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EL ARTE DE AUTO DESTRUIRNOS

EL ARTE DE AUTO DESTRUIRNOS

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Embarazo no planeado / Posesivo
Popularitas:467
Nilai: 5
nombre de autor: Paula_noches de tintas

⚠️ Advertencia: Esta no es una historia de amor tradicional. Aquí no hay príncipes azules, ni finales color de rosa, ni relaciones sanas.

Si buscas un romance tranquilo, este libro no es para ti. Pero si te encantan las historias llenas de tensión palpable, celos enfermizos, orgullo inquebrantable, peleas verbales que queman y una química tan intensa que duele, bienvenida al caos.

Dicen que de los amores sanos se escriben libros bonitos, pero de los tóxicos, adictivos y destructivos nacen las mejores tragedias.

Liam Black y Zoé Miller tienen un acuerdo tácito: mantenerse a kilómetros de distancia. Separados son una bomba de tiempo a punto de estallar, dos almas intentando fingir que el otro ya no importa. Pero juntos... juntos son un campo de minas.

Se odian con la misma intensidad con la que se necesitan. Cada reencuentro es una guerra de orgullo, reproches y miradas que queman, terminando siempre en el mismo abismo del que juraron escapar.

NovelToon tiene autorización de Paula_noches de tintas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Vicio sin testigos

La sorpresa llegó durante la cena del viernes, mis padres llevaban semanas cuchicheando en secreto sobre un folleto de viajes que descansaba en la mesa del comedor, pero fue mi madre quien soltó la bomba mientras servía el postre.

-Hija, al final nos decidimos -anunció con una sonrisa radiante, mirando a mi padre con complicidad-. Compramos los pasajes. El próximo martes nos vamos de viaje; un crucero por el Mediterráneo de siete días. Necesitamos un respiro los dos solos.

Casi me atraganto con el sorbo de agua. Intenté mantener una expresión de moderada sorpresa y falsa pena filial, pero por dentro, una descarga de electricidad pura me recorrió de arriba abajo. Casa sola. Siete días enteros sin control parental, sin tener que fingir que era la hija única perfecta y estudiosa, y, sobre todo, con la puerta abierta de par en par para lo que fuera que Liam y yo decidiéramos hacer.

-Vaya... ¿un crucero? No me lo esperaba -atiné a decir, fingiendo un puchero que duró exactamente dos segundos.

-Así es. Confiamos en ti, Zoé. Tienes edad suficiente para quedarte a cargo de la casa, pero por favor, compórtate. Nada de fiestas ni escándalos -advirtió mi padre con esa seriedad paternal que ya me importaba muy poco.

Apenas terminó la cena, me encerré en mi habitación, saqué el teléfono y le mandé un mensaje directo a Liam sin pensarlo dos veces: "Mis padres se van a un crucero por el Mediterráneo. Casa sola por siete días. No acepto un no por respuesta, Black".

La respuesta de Liam no tardó ni treinta segundos en iluminar la pantalla: "Guarda fuerzas, Zoé. Porque no te voy a dejar salir de esa cama en toda la semana".

El fin de semana transcurrió en una especie de cuenta regresiva febril. El martes por la mañana, ayudé a mis padres a subir las maletas al taxi que los llevaría al aeropuerto. En cuanto el auto dobló la esquina de la calle y las luces de freno se perdieron a lo lejos, sentí que una libertad salvaje, peligrosa y embriagadora se apoderaba de mí.

Cerré la puerta principal con llave, eché el cerrojo de seguridad y caminé por la sala vacía sintiendo el eco de mis propios pasos. Al ser hija única, el silencio que cayó sobre la casa fue absoluto, pesado. Ya no había paredes delgadas, ni voces al otro lado del umbral, ni el pánico constante a ser descubiertos. Todo ese espacio era nuestro territorio ahora.

No tuve que esperar mucho para comprobarlo. Cerca de las ocho de la noche, un golpe seco y autoritario resonó en la madera de la entrada.

Abrí de inmediato. Liam estaba allí, apoyado en el dintel con una bolsa de lona al hombro y los ojos oscuros brillando con esa intensidad posesiva y hambrienta que ya conocía de memoria. No dijo una sola palabra de saludo. Entró de un empujón, me arrastró contra la puerta cerrada y me atrapó en un beso áspero, desesperado y voraz, mientras su mano libre hacía girar el cerrojo a nuestras espaldas, sellando nuestro encierro.

El beso no tardó en volverse caótico, una mezcla de hambre atrasada y la adrenalina de saber que, por primera vez, no teníamos que susurrar ni cuidar las apariencias. Las manos de Liam abandonaron mi cintura para enredarse con fuerza en mi cabello, tirando de mi cabeza hacia atrás para exponer mi cuello, mientras sus labios devoraban la piel con una urgencia que me hizo arquear las rodillas.

-Mierda, Zoé... Siete días -murmuró contra mi garganta, con la voz ronca y pesada, como si el simple hecho de pronunciarlo fuera una condena que estaba dispuesto a cumplir a rajatabla-. Siete días enteros sin que nadie nos interrumpa.

-A ver si tienes el valor de aguantar el ritmo, Black -le reté con una media sonrisa desafiante, pegando aún más mi pelvis a la suya para que notara cómo le respondía el cuerpo.

