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Me casé con el papá de mi acosadora

Me casé con el papá de mi acosadora

Status: Terminada
Genre:CEO / Diferencia de edad / Ascenso de clase social / Casada con el millonario / Romance oscuro / Venganza por acoso / Completas
Popularitas:1k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

—Ve y acúsame con mi papá —se burló Daniela Solana después de humillarla una vez más.
Maite Guzmán hizo exactamente eso.
Con veintidós años, una beca que no podía perder y un celular lleno de pruebas, entró en la oficina del hombre más poderoso de Monterrey. Esperaba que Rodrigo Solana comprara su silencio. En cambio, él castigó a su propia hija, le dio de comer cuando Maite se desmayó de hambre y decidió que nadie volvería a tocarla.
Rodrigo tiene cuarenta y seis años, una fortuna de esas que abren cualquier puerta, una exesposa que todavía lo reclama y la costumbre de controlarlo todo. Maite es la compañera de universidad de su hija, viene de un rancho y no piensa deberle nada a ningún hombre.
Pero la gratitud se convierte en deseo. Las miradas clandestinas terminan detrás de una puerta cerrada, y el hombre más frío de Monterrey descubre que con Maite no sabe ser prudente: quiere protegerla en público, hacerla temblar en privado y convertirla en su esposa.
Daniela todavía no sabe que la becada a la que humilló duerme en la cama de su padre.
Cuando lo descubra, ya será demasiado tarde: Maite no será su víctima. Será su madrastra.

NovelToon tiene autorización de VivianMansano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14

Capítulo 14: Caldo y cubrebocas

Algún día.

Maite llevaba cuatro días con esas dos palabras metidas en el zapato como una piedrita: le molestaban y no se las quería sacar. Las traía todavía el martes a la una y media, en el cubículo de la maestra Rangel, mientras la maestra peleaba con un cajón que no cerraba.

—Aquí está. —Rangel le pasó el formato de prácticas—. Llénalo, pero no lo entregues sin la carta de aceptación de la empresa. Firmada y sellada. Sin eso, Servicios Escolares no te lo recibe. ¿Ya tienes lugar?

—Lo estoy pensando, maestra.

—Pues piénsalo rápido, que julio se viene encima. —Rangel volvió a pelear con el cajón—. A Daniela Solana ya la acomodaron, fíjate. En una planta. Desde abajo.

Maite dobló el formato en dos y no dijo nada.

Desde abajo. Como todo el mundo.

* * *

En vacaciones, el comedor de la Facultad era la mitad de ruido y la mitad de gente. Maite se sentó con su charola junto a la ventana: arroz, calabacitas, agua de horchata. Treinta y ocho pesos. Estaba llenando el formato con la pluma entre los dientes cuando oyó la voz de Karla en la mesa de al lado. Fuerte. Hecha para que se oyera.

—Dicen que la becada tiene sugar daddy.

Fer soltó una risita.

—Flores, ropa nueva… —Karla contaba con los dedos—. Y hasta chofer. Un sedán gris que la deja en la esquina. Fer lo vio.

—Yo lo vi —confirmó Fer.

En las mesas cercanas, diez o doce personas dejaron de masticar. Una muchacha de lentes bajó el celular. Dos de sexto se voltearon completos en la silla.

Maite se sacó la pluma de la boca. Se puso de pie con la charola en las manos, despacio, sin tirar el agua.

—¿Y a ti qué te importa con quién ando, Karla? —Lo dijo con la voz de pedir la cuenta—. ¿O qué, me vas a vetar de todas las escuelas del estado?

Alguien se rio. Luego otro.

—Y la ropa nueva es un vestido —agregó Maite—. De trescientos cuarenta y nueve pesos. Si quieres te paso la página.

Ahí sí, la mesa de los de sexto soltó la carcajada. Karla se puso roja desde el cuello hasta las orejas. Fer le jaló la manga para que se sentara, y Karla se sentó.

Maite dejó la charola en el carrito de los platos sucios y salió al sol con el formato bajo el brazo. Le temblaban tantito las rodillas. Tantito nada más.

* * *

Desde el viernes le había llegado un caldo distinto cada noche. De pollo, de res, un consomé con garbanzo. Siempre en el mismo termo de acero, siempre con el mandadero del casco.

El martes, el mensaje era otro.

A las nueve. Atrás de la biblioteca. Voy yo.

A las nueve menos cinco, Maite ya estaba en la banca de atrás de la biblioteca, la que daba al estacionamiento vacío. Las chicharras hacían un escándalo en los árboles. El aire todavía estaba caliente, pegajoso, como el de adentro de un carro.

