Isadora Valença creía estar viviendo el sueño de toda mujer: comprometida, viviendo con Henrique Lacerda, con la boda planeada y un futuro perfectamente organizado. Estaba segura de que estaba a punto de comenzar la mejor etapa de su vida.
Todo se derrumba cuando Catarina Prado, la exnovia que abandonó a Henrique en uno de los momentos más difíciles de su vida, reaparece diciendo que está gravemente enferma. Frágil, llorosa y rodeada de suplicas de lástima, Catarina ocupa demasiado espacio nuevamente. Y Henrique, usando la cruel excusa de que ella “está muriendo”, empieza a cruzar límites que nunca deberían tocarse.
Isadora comienza a ser humillada, ignorada y relegada a un segundo plano. Hasta que llega el golpe final: Henrique utiliza todo lo que habían preparado para su boda —la ceremonia, los invitados, los símbolos— para montar un falso matrimonio con su ex, todo en nombre de la compasión.
Con el corazón destrozado y la dignidad herida, Isadora acepta una propuesta inesperada: un matrimonio arreglado con Miguel Montenegro, un hombre frío, poderoso y rodeado de misterios. Un acuerdo sin promesas de amor, solo respeto.
Lo que comenzó como una huida se transforma en un nuevo comienzo. Lejos de quien la menospreció, Isadora descubre su fuerza, reconstruye su autoestima y aprende que el amor no puede nacer de la humillación.
Y cuando el pasado intenta regresar, ella ya no es la novia que aceptaba todo en silencio.
Ahora, es ella quien decide.
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Capítulo 23
Isadora notó que había algo diferente en su propio cuerpo.
No era solo deseo. Era presencia. Aquella sensación rara de estar entera dentro de sí misma, sin partes en alerta, sin pensamientos de fuga. Se movía por la casa con naturalidad, como si aquel espacio hubiese sido suyo desde siempre.
Aquella mañana, despertó antes del despertador. El cuarto aún estaba envuelto en penumbra, el silencio quebrado solo por el sonido distante de la ciudad despertando. Se levantó despacio, se puso una bata ligera y fue a la cocina.
Miguel ya estaba allí.
Apoyado en la encimera, camisa social abierta en el cuello, café en la mano. Él alzó la mirada cuando ella entró, y la sonrisa que surgió fue inmediata, casi inconsciente.
— Buenos días — dijo.
— Buenos días — ella respondió.
Hubo un segundo de pausa. No de incomodidad. De reconocimiento.
Miguel la observó acercarse, tomar una taza, servirse café. La bata dejaba a la vista la curva del cuello, la línea del hombro. No había intención. Y quizás por eso mismo era tan difícil desviar la mirada.
— ¿Dormiste bien? — preguntó él.
— Dormí — respondió ella. — ¿Y tú?
— Mejor de lo que esperaba.
Ella sonrió levemente.
— Se está volviendo costumbre.
— No sé si costumbre es la palabra correcta — dijo Miguel. — Pero me gusta la rutina cuando ella te incluye a ti.
Isadora alzó la mirada hacia él. No hubo aquel reflejo antiguo de minimizar su propia importancia.
— A mí también me gusta — dijo. — Y eso es nuevo para mí.
Se sentaron a la mesa, cerca, sin barreras invisibles. El café fue tomado en silencio, pero no había distancia. Apenas una tranquilidad compartida.
— Tengo una reunión hoy por la noche — comentó Miguel. — Algo que normalmente yo resolvería solo.
Isadora asintió.
— ¿Y ahora?
— Ahora pensé en invitarte — dijo. — No como obligación. Sino porque quiero.
Ella pensó por algunos segundos.
— ¿Qué tipo de ambiente? — preguntó.
— Formal — respondió él. — Personas que analizan todo. Palabras, gestos, silencios.
Isadora no se intimidó.
— Entonces voy — dijo. — No para representar nada. Apenas para estar.
Miguel sintió algo ajustarse dentro del pecho.
— Es exactamente eso lo que necesito.
Por la noche, Isadora se preparó sin ansiedad. Escogió un vestido simple, elegante, que no gritaba presencia, pero tampoco se apagaba. Se recogió el cabello de forma práctica. Se miró en el espejo y no buscó aprobación.
Estaba cómoda.
En el camino hasta el evento, Miguel conducía atento. Isadora observaba la ciudad pasando por la ventana, sintiendo aquella extraña mezcla de calma y expectativa.
— Si en algún momento quieres irte — dijo él —, solo dímelo.
Ella volteó el rostro hacia él.
— Lo sé — respondió. — Pero no creo que quiera.
En el salón del evento, las miradas se volvieron hacia ellos. No por ostentación. Sino por armonía. Había algo sólido en la forma como caminaron lado a lado.
Miguel presentó a Isadora sin exageraciones.
— Mi esposa.
La palabra no sonó como contrato. Sonó como elección.
Isadora sintió el impacto, pero no vaciló. Saludó a las personas con seguridad, conversó cuando necesario, silenció cuando prefirió. No intentó brillar. No intentó esconderse.
Miguel observaba todo a distancia corta, atento, orgulloso de un modo que no sabía nombrar.
En un momento más apartado, él se acercó.
— Estás impresionando — murmuró.
— Yo no vine para impresionar — respondió. — Vine para ser yo.
Él sonrió.
— Y eso es exactamente lo que impresiona.
Cuando dejaron el evento, la noche ya estaba avanzada. El trayecto de vuelta fue silencioso, pero cargado de algo nuevo.
En el apartamento, Miguel dejó las llaves sobre la mesa y se volteó hacia ella.
— Gracias por hoy — dijo. — No apenas por haber venido. Sino por cómo viniste.
Isadora lo encaró.
— Yo no me sentí pequeña en ningún momento — dijo. — Eso es raro para mí.
Miguel se acercó lentamente.
— Tú no eres pequeña — dijo. — Nunca lo fuiste.
El beso vino más intenso esta vez. No urgente, pero cargado. Las manos de él sujetaron la cintura de ella con firmeza contenida. Isadora respondió sin titubear, sintiendo el propio cuerpo reconocer aquel toque como seguro.
Cuando se apartaron, los dos respiraban hondo.
— Si yo continúo — dijo Miguel, con la voz baja —, no voy a querer parar en medio.
Isadora sostuvo la mirada de él.
— Entonces no continúes si no es para quedarte — respondió.
Hubo un segundo de silencio.
Miguel retrocedió un paso.
— Me quedo — dijo. — Pero hoy… aún no.
Isadora sonrió. No hubo frustración.
— Lo sé — dijo. — Y me gusta eso.
Más tarde, acostada en su cama, Isadora notó algo con claridad casi aterradora.
Ella no estaba esperando ser escogida.
Ella ya había sido.
Y, más importante, había elegido a sí misma primero.
Del otro lado del pasillo, Miguel tardó en dormir. No por conflicto. Sino por conciencia.
Isadora no era una mujer que cabía en promesas vacías.
Ni en juegos de poder.
Ella exigía presencia.
Y él no quería ofrecer menos que eso.
Lo que estaba creciendo entre ellos no era frágil.
Era firme.
Y, justamente por eso, merecía tiempo.