * *
En el departamento, antes de acostarse, Camila le mandó un audio a Fer.
—Fer. Le mentí a mi abuela. Le dije que andaba con alguien. Adivina con quién.
Tres minutos después, Fer respondió con un audio de cinco segundos:
—¡Es que el universo, mija! ¡Es que el universo!
—No es lo que estás pensando.
—Cami. Claro que no, Cami.
Camila apagó la luz. Se acostó.
—Solo amigos —se repitió en voz baja—. Es un acuerdo perfectamente razonable. Limpio. Sin riesgos.
Lo repitió tres veces.
Lo creyó durante cuarenta y cinco minutos.
Después se quedó dormida.
Sin acordarse de apagar el teléfono.
A las dos cuarenta y dos de la madrugada, le entró un mensaje. La pantalla se iluminó un segundo y se apagó. Camila no lo vio.
El mensaje decía:
> "Buenas noches, Camila."