La vida nunca fue fácil para Verónica Castillo. Desde niña aprendió a crecer entre ausencias y silencios, creyendo que algún día el amor le daría el hogar que siempre soñó. Por eso, cuando decidió formar una familia con Héctor, pensó que por fin había encontrado su lugar en el mundo.
Pero los sueños también pueden romperse.
Entre infidelidades, desprecios y promesas vacías, Verónica terminó atrapada en una vida donde el amor dejó de existir. Hasta que una noche, cansada de las heridas y pensando en el futuro de sus dos hijos, tomó la decisión más difícil de todas: marcharse y empezar de nuevo.
Con Samuel y Rodrigo como su única fuerza, Verónica deberá reconstruir su vida desde cero, enfrentándose a sus miedos, a un pasado que insiste en perseguirla y a un hombre que solo entenderá lo que perdió cuando ya sea demasiado tarde.
Porque a veces la vida primero te rompe… para después enseñarte a renacer.
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Papito Dios...
Los días seguían avanzando, y aunque la vida no se había vuelto más fácil, Verónica comenzaba a entender algo importante: no todo lo difícil era eterno, pero sí necesario para transformarse.
Aquella tarde, mientras doblaba ropa en una de las sillas del pequeño cuarto, su madre, Esther, la observaba en silencio desde la puerta. Había algo en su mirada… una mezcla de preocupación y determinación.
—Hija… —dijo finalmente, cruzando los brazos—. Tenemos que volver a hablar de Héctor.
Verónica ni siquiera levantó la mirada.
—No, mamá… ya sé por dónde vas.
—Pero escúchame —insistió Esther, acercándose—. Ese hombre no está cumpliendo con nada. Tú tienes que volver a demandarlo por incumplimiento. Eso no se puede quedar así.
Verónica dejó la ropa a un lado, soltando un suspiro largo, cansado.
—¿Y con qué plata, mamá? —respondió, mirándola por fin—. ¿Con qué voy a pagar los pasajes otra vez? ¿Sabes cuántas cosas puedo comprarle a mis hijos con ese dinero?
Esther frunció el ceño.
—Pero es su obligación, hija…
—¡Exacto! —interrumpió Verónica, con firmeza—. Es su obligación… y no debería necesitar que yo lo demande para cumplirla —el silencio se hizo pesado entre las dos—. Un buen padre no necesita que le pidan o que lo demanden —continuó Verónica, con la voz más baja pero firme—. Eso nace del corazón… y si a él no le nace, entonces yo no voy a perder más tiempo detrás de eso.
Esther negó con la cabeza, frustrada.
—Pero estás dejando que se salga con la suya.
Verónica la miró con una calma que no era resignación, sino decisión.
—No, mamá… —dijo despacio—. Lo estoy dejando que él mismo se muestre tal como es. Él solito se va a encargar de que los niños se den cuenta.
Su madre guardó silencio unos segundos, pero luego volvió a insistir, más suave.
—Aun así… deberías hacerlo. Además, no olvides que todavía le debes a Manuel lo de los pasajes.
Ese comentario hizo que Verónica bajara la mirada por un instante.
—Lo sé… —murmuró—. Y se lo voy a pagar. Pero no voy a gastar más dinero en eso. No vale la pena.
Levantó la cabeza nuevamente, con determinación.
—Yo voy a enfocarme en mis hijos. En trabajar. En salir adelante. Y Dios se encargará de Héctor.
Esther la miró largo rato… y aunque no estaba completamente de acuerdo, entendió que esa decisión ya estaba tomada.
...
Los meses pasaron.
No fueron fáciles, pero tampoco fueron en vano. Verónica seguía trabajando en la casa de la señora Raquel, cada día más adaptada, más ágil, más fuerte. Su cuerpo ya no se quejaba tanto, y su mente… empezaba a encontrar pequeños espacios de calma.
El dinero no alcanzaba para lujos, pero tampoco faltaba lo esencial. Sus hijos comían, iban al colegio, tenían sus cuadernos, sus meriendas… y eso, para ella, era una victoria diaria.
Una tarde, mientras organizaba la cocina, su celular vibró sobre la mesa.
Era un número desconocido. Dudó unos segundos… pero respondió.
—¿Aló?
Del otro lado, una voz femenina cargada de arrogancia respondió:
—¿Verónica?
Ella frunció el ceño.
—Sí… ¿quién habla?
—Soy Juana.
El nombre le cayó como una piedra… pero no la movió.
—Ah… —respondió simplemente—. ¿Qué necesitas?
La risa del otro lado fue corta y venenosa.
—Solo quería que supieras… que estoy embarazada de Héctor.
Silencio. Pero no el que Juana esperaba.
