Elara entregó su lealtad, su corazón y sus años más jóvenes a Marcos Moretti, el hombre que una vez juró protegerla. Pero cuando su hermanastra Mía encaprichó su vida entera —hasta el punto de usurpar su vestido de novia—, la crueldad de Marcos no conoció límites. Tras una brutal paliza ordenada por el hombre que amaba, Elara perdió en silencio al hijo que llevaba en el vientre y, con él, la última chispa de su amor. Lo único que quedó en su interior fue un frío y implacable deseo de venganza.
Un contrato de sangre. Una traición imperdonable. Y una venganza vestida de novia.
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capitulo 12
El olor a gardenias marchitas y a cera quemada impregnaba los pasillos de la mansión Moretti. Faltaban apenas veinticuatro horas para que el sol se levantara sobre la boda más sanguinaria y comentada de los últimos años en los bajos fondos. Las puertas y ventanas parecían exhalar un aire espeso, cargado con la tensión de una tregua armada que amenazaba con romperse al menor parpadeo.
Me encontraba de pie frente al enorme ventanal de mi habitación, contemplando la llovizna fina que empañaba los jardines oscuros. Llevaba puesta una ligera bata de encaje marfil, con el cabello suelto cayendo lacio sobre mis hombros, y los dedos de mi mano derecha sostenían una copa de vino tinto que apenas había probado. El líquido denso y oscuro reflejaba la tenue luz de la lámpara de la mesita de noche, brillando como una gota de sangre coagulada.
Unos nudillos golpearon la madera de la puerta con fuerza, sin esperar invitación. No me molesté en girar la cabeza. Sabía perfectamente quién era. El sonido pesado de esos pasos y la arrogancia contenida que emanaba de su presencia bastaban para identificarlo en cualquier rincón del mundo.
La puerta se abrió de par en par con un chirrido sordo. Marcos entró al dormitorio con las manos metidas en los bolsillos de sus pantalones de vestir, la camisa negra desabotonada en el cuello y el rostro esculpido en una mueca de fastidio y desdén absoluto. Sus ojos oscuros recorrieron la estancia con una suficiencia insufrible, deteniéndose finalmente en mi silueta recortada contra el cristal.
—Vaya, al fin te dignas a estar lista —comenzó Marcos con su voz ronca, cortante y cargada de una fría burla—. Veo que al menos tienes la decencia de no armar un escándalo de última hora, aunque conociendo tu historial reciente, nunca se sabe qué capricho infantil se te puede cruzar por la cabeza.
Giré lentamente el torso hacia él, sosteniendo la copa de vino entre mis dedos con total elegancia. Mi rostro era una máscara de mármol; ni un solo músculo de mis facciones delató el torbellino de odio helado que me quemaba las entrañas.
—¿Un capricho, Marcos? —le pregunté con un tono de voz tan suave y pausado que pareció desconcertarlo por una fracción de segundo—. Qué extraño término utilizas para describir el cumplimiento exacto de tus propios deseos y los de los patriarcas. ¿Acaso no era esto lo que querías desde el principio? Deshacerte de la mujer que te recordaba constantemente tus errores, la que te exigía lealtad en un mundo donde esa palabra no vale nada.
Marcos resopló con desprecio, dando un par de pasos hacia el centro de la habitación, invadiendo mi espacio con esa postura imponente de jefe intocable que solía intimidarme antaño. Ahora, viéndolo de cerca, solo podía percibir la patética fragilidad de un hombre ciego que caminaba directo al matadero creyendo que sostenía las riendas del mundo.
—No te hagas la víctima, Elara, que ese papel ya no te queda —espetó él, cruzando los brazos sobre su pecho musculoso con una suficiencia irritante—. Seamos sinceros de una buena vez. Lo que pasó entre nosotros... lo de aquella noche en el despacho, los arrebatos de culpa y los gritos... fueron debilidades de un momento de tensión extrema. Ambos sabemos que nuestra relación estaba muerta desde el mismo día en que decidiste meterte en callejones oscuros y buscar problemas que no podías manejar.
Di un paso al frente, acortando la distancia entre los dos, sin apartar mis ojos de los suyos. El contraste entre mi aparente fragilidad y la oscuridad que latía en mi mirada hizo que Marcos frunciera el ceño, sintiendo una punzada de incomodidad que intentó disimular hinchando el pecho.
—¿Debilidades, Marcos? —repetí con una sonrisa burlona y helada curvando la comisura de mis labios—. Qué fácil es llamar debilidad al desastre que tú mismo construiste ladrillo a ladrillo. Pero tienes razón en algo: ya no soy la idiota que creía en tus promesas de protección.
Marcos soltó una carcajada seca, desprovista de cualquier atisbo de humor, y se acercó aún más, inclinándose ligeramente hacia mí con una mezcla de arrogancia y desprecio mal disimulado.
—Mira, Elara, entiendo que te duela el orgullo —dijo bajando la voz, adoptando un tono de falsa condescendencia que me revolvió el estómago—. Mañana te irás de esta casa para unirte en matrimonio con el desconocido que el consejo designó en el último anexo. Sí, un hombre menor en la jerarquía de los cárteles del este, alguien sin el poder absoluto que yo poseo, un peón secundario en el tablero. Pero es tu boleto de salida, y el mío también. Así que te aconsejo que te quedes en tu sitio, que bajes la cabeza y aceptes tu nuevo papel de esposa sumisa en alguna finca apartada de la ciudad.
