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Me casé con el papá de mi ex

Me casé con el papá de mi ex

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Mujer poderosa / Amor a primera vista / Casada Con Mi Ex's Familiar / Completas
Popularitas:2.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Vivi

Después de encontrar a Emilio con Paola en la habitación 1208, Ximena no quiere volver a saber de ninguno de los dos. Por eso le sorprende que, al día siguiente, Leonardo Aldama —el padre de Emilio— aparezca para disculparse. No intenta justificar a su hijo. Solo le dice que no la merecía.
Ximena tiene veintiséis años y una vida que se ha construido sola. Leonardo, cuarenta, enviudó hace años y está acostumbrado a resolverlo todo. Con ella aprende a esperar: primero un café, luego otro; una llamada que se alarga y un beso que ninguno sabe cómo explicar.
Emilio sigue siendo parte de sus vidas, y Ximena no piensa hacerse pequeña para encajar en la familia Aldama. Pero cada vez le cuesta más fingir que Leonardo es solo el padre de su ex.

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Capítulo 8

Capítulo 8: Despacio se llega lejos

La campanita de la puerta sonó justo cuando Sebastián terminó la frase, y a Ximena le pareció que todo el café se había quedado esperando qué iba a contestar ella.

No contestó. Estaba mirando la puerta.

Leonardo Aldama acababa de entrar. Traje oscuro, sin corbata, las llaves del carro todavía en la mano. Se detuvo un segundo en el umbral, como quien busca mesa, y sus ojos llegaron a la de ella y se quedaron ahí.

¿Qué hacía él en Coyoacán un jueves a las seis y media?

Treinta y ocho minutos antes, Ximena había llegado a Tres Aguas con un libro sobre contratos matrimoniales en la Nueva España y la intención de salir en una hora. La tía le había dado el nombre, la hora y una sola instrucción: Sé amable, mija, es un Sepúlveda.

Había traído el carro porque pensaba ir a casa de la tía al terminar, a rendir cuentas.

Pidió un americano y se puso a leer. En el margen de una página, con lápiz, había escrito hacía meses: ¿El matrimonio es solo intercambio de recursos? Se quedó mirando su propia letra hasta que la puerta sonó a las 18:13.

—Diez minutos nada más —dijo Sebastián Sepúlveda al sentarse, sin saludar—. El tráfico en Santa Fe es un infierno.

Fueron trece. No lo corrigió.

Él llamó a la mesera y pidió dos lattes sin preguntarle. Ximena miró su americano a medio tomar y dejó que le pusieran el latte al lado.

Luego él habló. De Londres, donde había estudiado. De su marca de ropa, que vendía en una tienda de la Roma. De su equipo de videojuegos, que había quedado tercero en algo. Ximena asentía cada tanto. Al cuarto de hora, sin transición, él empezó a hablar de Bianca.

Ocho años. La había conocido a los veintitrés, la había seguido de una ciudad a otra, y ella se había ido a vivir fuera y le había dicho que no, definitivamente, en un mensaje de voz de cuarenta segundos. Sus papás lo habían obligado a venir hoy.

—Así que pensé, ¿no? —Sebastián se recargó en la silla—. A lo mejor lo que necesito es alguien que entienda. Alguien a quien también le haya ido mal. Tú también te quedaste sola, ¿no? Por algo estás aquí.

Ximena cerró el libro con un dedo entre las páginas.

—Quieres una sustituta emocional. —Lo dijo sin subir la voz, como si corrigiera un ensayo—. No te dolió que te dejaran. Te dolió perder.

A él se le fue poniendo roja la cara desde el cuello.

—¿Quién te crees, una santa?

Y entonces sonó la campanita.

Leonardo cruzó el café sin prisa y se detuvo junto a la mesa. No la miró a ella primero. Miró a Sebastián.

Sebastián se puso de pie tan rápido que la silla chirrió contra el piso y la cucharita de su latte cayó al suelo.

—Leo… digo, señor Aldama. —Se pasó la mano por el pelo—. No sabía que usted…

—Sebastián. —Leonardo tenía las manos en los bolsillos—. Tu historia de amor no le interesa a nadie. Tu hermano tiene razón contigo.

