no estaba buscando amor cuando descargó una app de citas.
Solo quería escapar de la vida asfixiante que tenía en Londres.
Sin trabajo y desesperada por irse de casa de sus padres, acepta la extraña propuesta de , un hombre frío, reservado y marcado por un divorcio escandaloso.
Él le ofrece ayudarla.
A cambio, solo debe acompañarlo a Emiratos Árabes Unidos.
Sin sentimientos.
Sin preguntas.
Sin involucrarse demasiado.
Pero entre el lujo, los silencios y la distancia que Nael impone entre ambos, Liora descubre que algunas personas esconden más dolor del que dejan ver.
Y que enamorarse de alguien como Nael Al-Hadid nunca fue parte del plan.
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Capitulo 6
Liora
Tal como Nael había prometido, me ayudó con todo el trámite del pasaporte.
Yo ni siquiera sabía por dónde empezar.
Me explicó que, por la urgencia del viaje, podía solicitar el servicio Fast Track para obtener el pasaporte británico en una semana. Me ayudó a reservar la cita, llenar formularios y reunir los documentos necesarios.
Nunca me hizo sentir estúpida por no saber hacerlo.
—Solo lleva tu identificación y el comprobante de residencia —me explicó mientras revisábamos todo en una cafetería cercana a Victoria Station—. El resto estará bien.
Asentí nerviosa.
—Siento que voy a hacer algo ilegal.
Eso lo hizo sonreír apenas.
—Solicitar un pasaporte no suele ser ilegal, Liora.
Había algo absurdamente tranquilo en él.
Incluso cuando trabajaba desde el teléfono o respondía mensajes importantes, jamás parecía perder el control.
Y luego estaba el cheque.
Quinientas mil libras.
Todavía me mareaba pensar en esa cantidad de dinero.
Le insistí varias veces que era demasiado.
—No lo es —respondió con calma mientras bebía café—. Además, puede servirte para empezar de nuevo.
Y sí.
Podía servirme para irme de casa.
Para desaparecer de ese apartamento pequeño donde cada día parecía una batalla.
Mientras hablábamos, Nael notó algo en mi brazo cuando la manga de mi camisa se deslizó un poco.
—¿Qué te pasó ahí?
Instintivamente me cubrí el moretón.
—Me golpeé con algo.
Mentira.
Mi madre me había pegado con el palo de la escoba después de verme llegar en el Rolls-Royce unos días atrás.
Nael me observó en silencio.
No parecía creerme.
Pero tampoco insistió.
Eso era algo que comenzaba a notar de él: nunca obligaba a nadie a hablar.
Y aun así, parecía verlo todo.
Durante las siguientes semanas siguió siendo igual de respetuoso. A veces me recogía personalmente después de mis entrevistas fallidas o enviaba un automóvil para evitar que cruzara Londres caminando.
Jamás intentó tocarme.
Ni siquiera de forma “accidental”.
Nunca me hizo sentir incómoda.
Y eso comenzaba a ser peligrosamente importante para mí.
Aquella tarde, cuando regresé a casa, encontré algo extraño.
Todos estaban en la sala.
Mis padres.
Mis abuelos.
Una tía.
Sentí el estómago hundirse inmediatamente.
—Siéntate —ordenó mi padre.
Obedecí lentamente.
Mi madre tenía expresión de víctima.
—Estamos preocupados por ti, Liora.
Entonces entendí.
Habían hablado con toda la familia sobre la supuesta prostitución.
Mi abuela suspiró decepcionada.
—Siempre fuiste demasiado rebelde.
Mi tía negó con la cabeza.
—Una mujer decente no aparece en autos de lujo con hombres ricos.
Mi padre habló después.
—Eres irresponsable, emocionalmente inestable y desagradecida.
Mi madre añadió enseguida:
—Siempre tan dramática. Nunca valoras nada.
Escuché cómo enumeraban todos mis “defectos”:
floja,
egoísta,
inmadura,
problemática,
malagradecida.
Y luego decían que aun así me amaban.
Casi me reí.
Porque aquello no se parecía al amor.
Parecía un juicio.
Respiré profundamente antes de hablar.
—Me gané un viaje con todo pago, así que no estaré unas semanas.
Todos me miraron confundidos.
—¿Un viaje? —preguntó mi madre.
