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EL RUIDO QUE DEJASTE

EL RUIDO QUE DEJASTE

Status: Terminada
Genre:Autosuperación / Escuela / My Hero Academia / Completas
Popularitas:520
Nilai: 5
nombre de autor: Melisa Britos

Es la historia de Elena, una joven de 24 años que vuelve a la facultad de Derecho que abandonó por bullying para recuperar su voz, y en el camino encuentra en Luz, una compañera de pelo azul, la amistad que le enseña que superarse no es olvidar lo que pasó, sino aprender a caminar de nuevo acompañada.

NovelToon tiene autorización de Melisa Britos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 11: EL COLECTIVO

Volví a Buenos Aires en el micro de las seis de la mañana. Sin dormir. Con la campera de Luz prestada y la libreta estrujada en la mochila.

No le contesté más a Martín. Me llamó siete veces. Me mandó un audio de cuatro minutos que no escuché. Lo borré. No por orgullosa. Porque si lo escuchaba, lo iba a perdonar. Y no quería perdonarlo rápido. No esta vez.

Llegué a Retiro a las diez. Tenía que estar en Beccar a las once para una audiencia importante. Mi primera audiencia sola, frente a un juez federal. Estaba destruida, con los ojos hinchados, sin haber comido.

Me subí al 132 en Retiro para ir a mi departamento a cambiarme. Iba lleno, de esos que van parados hasta en el escalón. Me agarré del pasamanos y miré por la ventana. Buenos Aires seguía igual, como si nada.

Y de repente escuché una voz.

"¿Elena?".

Me di vuelta.

Era Marcos Torres. Con barbijo bajo, con una mochila enorme, transpirado, con cara de que también venía de no dormir.

"¿Qué hacés acá?", me dijo.

"¿Qué hacés vos acá? Vos vivís en Rosario".

"Me vine hace dos semanas. Conseguí una pasantía acá, en un estudio chiquito de Tribunales. Estoy parando en lo de mi tía en Lugano. ¿Vos estás bien? Tenés una cara...".

Me reí. Por primera vez en doce horas, me reí de verdad.

"No. Estoy para la mierda".

El colectivo frenó de golpe y casi nos caemos uno arriba del otro. La gente nos miró. Nos tuvimos que agarrar fuerte para no caernos.

"¿Querés bajar y me contás?", me dijo.

"Marcos, tengo una audiencia en una hora en Comodoro Py. No puedo".

"¿Entonces me contás mientras vamos parados como ganado en el 132?".

Y le conté. Todo. En cinco paradas. En voz baja, para que nadie escuche. Le conté lo de Valdez. Lo de Mora. Lo de la oficina. Lo de la libreta.

Él no me interrumpió. No me dijo "te lo dije" ni "yo sabía que ese chabón era un turro". Solo me escuchó.

Cuando terminé, el colectivo estaba llegando a mi parada.

"¿Viste?", me dijo. "Yo te dije que no era un buen tipo. Pero vos estabas enamorada y no me ibas a escuchar".

"No me digas que me lo advertiste, Torres, porque te bajo del colectivo a patadas".

Se rió.

"Elena, ¿sabés qué aprendí después de que me defendiste? Que hay gente que te caga y después te pide perdón para sentirse mejor. Y hay gente que te caga y después cambia. Valdez es el primero. Yo quiero ser el segundo".

Me quedé mirándolo. El mismo Marcos que me había hecho la vida imposible en primer año, ahora me estaba sosteniendo la mochila para que no me pese mientras yo lloraba en un 132 lleno de gente.

"¿Me dejás acompañarte a la audiencia? No entro. Te espero afuera. Por si necesitás a alguien que te espere afuera".

"No hace falta".

"Ya sé que no hace falta. Pero quiero. Porque cuando a mí me tocó estar del otro lado, vos fuiste la única que se quedó".

Bajamos juntos en Callao y Corrientes. Yo entré a mi departamento, me puse el traje negro, me lavé la cara con agua helada y me puse rímel como pude.

Cuando salí, Marcos estaba ahí. Sentado en el cordón, con su mochila enorme, tomando un café de esos de kiosco de un peso.

"¿Vamos, abogada?".

Fuimos caminando hasta Comodoro Py. Yo adelante, nerviosa, repasando el escrito. Él atrás, sin decir nada.

Entré a la audiencia. Era un caso de un cliente que no podía pagar y que iba a perder su casa. Yo tenía diez minutos para alegar.

Me paré frente al juez. Me temblaban las manos. Miré por la ventana y vi que afuera llovía.

Y me acordé de la Elena de hace un año. La que se quedaba muda en el patio. La que lloraba en el baño. La que creía que necesitaba que un profesor la valide.

Esa Elena ya no estaba.

Alegué. Diez minutos perfectos. Sin titubear. Con jurisprudencia, con corazón, con todo.

El juez me miró y me dijo: "Doctora Rivas, la felicito. Vamos a hacer lugar a su pedido".

Salí. Afuera seguía lloviendo. Marcos me estaba esperando abajo de un techito, con el café ya frío.

"¿Y?", me preguntó.

"Ganamos", le dije.

Y nos abrazamos. En el medio de Comodoro Py, con la lluvia, con mi traje mojado, con su mochila enorme.

No fue un abrazo romántico. No fue que de repente me enamoré de Torres. Fue otra cosa.

Fue el abrazo de dos personas que se habían hecho mierda mutuamente y que ahora, por primera vez, se estaban ayudando a levantarse.

"Gracias por esperarme", le dije.

"Gracias a vos por dejarme esperar", me dijo él.

Y nos fuimos caminando bajo la lluvia, compartiendo el único paraguas roto que él tenía, a tomar un café. No de los buenos. De los de máquina fea. Como en la facu.

Pero esta vez, yo invitaba.

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