Un escalofrío de pura satisfacción recorrió mi columna vertebral. Un peón secundario. Eso era lo que Marcos creía. En su soberbia ciega, en su absoluta falta de atención a los detalles legales y a los movimientos reales del tablero de ajedrez mafioso, jamás se había tomado la molestia de verificar las cláusulas que yo misma había reescrito de puño y letra sobre su propio escritorio. Creía que me estaba exiliando con un don nadie, cuando en realidad me estaba entregando las llaves del reino y la sentencia de muerte firmada para todo su clan.
—¿Un peón secundario, Marcos? —repetí saboreando cada palabra como si fuera el manjar más exquisito, mientras mis ojos brillaban con una intensidad oscura y peligrosa—. Qué pequeño y limitado es tu horizonte mental. Crees que controlas cada ficha, crees que el mundo se rige por lo que dictan tus caprichos y tus alianzas a medias... Pero te aseguro que te vas a llevar una sorpresa tan grande que ni todo el oro de los Moretti podrá comprar tu perdón.
La seguridad de Marcos flaqueó por una milésima de segundo ante la frialdad de mis palabras. Sus ojos oscuros se abrieron un poco más, analizando mi expresión con una mezcla de desconcierto y una creciente, aunque negada, inquietud.
—¿De qué hablas? ¿Qué clase de juegos mentales estás intentando jugar ahora antes de largarte? —preguntó con voz más áspera, dando un paso amenazante hacia mí, sintiendo que el control de la situación se le escurría entre los dedos.
En lugar de responder con palabras, dejé caer la copa de vino al suelo. El cristal estalló en mil pedazos contra la alfombra persa, salpicando el borde de mis pies con gotas rojas que asemejaban pequeños charcos de sangre. El sonido seco del impacto rompió la tensión del ambiente como un latigazo.
Antes de que él pudiera reaccionar, di un paso rápido hacia adelante, cerrando el espacio que nos separaba, y alcé las manos para posarlas firmemente sobre las solapas de su camisa. Mis dedos se aferraron a la tela con una fuerza inesperada, tirando de él hacia mí con una violencia contenida que lo dejó completamente descolocado.
—No estoy jugando a nada, Marcos —le susurré al oído, con una voz tan suave, tan helada y tan cargada de veneno puro que hizo que la respiración se le cortara en seco—. Disfruta de tus últimas horas en esta mansión. Disfruta de tus delirios de grandeza, de tu dinero y de tu falso poder. Porque mañana, cuando cruce las puertas de esta casa rumbo a mi nuevo destino, el imperio que tanto te costó robar y mantener empezará a desmoronarse pedazo a pedazo desde sus cimientos. Y tú serás el único responsable de haber cavado tu propia tumba.
Marcos se quedó petrificado. El perfume de mi piel, la cercanía de mi cuerpo y el fuego helado que destilaba mi mirada crearon una atmósfera densa, asfixiante, magnética y letal. Una extraña y perversa corriente de deseo oscuro y desesperado estalló de golpe bajo la superficie de su arrogancia, chocando violentamente contra el terror irracional que acababa de sembrar en su pecho.
—Maldita sea, Elara... —gruñó él en un susurro ronco, perdiendo el control de sus propias defensas, y con un movimiento brusco y hambriento me agarró de la cintura, estrellando sus labios contra los míos en un beso salvaje, áspero y desesperado.
El mundo a nuestro alrededor desapareció. El odio y la pasión colisionaron de nuevo como dos trenes desbocados en medio de la noche. Respondí a su ataque con la misma fiereza implacable, clavando las uñas en sus hombros, mordiéndole el labio inferior hasta saborear el rastro metálico de la sangre. Sus manos grandes y fuertes recorrieron mi cuerpo con furia, arrancando los tirantes de mi bata de encaje y dejando mi piel al descubierto bajo la luz ámbar de la lámpara.
Entre jadeos rotos, respiraciones aceleradas y un frenesí de manos y cuerpos que buscaban destruirse mutuamente, nos dejamos arrastrar hacia el abismo de la cama. Cada embestida de Marcos era un intento desesperado por poseerme, por marcarme a fuego una última vez antes de la tragedia, por suplicar en silencio que no me fuera. Y cada contracción de mis músculos, cada mirada cargada de un odio absoluto que le clavaba en medio del clímax, era la confirmación de que me estaba entregando a él por última vez únicamente para arrancarle el alma y dejarlo completamente hueco.
—Eres mía... aunque el mundo arda, sigues siendo mía —bramó él al borde del colapso, alcanzando el punto álgido del frenesí con un rugido ahogado contra mi cuello.
—Ya no soy de nadie, Marcos... —le susurré al oído con una sonrisa triunfante y helada justo en el momento en que su cuerpo se derrumbaba agotado sobre el mío—. Mañana serás un hombre muerto caminando.
Cuando la madrugada terminó por devorar las sombras y Marcos cayó en un sueño pesado y abrumado por el agotamiento, me deslicé suavemente de entre sus brazos. Me puse de pie, me acomodé el vestido, recogí mis maletas y miré por última vez al hombre que un día creí amar. El escenario estaba listo. La trampa iba a cerrarse por fin.