—Sí.
—¿A dónde?
La miré fijamente.
—A Abu Dabi.
El silencio fue inmediato.
—No puedes irte así sin más —dijo mi padre.
Y algo dentro de mí finalmente explotó.
—Sí puedo.
Todos guardaron silencio.
—Estoy cansada de que me humillen todos los días. Camino horas buscando empleo. Estoy agotada y ustedes solo saben hacerme sentir miserable.
Mi madre abrió los ojos indignada.
—¿Acaso no confías en nosotros?
La respuesta salió antes de pensarla.
—No.
Mi padre se puso de pie furioso.
—Después de todo lo que hemos hecho por ti…
—¿Qué han hecho? ¿Golpearme? ¿Insultarme? ¿Recordarme todos los días que soy un fracaso?
Tomé algunas cosas y salí del apartamento antes de derrumbarme frente a ellos.
Llovía.
Caminé sin dirección mientras las lágrimas se mezclaban con el agua fría.
Me sentía sola.
Terriblemente sola.
Cuando finalmente regresé horas después, encontré todas mis cosas en bolsas y cajas pequeñas en la sala.
Mi madre estaba esperándome.
—No vamos a ser padres de una hija tan desagradecida.
La miré sin poder creerlo.
—¿Hablas en serio?
—Nunca es suficiente contigo.
—Mamá, te he ayudado en todo lo que he podido.
—Pues claramente no es suficiente.
Su voz comenzó a elevarse.
—¡Eres una malagradecida! ¡Una mujer que se va de viaje con hombres ricos!
—¡No he pagado nada!
El golpe llegó tan rápido que sentí el sabor metálico de la sangre inmediatamente.
Mi labio.
Mi madre se quedó paralizada cuando vio la sangre.
Y entonces cambió.
Como siempre.
Pasó de furiosa a preocupada en segundos.
—Ay Dios mío…
Corrió por servilletas y hielo mientras intentaba limpiarme el rostro.
—No quería golpearte tan fuerte.
La observé sintiéndome vacía.
—Disfruta tu viaje —murmuró finalmente.
Esa noche, encerrada en mi habitación, comencé a buscar apartamentos.
Con quinientas mil libras podía comprar un pequeño estudio en Croydon por aproximadamente doscientas cincuenta mil libras o incluso algo más bonito en Greenwich si financiaba parte.
Por primera vez en años… veía una salida.
El día del viaje llegó demasiado rápido.
Solo llevaba una maleta pequeña.
Nael me recogió temprano.
Vestía ropa casual: un pantalón oscuro, suéter gris, abrigo negro.
Verlo así se sentía extrañamente íntimo.
—¿Pasa algo? —preguntó al notar que lo miraba.
Negué rápidamente.
—Nada.
Sus ojos se detuvieron en mi rostro.
—¿Qué te pasó en el labio?
Toqué la pequeña herida casi curada.
—Tuve un accidente con mi madre.
Frunció ligeramente el ceño.
—¿Están bien?
—Sí. No fue grave.
No me creyó.
Lo noté enseguida.
Pero nuevamente no insistió.
Subimos al automóvil y nos dirigimos hacia London Heathrow Airport.
Todo parecía irreal.
Cuando llegamos, un empleado nos condujo directamente hacia una pista privada.
Entonces vi el avión.
Me detuve en seco.
Nael notó mi expresión.
—¿Qué ocurre?
—¿Ese es tu avión?
—Sí.
Lo dijo como si fuera completamente normal.
Me ayudó a subir las escaleras con calma.
—¿Has volado antes?
—Sí… pero no así.
Eso pareció divertirlo un poco.
El vuelo hacia Abu Dhabi duraría aproximadamente siete horas.
Siete horas lejos de Londres.
Lejos de mi familia.
Lejos de todo.
Cuando el avión finalmente despegó, miré por la ventana mientras las luces de la ciudad desaparecían lentamente.
Nael estaba sentado frente a mí revisando unos documentos.
—¿Arrepentida? —preguntó suavemente.
Lo pensé unos segundos.
—No lo sé todavía.
Él cerró la carpeta lentamente.
—Entonces espero que Emiratos te dé una mejor bienvenida que Londres.
Y por primera vez en muchísimo tiempo… sentí que tal vez mi vida realmente estaba cambiando.