Elías tiene 19 años. Pospone la universidad por la muerte de su hermana y se va a Moonvale a trabajar de bibliotecario de día y mesero de noche.
Una noche encuentra dos bebés abandonados en la biblioteca. Nadie los reclama. Si los deja, irán a un orfanato. Decide criarlos como suyos.
Lo que no sabe es que Lyra y Milo no son normales. Crecen muy rápido, aúllan a la luna y sus ojos brillan como lobos. Son hombres lobo, los últimos Alfa.
Ahora tiene que comprar una cabaña en el bosque, aprender a ser papá lobo, protegerlos de los cazadores del pueblo y no enamorarse del veterinario que le está ayudando a criarlos.
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CAPÍTULO 7 - Calcetines de lobo
El problema no fue la comida. El problema fue la ropa.
Lyra y Milo crecían rápido. Demasiado rápido para guaguas de ocho meses. En una semana les quedaban chicos los pijamas que Marta había tejido. Y no era solo altura. Eran las uñas.
Les cortaba las uñas cada dos días, pero les crecían gruesas, oscuras, con punta. Milo rompía los calcetines al gatear. Lyra rasgaba los pantalones cuando se sentaba.
Fui a la única tienda de ropa de Moonvale. La atiende la señora Sonia, que es prima de la alcaldesa y tiene opinión sobre todo.
—Elías —dijo cuando entré con las mochilas—. Qué milagro verte sin cara de dormido.
Tenía el cabello atado con una goma nueva que me dio Silas, más gruesa, que no me dejaba pelitos sueltos. Aun así Sonia me miró el moño como si fuera una falta.
—¿Qué necesitas?
—Ropa para ellos —dije—. Algo resistente. Rompen todo.
Sonia sacó un par de buzos pequeños.
—Esto es lo más grueso que tengo. Pero son caros. Tres mil cada uno.
Solo tenía dos mil de lo que me pagó Don Héctor por arreglar libros.
—¿No tiene algo usado? —pregunté.
—Tengo ropa de mi nieto —dijo—. Pero no es para guaguas así. Tus niños son raros, Elías. Gatean raro, miran raro.
En la tienda Sonia tenía espejo grande. Me vi reflejado con las dos mochilas, el moño alto y Lyra sacando orejas. Parecía portada de revista rara. Entendí por qué la gente habla.
Milo, en ese momento, se puso en cuatro patas dentro de la mochila y arañó mi espalda. Lyra lo imitó.
—Mamá, pica —dijo Lyra, rascándose la cabeza. Su gorro tejido salió volando y se vieron sus orejitas puntiagudas asomando entre mi cabello castaño.
Sonia abrió los ojos.
—¡Ay! —dijo—. ¿Qué es eso? ¿Tienen orejas de duende?
Me apresuré a taparle la cabeza a Lyra con la mano.
—Es una condición —dije rápido—. Ya le expliqué a la alcaldesa.
—Condición o no, esa ropa no te va a durar —dijo Sonia—. Mejor que Silas te haga algo con cuero. Él sabe.
Salí sin comprar nada. Afuera hacía viento. Me senté en la banca frente a El Ciervo con Lyra llorando porque le picaba la cabeza y Milo con un pie sin calcetín.
—Mamá, no pica —le dije a Lyra, rascándole suave donde nacía el pelo de lobo—. Ya te hago otro gorro.
—Papá —intenté corregir, flojo, sin ganas—. Di papá.
—Mamá —repitió ella, con esa ternura que me desarmaba. Me abrazó el cuello y me dejó baba en el moño.
Silas pasó justo con una caja de vacunas para perros. Me vio y se detuvo.
—¿Qué pasó? —preguntó.
—Ropa —dije—. Rompen todo y no tengo plata y Sonia me miró como si fuera disfraz.
Silas dejó la caja en el suelo.
—Ven a mi cabaña esta tarde. Tengo piel de ciervo que ya no uso. Te enseño a hacer calcetines que no rompan.
—Yo no sé coser.
—Yo sí —dijo—. Mi abuela me enseñó a coser cuero cuando tenía diez. Y no me vengas con que no puedes porque tienes pelo largo.
A las cuatro fuimos. Lyra y Milo gateaban por la cabaña mientras Silas sacaba un rollo de cuero suave, marrón claro, y unas tijeras grandes.
Me sentó a su lado en el suelo y me pasó una aguja gruesa.
—Mira —dijo—. Cortas así, en forma de pata. Dejas espacio para la uña. No aprietas.
Me guiaba las manos. Su mano encima de la mía. Tenía la piel caliente. Yo con el moño alto intentando no distraerme.
—Así —decía—. Ahora pasa el hilo. Tira.
Hicimos dos pares. Quedaron feos, chuecos, pero gruesos. Se los probé a Milo. No los rompió al pararse.
Lyra se puso a correr en cuatro patas alrededor de la mesa. Ya no gateaba, corría. Con manos y pies, rápida, riendo.
—Mamá, mira —gritó, dando una vuelta completa.
—Te dije que no corran así en la casa —le dije, riendo también—. Pareces loba.
—Soy loba —dijo ella, orgullosa.
—Y yo qué soy —pregunté.
—Mamá loba —contestó, sin dudar.
Silas se rió y me miró.
—Te queda bien ese título —dijo—. Mejor que bibliotecario con moño.
Esa noche volvimos a la biblioteca con los calcetines de cuero puestos. Pasamos por El Ciervo y Don Héctor nos vio.
—Mira esos calcetines —dijo—. Parecen de oso.
—Son de ciervo —dije—. Los hizo Silas.
—Y tú —dijo Don Héctor, mirando mi moño—. Cada día te ves más... distinto. No te ofendas, pero en mi tiempo los hombres no usaban moño.
—En su tiempo tampoco había niños con ojos amarillos —contesté, más seco de lo que quería—. Y acá estamos.
Don Héctor se quedó callado. Luego dijo:
—Tienes razón. Perdona. Es que me cuesta acostumbrarme.
Silas, que venía detrás con pan, escuchó.
—Don Héctor, si le va a decir algo a Elías por su pelo, dígamelo a mí también —dijo—. Porque yo le enseñé a hacerse ese moño y a coser esos calcetines. Si le parece raro, también soy raro.
Don Héctor levantó las manos.
—Ya, ya, veterinario, no te enojes. Solo decía.
Entramos a la biblioteca. Les quité los calcetines a Lyra y Milo para dormir y vi que tenían las plantas rosadas, sin heridas. Por primera vez en días no tenían los pies lastimados.
Los acosté en la caja.
—Mamá, cuento —pidió Lyra.
—Papá cuento —corregí por costumbre.
—Mamá cuento —repitió, con ternura, acurrucándose contra mi pecho y jugando con mi moño.
Les conté la historia de dos lobitos que rompían todos los calcetines del mundo hasta que su mamá loba aprendió a hacer unos de cuero que no se rompían.
Se durmieron a la mitad del cuento.
Me quedé con la aguja en la mano y el cuero en la mesa, con el moño firme que me hizo Silas y que no se había soltado en todo el día largo.
Por primera vez sentí que sabía hacer algo realmente útil con las manos, además de atarme el pelo castaño.