Liam soltó un gruñido bajo, una mezcla de risa oscura y desesperación. Sin darme un segundo para respirar, me levantó en vilo con una facilidad pasmosa, rodeando mis muslos con sus brazos mientras yo pasaba las piernas alrededor de su cintura y le clavaba los dedos en los hombros. Me llevó a rastras desde la entrada hasta el sofá de la sala, donde me dejó caer sin suavidad, cubriendo mi cuerpo con el suyo antes de que pudiera acomodarme.

La casa estaba completamente a oscuras, iluminada apenas por la pálida luz de la calle que se filtraba a través de los ventanales de la sala. No encendimos ninguna lámpara. No hacía falta. En la penumbra, el perfil duro de Liam y la forma en que sus ojos negros me devoraban se sentían como un peligro inminente y delicioso.

Sus manos se deslizaban con rudeza por debajo de mi blusa, arrancándome suspiros entrecortados a medida que sus dedos recorrían mi piel con una posesividad febril.

-Voy a hacerte pagar cada segundo que pasé pensando en ti esta última semana -me prometió al oído, justo antes de sellar mis labios con una embestida hambrienta que me dejó sin aliento, inaugurando formalmente nuestro encierro sin reglas.

La sala de estar se convirtió rápidamente en un campo de batalla de ropa esparcida, respiraciones jadeantes y fricción pura. La urgencia con la que Liam me despojaba de la blusa tenía algo de desesperado, como si temiera que en cualquier momento la puerta fuera a abrirse y alguien nos arrancara de este escondite que tanto nos había costado conquistar. Pero la casa estaba vacía. El silencio absoluto de ser hija única jugaba a nuestro favor, amplificando cada gemido, cada crujido del sofá y el sonido húmedo de nuestras pieles chocando sin contención.

-¿Te gusta estar encerrada conmigo, Zoé? -me gruñó muy cerca de la boca, con las pupilas completamente dilatadas y el cabello revuelto, mientras me inmovilizaba las muñecas contra los cojines con una sola mano, demostrando el control absoluto que pretendía ejercer sobre mí durante toda la semana.

-Demuestra que puedes con todo, Black -le reté con la voz rota, arqueando las caderas hacia arriba para buscarlo con desesperación, desafiándolo a cruzar cualquier límite que nos quedara por explorar.

No necesitó que se lo dijera dos veces. Liam soltó una maldición áspera y me empaló con una estocada tan profunda, tan salvaje y repentina que me arrancó un grito ahogado. El ritmo que impuso no tuvo nada de tierno; fue un vaivén implacable, bruto, marcando cada embestida con una fuerza febril que hacía temblar la estructura del sofá.

Mis piernas se aferraron con más fuerza a su cintura, clavándole los talones en la espalda y arañándole los hombros a través de la tela de su camisa, marcándolo como el territorio que se empeñaba en reclamar cada segundo. Cada choque de nuestros cuerpos era un recordatorio de lo tóxico, de lo adictivo y de lo perfectamente autodestructivos que éramos el uno para el otro.

-Mía... carajo, eres completamente mía-me repetía como un mantra oscuro contra mi piel, guiando mis caderas a un compás sádico y perfecto que me estaba haciendo perder la razón.

El clímax nos golpeó, sin previo aviso. Una descarga eléctrica recorrió cada terminal nerviosa de mi cuerpo cuando alcancé el borde del precipicio, contrayéndome con violencia alrededor de su miembro mientras gritaba su nombre contra su hombro. Liam se derrumbó un segundo después, soltando un rugido gutural y profundo mientras se vaciaba dentro de mí en una contracción feroz que nos dejó a ambos jadeando, empapados en sudor y temblando en la oscuridad de la sala, con la certeza absoluta de que los próximos siete días iban a ser una auténtica demencia de la que ninguno saldría ileso.

El eco de nuestras respiraciones agitadas fue lo único que rompió el silencio de la sala durante los minutos siguientes. Ninguno de los dos se movió. Yo seguía atrapada bajo su peso, con la espalda arqueada sobre los cojines revueltos y el pulso martillándome en las sienes. Las manos de Liam, que hacía apenas unos segundos me aferraban con una furia desmedida, ahora recorrían mi piel con una lentitud casi obsesiva, como si estuviera memorizando cada centímetro de mi cuerpo en la penumbra.

-Apenas llevamos unas horas encerrados aquí, Black... y ya estás destruyendo la sala -murmuré con la voz todavía ronca, intentando recuperar el aliento mientras pasaba los dedos por la línea de su mandíbula.

Liam soltó una risa seca y baja contra mi cuello, un temblor cálido que me hizo erizar la piel de nuevo.

-Que se caiga la casa a pedazos si quiere, Zoé -me respondió con esa seriedad cortantes y posesiva que me encendía por dentro-. Lo único que me importa es que no vas a salir de este departamento en siete días. Y si crees que esto fue intenso, no tienes idea de lo que pienso hacerte cuando amanezca.

Sin darle tiempo a replicar, se inclinó de nuevo, atrapando mis labios en un beso lento, profundo y cargado de una promesa peligrosa. La noche apenas comenzaba, y el resto de la casa -la cocina, las escaleras, la habitación principal- seguía virgen, esperando a ser consumida por el fuego.

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