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Renzo Vittorino, El Jefe De La Mafia Búlgara

Renzo Vittorino, El Jefe De La Mafia Búlgara

Status: Terminada
Genre:Acción / Mafia / Venderse para pagar una deuda / Romance oscuro / Completas
Popularitas:740
Nilai: 5
nombre de autor: Rosi araujo

Renzo Vittorino no es solo un líder; es la encarnación de la ley dentro de la mafia búlgara. Conocido por su frialdad quirúrgica y un código de honor inquebrantable, gobierna mediante el miedo y la eficiencia. Para Renzo, las mujeres siempre han sido accesorios temporales o herramientas políticas; nunca ha permitido que nadie interfiera en sus decisiones, manteniendo un control absoluto.
Al rastrear a un antiguo rival que le debe una suma astronómica, Renzo se enfrenta a una situación que desafía incluso su visión pragmática del mundo. Sin dinero ni bienes, el deudor ofrece su última “mercancía”: una joven mantenida cautiva en el sótano de una casa oscura.

NovelToon tiene autorización de Rosi araujo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14

El silencio que siguió a la salida de Renzo no era el silencio opresor y mohoso del sótano de Mikhail. Era un silencio vasto, purificado por el aroma de cera de madera cara y por el sistema de filtración de aire del ático.

Aurora despertó no con un grito o una patada en la puerta, sino con la vibración rítmica del aparato al lado de su cabeza.

Ella tanteó el aire, el corazón disparado por la súbita ausencia del calor constante de Renzo a su lado. Sus dedos encontraron el dispositivo de metal frío exactamente donde la voz de él prometiera que estaría

a diez centímetros del borde. Al tocar la pantalla, la grabación se disparó. La voz de Renzo, ronca por el sueño reciente, pero cargada de aquella autoridad inquebrantable, llenó la habitación.

"Despierta, Aurora. He salido a trabajar, pero no estás sola...

Ella escuchó el mensaje una, dos, cinco veces. La voz de él era su hilo de Ariadna en el laberinto de la oscuridad. Cada instrucción era un ancla.

"Gira a la izquierda", "doce pasos", "no tengas miedo".

Aurora se sentó en la cama, los pies hundiéndose en la alfombra de seda. Por primera vez en doce años, ella no estaba esperando que alguien viniera a buscarla; ella estaba siendo invitada a moverse por voluntad propia.

El primer desafío fue el baño. El trayecto que parecía simple con la mano de Renzo en su hombro se convirtió en una odisea solitaria. Ella se levantó, las piernas aún temblorosas por los entrenamientos intensos del día anterior.

Aurora— Uno... dos... tres...

ella susurraba, la voz pequeña resonando en las paredes altas. La cuenta era su única brújula. A los doce pasos, su mano extendida encontró el pomo frío y pesado.

Un suspiro de alivio escapó de sus labios. Dentro del baño, el olor a sándalo y jabón caro la envolvió, una extensión de la presencia de Renzo.

Ella se lavó con el agua tibia, sintiendo la textura de la esponja en la piel, recordando cómo las manos de él habían guiado las de ella en el baño.

Ella se sentía limpia, no solo en la piel, sino en el alma. La "niña del sótano" estaba siendo lavada, capa por capa.

Al salir del baño, la verdadera prueba comenzó.

La habitación de Renzo era inmensa, pero la sala de estar era un océano de espacio abierto.

Aurora— Derecha. El pasillo es largo

ella memorizó. Aurora caminó pegada a la pared, la punta de los dedos rozando el papel tapiz texturizado. Era su punto de contacto con la realidad.

Diecisiete pasos. El aire cambió. El pasillo estrecho dio lugar a la vastedad de la sala de estar. Allí, el sonido ya no rebotaba tan rápido; el eco era más profundo.

Ella se detuvo, sintiendo el vértigo de la ceguera. En medio de aquella sala, sin nada para tocar, ella se sentía pequeña, un punto perdido en un mapa en blanco.

El pánico amenazó con subir por su garganta. La oscuridad parecía pesar toneladas. Pero entonces, ella cerró los ojos, un gesto irónico para quien ya no veía, y se concentró en los otros sentidos, exactamente como Renzo le había enseñado.

Primero, vino el tacto térmico. A su izquierda, una caricia tibia alcanzó su rostro. Era el sol de la mañana atravesando los vidrios blindados del balcón.

El calor era su punto cardinal: Oeste.

Después, vino la audición. El zumbido casi imperceptible de la nevera y el sonido rítmico de un reloj de péndulo a lo lejos. Norte.

