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El Circuito De Ceniza

El Circuito De Ceniza

Status: En proceso
Genre:Apocalipsis / Terror / Mitos y leyendas
Popularitas:310
Nilai: 5
nombre de autor: Genesis YEPES

En el siglo XV, un círculo de ceniza negra aparece en un valle de Aragón. Quienes lo tocan o nombran desarrollan un grano bajo la lengua y una raíz que busca el corazón. Los cuerpos se vacían en polvo caliente. Fray Tomás de Ávila investiga el fenómeno para la Inquisición, pero el mal viaja con él: de Albarracín a Teruel, Zaragoza y Castilla. No es peste ni demonio, sino un hambre antigua que se alimenta de nombres propios. Cada intento de contenerlo solo lo extiende. El círculo no se rompe: se completa y busca la siguiente boca.

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7

La procesión de los que tosen

El sueño no terminó al despertar. Fray Tomás abrió los ojos en la oscuridad de la sala de interrogatorios y el grano debajo de la lengua seguía latiendo con el mismo ritmo lento. Se llevó dos dedos a la boca y presionó. La elevación era ahora del tamaño de una almendra. Al tacto se sentía caliente y ligeramente móvil, como si algo vivo se hubiera instalado allí.

Se levantó. La mancha negra de la mano derecha había trepado hasta el antebrazo. Cuando se arremangó el hábito vio que formaba ya una línea irregular que parecía buscar el codo. El calor era constante. No dolía. Solo estaba allí, recordándole que el círculo lo había probado y no lo había soltado. Salió al corredor. El silencio del edificio era absoluto. Ni siquiera se oía la respiración de los guardias. Bajó las escaleras y abrió la puerta que daba a la plaza. El aire de la madrugada olía más espeso que nunca. En el centro de la plaza, alrededor del brasero apagado, había un círculo de ceniza mucho más grande que los anteriores. Tenía el diámetro de una carreta. Dentro del círculo el suelo estaba limpio, como si alguien hubiera barrido con cuidado. Fuera, el polvo negro se acumulaba en pequeños montículos.

Fray Tomás dio un paso hacia el borde. La ceniza crujió bajo su sandalia. En ese momento oyó la tos. No una. Varias. Venían de distintas casas. Secas, persistentes, algunas infantiles, otras de adultos. Se santiguó por reflejo. El gesto le dejó la mano derecha manchada de negro hasta la muñeca.

Fue a la iglesia. El Hermano Mateo ya no estaba arrodillado. Estaba sentado en el primer banco, con la espalda muy recta y los ojos abiertos de par en par. Al ver a Fray Tomás sonrió. La sonrisa abrió la boca y dejó ver la lengua completamente cubierta de la capa gris. El grano había crecido tanto que deformaba el habla.

—Están llegando

dijo Mateo con voz pastosa.

—Los nombres. Se están ordenando. Pronto sabremos el nuestro completo.

Fray Tomás lo agarró por el hábito y lo levantó de un tirón.

—Callad. Vais a confesaros ahora mismo. Vais a expulsar lo que sea que tengáis dentro.

Mateo soltó una risa corta que terminó en una tos violenta. Escupió un puñado de ceniza sobre el suelo de la iglesia. El polvo formó un círculo pequeño e imperfecto a los pies de ambos.

—No se expulsa, padre. Se suma. Cada vez que alguien tose, el círculo gana un nombre. Yo ya llevo siete. Los siento apilados debajo de la lengua, como piedras.

Fray Tomás lo soltó. Retrocedió hasta el altar. Intentó rezar el exorcismo menor que había aprendido años atrás. Las palabras salieron torpes, rotas. A mitad de la fórmula el sabor en su propia boca se intensificó tanto que tuvo que detenerse para no atragantarse. El grano bajo su lengua se movió, como respondiendo.

Salió de la iglesia casi tropezando. En la plaza la gente empezaba a reunirse. No había sido convocada. Simplemente salían de las casas, uno tras otro, tosiendo. Hombres, mujeres, algunos niños. Todos con la misma expresión vacía. Algunos se cubrían la boca con paños. Otros dejaban que el polvo negro les corriera por la barbilla. Formaron un grupo irregular alrededor del círculo de ceniza. Nadie hablaba. Solo tosían.