En la mesa de junto, una pareja de señores mayores dejó de revolver su café. El señor negó con la cabeza, despacio. Tres estudiantes con laptops junto a la barra fingían escribir y no escribían nada.

—Yo solo estaba…

—Estabas faltándole al respeto a la doctora Oropeza. Delante de todos. —Leonardo no subió la voz—. Pídele una disculpa.

Sebastián abrió la boca. Miró a los estudiantes, a los señores, a la barra. Luego a Ximena.

—Perdón, Ximena. No debí decirte eso.

—Está bien —dijo ella—. Que te vaya bien, Sebastián.

Él agarró su chamarra del respaldo, dejó un billete sobre la mesa sin contarlo y salió. En la puerta se golpeó el hombro con el marco. La muchacha de la barra se dio la vuelta hacia la cafetera y le temblaron los hombros.

Ximena soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.

—¿Me puedo sentar? —preguntó Leonardo.

—Ya lo corriste. Te toca ocupar la silla.

Él se sentó. Miró los dos lattes intactos y el americano frío al lado.

—¿Qué tomas tú?

—Americano.

Levantó la mano hacia la barra. Pidió dos americanos, uno para llevar.

—¿Y tú qué haces aquí? —preguntó ella.

—Vine por un café.

Ximena miró el vaso de cartón que la muchacha le dejó enfrente a él, con tapa y todo. No dijo nada.

Él le contó que conocía a Andrés desde la universidad, que las dos familias llevaban veinte años haciendo negocios, que a Sebastián lo había visto de niño llorar porque le quitaban un balón.

—No ha cambiado mucho —dijo ella.

—No. —Él giró el vaso para llevar sobre la mesa, sin destaparlo—. ¿Tienes prisa por casarte?

—¿Yo? —Casi se ríe—. Es cosa de mi tía. Ella organiza, yo me presento, sonrío, y le digo que no hubo química. No quiero casarme por casarme.

—Haces bien. —Él miró hacia la ventana—. Muchos hombres creen que dar un poquito es un regalo enorme. Y muchas mujeres terminan entregando el corazón entero por eso.

Ximena se quedó con la taza a medio camino.

No lo decía por Sebastián. Tampoco por Emilio, o no solo. Lo decía como algo que había visto muchas veces y que no le gustaba.

Se dio cuenta de que era la tercera vez que lo veía. La biblioteca, la academia con la comida después, y esto. El elevador no contaba; eso había sido un segundo. Tres veces.

Y estaba sentada frente a él como frente a alguien que conocía de hacía años, con los hombros sueltos, sin buscar qué decir.

Si no fuera el papá de Emilio…

Le dio un trago largo al café, que le quemó la lengua. Ya. No.

—¿Y tú vives por aquí? —preguntó él.

—En Higuera. Arriba de una librería de viejo. —Sonrió sin querer—. Es lo más cerca que he estado de ser rica: vivir encima de libros.

—Dicen que el papel viejo huele a vainilla.

—A vainilla y a humedad. Y a gato del vecino.

Él se rio. Esa risa corta, por la nariz, que ya le había oído en la fonda.

A las siete y media se levantaron. Él pagó los americanos antes de que ella pudiera discutirlo y la miró como diciendo esta vez no. Ella lo dejó pasar. En la banqueta ya estaba oscuro y hacía frío de octubre. Su carro estaba a unos metros, bajo un fresno.

Él se detuvo junto a ella. Dudó. Ximena no sabía que ese hombre podía dudar.

—¿Te puedo pedir tu número?

—¿Tu asistente no lo tiene ya?

—Él sí. —La miró directo—. Yo no. Quiero que me lo des tú.

Ximena sacó el celular. Se lo dictó despacio, número por número, y él lo marcó para que el suyo sonara en su bolsa. Luego se despidió con un gesto de la cabeza y caminó hacia su carro, con el café para llevar en la mano, todavía lleno.

Ella se subió al suyo. No encendió el motor.

Abrió WhatsApp y guardó el número. Leonardo Aldama. La foto de perfil no era una foto. Era un fondo negro con unas letras blancas, pequeñas, en el centro.

Despacio se llega lejos.

Ximena se quedó mirando la pantalla hasta que se apagó sola. La prendió otra vez.

En el retrovisor, vio que estaba sonriendo. No supo por qué.

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