Por último, el olfato. El aroma de café fresco y algo dulce, tal vez vainilla y canela, flotaba en el aire, guiado por la corriente de aire del sistema de ventilación. Este.

La cocina estaba allí. Aurora se despegó de la seguridad de la pared. El mármol bajo sus pies estaba frío, una sensación que la ayudaba a mantener el foco.

Aurora— Cuatro... cinco... seis pasos...

Ella se detuvo. Por el cálculo mental, el sillón de cuero debía estar frente a ella. Ella extendió la mano y sintió el material suave. Una sonrisa de triunfo iluminó su rostro.

Ella sorteó el obstáculo con la gracia que Renzo estaba esculpiendo en ella. Diez pasos más. El olor a café se hizo dominante.

Sus manos encontraron la encimera de granito, una superficie sólida y real. Ella lo había logrado. Ella había atravesado la sala más lujosa de Sofía sin la ayuda de nadie, guiada solo por la voz de un hombre que la llamaba suya.

Sobre la encimera, ella tanteó una bandeja de plata. Había una taza de cerámica fina, aún emitiendo un calor reconfortante. Ella encontró un tazón con frutas, ella podía sentir el perfume del melón y el toque aterciopelado de los melocotones.

También había un papel. Sus yemas de los dedos encontraron ranuras profundas, hechas propositalmente con la punta de una pluma o un cuchillo por Renzo, para que ella pudiera "leer" con el tacto.

Eran líneas simples, pero para ella, eran poemas de posesión. Él había dibujado un pequeño círculo con un punto en medio, el símbolo que él dijera representar el "ojo" que él sería para ella.

Aurora se sentó en el taburete alto, saboreando el jugo de naranja. La frescura ácida de la fruta era una explosión de realidad. Ella pensó en Mikhail, en el olor a moho, en la comida podrida tirada en el suelo.

La diferencia era tan brutal que ella sintió ganas de llorar, pero contuvo las lágrimas. A Renzo no le gustaba la debilidad; él quería una loba.

Ella pasó el resto de la mañana explorando la cocina. Abrió cajones, sintió el peso de los cubiertos de plata, decoró la posición de cada vaso. Ella estaba demarcando su territorio.

Ella ya no era una huésped o una prisionera; ella estaba aprendiendo a ser la dueña de aquella casa mientras el maestro estuviera fuera.

Conforme las horas pasaban, Aurora volvió a la sala de estar. Ella encontró el sistema de sonido que Renzo había configurado con comandos de voz simples, como él explicara en la grabación.

Aurora— Música

ella dijo, la voz aún vacilante. El sistema respondió con una melodía de cuerdas suave, llenando el vacío del ático. Ella se acostó en el sofá de terciopelo, dejando que la música la lavara.

Ella comenzó a pensar en lo que Renzo había dicho sobre su apariencia. Pelirroja. Ojos verdes. Largo cabello. Ella pasó la mano por los mechones, sintiendo la extensión que llegaba a su cintura. Por primera vez, ella se sintió bonita, no porque se veía, sino porque él la veía.

La soledad de la tarde no era aterradora. Era un espacio para ella procesar todo lo que había cambiado en tan pocos días. Ella era la mercancía de cinco millones de dólares que se había convertido en el proyecto personal del hombre más temido de la ciudad.

Ella imaginó a Renzo en su oficina, comandando hombres, decidiendo destinos, exhalando aquel poder que hacía a todos temblar. Y, sin embargo, aquel mismo hombre había gastado tiempo configurando un celular para que ella no se perdiera en el camino hacia el café.

La dependencia de ella era la fuerza de él, y la fuerza de él era la libertad de ella. Era un trueque sombrío y bello. Cuando el sol comenzó a bajar y el calor en su rostro disminuyó, Aurora se levantó.

Ella no volvió a la habitación para esperarlo como una muñeca de porcelana. Ella se quedó en la sala, cerca de la puerta de entrada, contando los pasos de vuelta.

Ella quería que, cuando Renzo abriera aquella puerta, él la encontrara de pie, en medio de la sala, sin tantear las paredes. Ella quería mostrarle a su dueño que la semilla de fuerza que él había plantado estaba comenzando a romper la cáscara.

Aurora estaba en la oscuridad, sí. Pero aquella tarde, sola en el ático, ella percibió que la ceguera era solo un detalle. Ella tenía un mapa, tenía un guía y, por primera vez en la vida, tenía un nombre que no era solo un número en una deuda.

Ella era la Aurora de Renzo Vittorino. Y ella estaba lista para lo que sea que la luz, o la sombra, trajera a continuación.

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