Don Rodrigo apareció desde el extremo de la plaza. Caminaba arrastrando el pie derecho. La mano quemada la llevaba envuelta en un trapo que ya estaba empapado de polvo oscuro. Al llegar junto a Fray Tomás habló en voz baja, sin mirarlo.

—Anoche bajé al pozo. No pude evitarlo. Estaban todos allí. Mis peones. Mi esposa. La niña. Y otros que no conocía. Me señalaron el agua. El agua estaba negra. Cuando miré mi reflejo, la boca se me había llenado de ceniza hasta los bordes. Me desperté escupiendo. Y ahora… ahora siento el nombre completo. El mío. El que solo sabía mi madre. Está escrito debajo de la lengua.

Fray Tomás lo ignoró. Se dirigió hacia la casa donde tenían a la Vieja. Los guardias ya no estaban en el umbral. La puerta estaba entreabierta. Entró. La habitación olía a tierra caliente. La Vieja seguía sentada en el mismo rincón, pero ahora tenía las manos abiertas sobre las rodillas y en cada palma había un círculo perfecto de ceniza.

—Ya salieron

dijo ella sin levantar la vista.

—La procesión de los que tosen. Pasa cada vez que el círculo se siente lo bastante fuerte. Caminan hasta el borde y se detienen. Todavía no saben que están dentro.

—¿Cómo se rompe?

La Vieja levantó por fin la cabeza. Sus ojos estaban completamente grises, sin brillo.

—No se rompe, dominico. Se completa. Cuando todos los nombres del valle estén dentro, el círculo se cierra del todo. Entonces la tierra se traga lo que queda y busca otro sitio. Vos podéis acelerarlo quemándonos a todos. O podéis retrasarlo un poco negándoos a decir los nombres en voz alta. Pero ya es tarde para vos. El grano ya está plantado.

Fray Tomás salió. En la plaza el grupo había crecido. Ahora eran más de treinta personas. Todos tosiendo. El sonido era constante, seco, como el de un fuelle viejo. Nadie miraba a nadie. Solo avanzaban muy despacio hacia el círculo de ceniza del centro, deteniéndose justo en el borde, como si una pared invisible les impidiera cruzar.

Isabel de la Vega estaba entre ellos. Tenía la cara cubierta de polvo fino y los ojos fijos en el suelo. Cuando Fray Tomás se acercó a ella, habló sin levantar la vista.

—La oigo más cerca. Ya no está en el arroyo. Está aquí. Dentro del círculo. Me llama con la voz que tenía cuando aún respiraba. Me pide que cruce.

—No crucéis.

—Ya no depende de mí

respondió ella.

— El nombre está debajo. Late. Pronto hablará solo.

Fray Tomás retrocedió hasta la puerta de la iglesia. El Hermano Mateo había salido y ahora estaba de pie en el umbral, balanceándose ligeramente. Tenía la boca abierta y de ella caía un hilo continuo de ceniza que formaba un pequeño montículo a sus pies.

El dominico sintió que el grano bajo su propia lengua se movía con más fuerza. Tragó. El sabor a hierro quemado le llenó la boca. Por un instante creyó que iba a escupir el mismo polvo negro que veía en todos los demás. Se tapó la boca con la mano manchada y se obligó a tragar de nuevo.

El calor del brazo había llegado al codo. Cuando se tocó debajo del hábito sintió la línea negra como una costura viva bajo la piel.

En la plaza la procesión se detuvo por completo. El silencio que siguió fue peor que la tos. Nadie se movía. Solo el viento, que de pronto volvió a soplar desde el bosque, levantó la ceniza del círculo central y la hizo girar en el aire como una columna fina y oscura.

Fray Tomás miró esa columna. En medio del polvo creyó distinguir formas: bocas, manos, el contorno de un cuerpo pequeño que no tocaba el suelo. Parpadeó. La columna seguía allí, girando despacio, sin dispersarse.

Entonces, desde el centro mismo del círculo, se oyó una tos infantil. Clara. Nítida. Y después un nombre. El mismo nombre largo y roto que Mateo no dejaba de repetir.

Fray Tomás sintió que el grano bajo su lengua respondía con un latido más fuerte. Por primera vez desde que llegó al valle entendió que ya no estaba investigando un fenómeno.

Estaba dentro de él.

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GENESIS YEPES
.BUSANDO HISTORIA
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