—Ajá… —respondió Verónica con tranquilidad.
Juana se incomodó un poco.
—¿Eso es todo? ¿No vas a decir nada?
Verónica apoyó la mano en la mesa, serena.
—¿Qué quieres que diga?
—Pues no sé… —respondió con sarcasmo—. Que te duele, que te arrepientes… algo.
Verónica soltó una leve risa.
—No, Juana… —dijo con calma—. Lo que ustedes hagan con su vida no me afecta.
Eso no le gustó nada.
—Pues debería —insistió Juana—. Porque ahora menos vas a ver un peso de Héctor. Esa plata ahora es para mi hijo.
Ahí sí… Verónica cambió el tono.
No alzó la voz. Pero cada palabra salió firme.
—Escúchame bien —dijo—. Yo no estoy esperando nada de Héctor. Si él decide no responder por sus hijos, eso habla de él… no de mí —Juana guardó silencio unos segundos—. Y otra cosa —continuó Verónica—. Si tú estás embarazada, preocúpate por tu hijo… no por lo que yo haga o deje de hacer.
El silencio al otro lado fue más largo.
—Porque una mujer segura… no pierde el tiempo llamando a la ex —Juana no supo qué decir —Que tengas buen día —finalizó Verónica, antes de colgar.
...
Los niños también estaban cambiando.
Poco a poco, la ausencia de Héctor dejó de doler como antes. Ya no preguntaban todos los días. Ya no esperaban llamadas que nunca llegaban.
Los niños… también aprendían.
Una tarde, mientras jugaban en la sala, Samuel se quedó en silencio por un momento.
—Mami… —dijo de repente—. ¿Papi ya no va a venir?
Verónica sintió un nudo en el pecho, pero se sentó frente a ellos, con suavidad.
—No lo sé, mi amor… —respondió con honestidad—. Pero eso no cambia lo mucho que ustedes valen y lo mucho que yo los amo.
Rodrigo bajó la mirada.
—Yo lo extraño… pero… ya no tanto.
Verónica lo abrazó.
—Está bien sentir eso… —susurró—. Pero ustedes nunca están solos.
Esa misma noche, mientras oraban antes de dormir, Samuel dijo en voz bajita:
—Papito Dios… gracias por mi mami… ayúdala para que llegue más temprano y juegue con nosotros…
Verónica, desde la puerta, sintió cómo el corazón se le apretaba… y al mismo tiempo se llenaba.
...
Con el paso de los días, Verónica también comenzó a reencontrarse consigo misma.
Una noche, después de acostar a sus hijos, tomó el celular y abrió nuevamente la aplicación donde escribía.
Sus dedos dudaron… pero luego empezaron a moverse.
Un párrafo.
Luego otro.
Y otro más.
Había vuelto.
Los mensajes no tardaron en llegar.
“¡Volviste!” “Te extrañábamos” “Sabíamos que ibas a regresar”
Y aunque algunos comentarios negativos seguían apareciendo… ya no pesaban igual.
Los buenos eran más.
...
Días después, mientras revisaba su celular, una notificación la sorprendió.
Era aquella lectora.
La misma que una vez la ayudó.
“Hola, Verónica. Espero que estés mejor. Esto es con mucho cariño, no estás sola.”
Segundos después…
Notificación de Nequi.
$200.000 pesos.
Verónica se quedó mirando la pantalla, con el corazón encogido.
De inmediato escribió:
—No… de verdad no puedo aceptar esto…
La respuesta llegó rápido.
—Sí puedes. No te estoy pidiendo nada a cambio. Solo quiero ayudarte.
Verónica cerró los ojos unos segundos… y respiró.
No era lástima. Era bondad. Y eso también existía.
—Gracias… —escribió finalmente—. De verdad… muchas gracias.
Esa misma noche, se sentó con su madre.
—Mamá… —dijo—. ¿Y si volvemos a hacer pasteles?
Esther levantó la mirada, sorprendida.
—¿Tú crees?
—Sí —respondió Verónica—. Podemos invertir esto… y tener otra entrada. Ya que tú estás vendiendo aquí bolis y cubetas de hielo.
Su madre sonrió.
—Entonces mañana mismo compramos todo.
Y así fue.
Entre risas, cansancio, madrugadas y esfuerzo… comenzaron otra vez.
Trabajo en la casa de la señora Raquel, pasteles para vender, bolis y cubetas de hielo y sueños… que poco a poco dejaban de sentirse imposibles.
Rosa esta novela con esta trama de superación me fascinó te felicito gracias por compartir tu talento con todas las lectoras que Dios te bendiga siempre saludos desde 🇻🇪🤗😘🙏🏻🌷
🥰
bendiciones