A las nueve y dos apareció algo por el andador.

Era un hombre en un scooter eléctrico de esos que se rentan con el celular. Venía despacio, derecho, luego no tan derecho, luego frenando con los dos pies en el piso. Traía una gorra de los Sultanes hasta las cejas, cubrebocas azul y un termo de acero apretado contra el pecho con el brazo izquierdo, como si fuera un balón.

Se detuvo frente a ella. Se bajó con cuidado. Tenía la camisa pegada a la espalda.

Maite no supo si reírse o gritar.

—¿Tío?

—No grites.

—¿Qué… qué es eso?

—Un scooter. —Rodrigo se acomodó la gorra—. Dejé el carro a dos cuadras. Me tardé diez minutos en entender cómo se prendía.

Maite se dobló de la risa. Se rio hasta que tuvo que agacharse, en cuclillas junto a la banca, con las manos en las rodillas. Él esperó de pie, con el termo, sudando, muy digno.

—Soy el papá de una alumna, nena. Si me ven aquí contigo…

—Ya sé. Ya sé. —Se limpió las lágrimas—. Siéntate, por favor, antes de que te dé algo.

Se sentó. Le pasó el termo. Estaba caliente. Maite lo puso en su regazo y, sin pensarlo, le limpió la frente con la manga. Él cerró los ojos un segundo. Luego se bajó el cubrebocas.

Tenía la cara roja del calor y el pelo de las sienes mojado. Se veía cansado y contento, y más joven de lo que decía su credencial.

Maite no supo qué hacer con las manos. Así que se inclinó y le dio un beso en la mejilla. Chiquito. Rápido.

Rodrigo abrió los ojos. No se movió. La miró, nada más, esperando.

Ella asintió.

Entonces él le puso la mano detrás de la cabeza, despacio, como se sostiene algo que se puede tirar, y la besó. Sin prisa. Como si tuviera toda la noche y la estuviera usando entera.

Las chicharras siguieron gritando. El termo le calentaba las piernas. Él sabía a menta y un poquito a sal. A Maite se le olvidó dónde tenía las manos; las encontró después, agarradas de su camisa. Maite tenía veintidós años y nunca la habían besado, y durante un rato largo no pensó en nada, ni en Karla, ni en el formato, ni en las dos palabras de su zapato.

Cuando se separaron, Rodrigo dejó la frente pegada a la de ella.

—¿Estás bien?

—No sé. —Se rio, sin aire—. Creo que sí.

Él también se rio, bajito.

Se quedaron un rato así. Luego Maite desenroscó la tapa del termo y sirvió caldo de pollo, humeando, y se lo tomaron por turnos, en la misma tapa, como en el rancho.

—Tengo condiciones —dijo ella, con la tapa en las manos.

—Dime.

—Uno: en la UCN nadie sabe. Nadie.

—Nadie.

—Dos: tu camioneta no se para en la escuela. Nunca.

—Por eso el scooter.

—Tres. —Levantó tres dedos—. Yo sigo trabajando. Lo mío lo pago yo.

Rodrigo apretó la boca para no decir algo. No lo dijo.

—Tres —repitió.

—Cuatro: antes de arreglarme cualquier cosa, me avisas. Antes. No después.

Él lo pensó. Asintió.

—Y una mía.

—¿Cuál?

—Cuando estés lista… —le quitó un pelo de la cara—, todo el mundo.

Maite no contestó. Pero no dijo que no.

A las nueve y media él se volvió a subir al scooter. Se acomodó la gorra, se subió el cubrebocas, le dio a la palanca. El aparato arrancó de golpe, se fue de lado, y Rodrigo esquivó el poste de luz del andador por diez centímetros, con el brazo estirado como si fuera a abrazarlo.

—¡Estoy bien! —dijo, sin voltear.

Maite se tuvo que sentar otra vez en la banca. Se rio hasta que le salieron lágrimas. Lo vio irse, derecho, luego no tan derecho, hasta que dio la vuelta en la esquina de la biblioteca.

Se quedó ahí de pie, con el termo vacío contra el pecho y la boca todavía tibia.

A las nueve cuarenta, el celular le vibró en la bolsa del pantalón. Una notificación. Daniela Solana había subido una historia.

Todavía se estaba riendo cuando la abrió.

Fondo negro. Letras blancas.

Mi papá se va a casar con una z*rra que ni conozco. Ya la voy a encontrar.

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