Él ahora será mi espada.
En su primera vida, Cassandra amó al hombre equivocado.
El príncipe heredero, su madrastra y su propia familia conspiraron contra ella hasta llevarla a una muerte cruel. Pero el destino le concedió una segunda oportunidad.
Al despertar diez años atrás, Cassandra recuerda perfectamente el día en que comenzó su desgracia.
Esta vez no elegirá al príncipe que la traicionará.
Cuando el emperador le ofrece escoger a su futuro esposo como recompensa por su salvar a un miembro de la familia real, Rosalind señala al hombre que todos temen: Balkan Trudeau, el Demonio de Moldavia, heredero de un reino de guerreros que cabalgan dragones.
Él es cruel. Ella es vengativa.
Él descubre que su nueva prometida esconde un corazón tan oscuro como el suyo.
Y Cassandra solo necesita una cosa de su futuro esposo:
Que sea su espada mientras ella cobra cada deuda pendiente.
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El silencio de la prisión
La noche en que murió el médico, no llovió.
Dorian esperaba junto a la puerta norte con una bolsa de monedas y las manos sudando dentro de los guantes. El guardia al que le debía dinero tomó la bolsa sin contarla, miró a ambos lados del pasillo, y abrió el postigo.
El hombre que entró no era un guardia. Era un carnicero sin oficio y con muchas deudas, de esos que hacen cualquier cosa por la mitad de lo que prometen los nobles.
Dentro de la celda, Maestro Corvin despertó con el instinto de quien ha contado todas las salidas durante toda su vida. Vio la silueta. Vio el alambre. Y no rogó.
Se echó a reír.
—Llegas tarde —dijo, con la calma del que ya no tiene nada que vender—. Firmé al atardecer.
El carnicero no entendió las palabras. No le pagaban por palabras.
El sonido fue breve. Cuando el carnicero salió por el postigo, el médico de Vellmar miraba el techo con unos ojos que ya no contarían salidas nunca más.
***
En la cripta, Livia susurró la noticia a través de la reja, con la voz temblando de alivio:
—Está muerto. No habló.
Lady Elara, arrodillada sobre las losas heladas, sintió que el estómago se le aflojaba por primera vez en semanas. Tomó su trozo de pan seco y lo comió con apetito. Incluso rió: una risa pequeña, húmeda, que rebotó contra los sarcófagos de la familia.
—Los muertos no hablan —dijo—. Y ahora, nadie habla.
Esa noche, por primera vez en diez días, la asesina de la condesa durmió como una niña.
***
Pero los muertos ya habían hablado.
En palacio, antes de la primera luz, la emperatriz depositó un documento sobre la mesa del rey. Tres páginas. Una firma firme. El sello del notario real.
El rey Aldric lo leyó sin moverse. *Adelfa y sangre de víbora. Pagos mensuales a través del apotecario de la calle de los Curtidores. La orden: lady Elara.* Y una línea más, que hizo que las velas parecieran apagarse en la habitación:
*«La señora me pidió guardar una segunda dosis, por si la primera fallaba. Nunca la entregué. Sigue escondida tras la tercera piedra del almacén de la mansión del conde.»*
—Lo mataron esta noche —dijo la emperatriz—. Creen que la tumba calla.
—La tumba no calla nada —el rey cerró el documento, despacio—. Él ya me había hablado. Al atardecer. Delante de mi notario. Sin que yo tuviera que preguntar dos veces.
El silencio que siguió fue el silencio de un reino entero conteniendo el aliento.
—Mataron a un prisionero bajo mi custodia —dijo el rey, con una voz que no tenía furia, que era peor—. Mataron al hombre que mató a mi hermanita. Y creen que soy estúpido.
—¿Qué harás? —preguntó la emperatriz.
El rey se puso de pie. *La Mano Seca* no necesitaba más respuesta, pero la respuesta llegó igual, fría como el mármol de su propia cripta:
—Que el conde venga al alba. Que elija: la cabeza de su esposa… o la suya.
***
A esa misma hora, en el balcón de la residencia de la prometida del demonio, la capitana de Moldavia rendía su informe.
—El guardia de la puerta norte dejó entrar al carnicero a medianoche —dijo—. El notario del rey tomó la firma al atardecer, tal como predijisteis. Entre una cosa y la otra, lady Elara tuvo exactamente una hora de alegría.
—Una hora —Balkan sonrió, y las vetas carmesí latieron como brasas sopladas—. Le regalaste una hora de triunfo antes del cuchillo.
—La alegría también es una cuerda —dijo Cassandra, sirviéndose el té—. Ahora cree que ganó. Y los que creen que ganaron… no miran hacia arriba.
***
Al alba, un mensajero real con dos guardias llamó a la puerta de la mansión del conde.
—Su majestad requiere la presencia del conde Aldous —dijo, sin quitarse el yelmo—. De inmediato.
El conde leyó la citación dos veces. Las manos no le temblaban todavía. Lo que le temblaba era algo más hondo, algo que no tenía nombre y que se parecía mucho a la certeza de que el suelo de su propia casa era arena movediza.
Salió en un carruaje que olía a ataúd.
En el jardín, Cassandra lo vio partir, con la taza de té entre las manos y el cabello recogido por el viento de la mañana. No sonrió. No lo necesitaba.
—Hoy el rey pedirá una cabeza —dijo, sin volverse.
Balkan, a su espalda, con las manos cruzadas y los ojos de oro fundido brillando bajo la luz del alba:
—¿Y si tu padre elige la equivocada?
Cassandra bebió el último sorbo. Dejó la taza sobre la balaustrada, con un sonido pequeño y definitivo, como el de una ficha cayendo sobre el tablero.
—No hay cabeza equivocada, alteza —dijo—. Solo cabezas que aún no han caído.