Kaelen llega a la mansión más poderosa de la ciudad con un solo propósito: venganza. Su hermana murió a manos de la hija favorita del dueño, y él está dispuesto a destruirlo todo desde adentro. Pero entre lujos, secretos y noches prohibidas, lo que comenzó como odio se transforma en un amor imposible ..
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Verdades a media luz, deseos prohibidos
La puerta se cerró tras ellos. Draven caminó hacia su escritorio, se apoyó en el borde y lo miró con esos ojos verdes que parecían verlo todo.
—¿Me vas a decir la verdad, Kaelen? —preguntó con voz baja y peligrosa—. ¿O prefieres que me crea la versión de mi hija?
—Seraphina empujaba a Liora —dijo Kaelen sin dudar—. La insultaba, le decía cosas crueles. Yo la aparté. Eso es todo. No la toqué con intención de hacerle daño.
Draven lo miró largo rato, y luego soltó un suspiro pesado, como si se le cayeran años de encima.
—Lo sé —murmuró—. Sé cómo es ella. Sé que Elara la consiente hasta demasiado. Pero es mi hija… y me cuesta admitir que me he equivocado con ella.
Se acercó a Kaelen, despacio, como si temiera asustarlo.
—Y tú… —dijo, con voz más suave—. Has sido el primero en defender a Liora en catorce años. Nadie se atrevía. Nadie se atrevía a decirme la verdad.
—No puedo soportar que lastimen a los que no pueden defenderse —respondió Kaelen, sintiendo cómo su corazón se aceleraba cada vez que Draven estaba cerca—. He visto demasiado de eso.
—¿En el reformatorio? —preguntó Draven suavemente, y Kaelen sintió que el aire se le escapaba.
—¿Cómo…?
—Investigué —admitió Draven—. Cuando contraté a alguien para ti. No hay registro de tus padres. Solo sabemos que entraste con siete años y saliste a los trece. Kaelen… ¿qué te pasó?
Por un instante, Kaelen estuvo a punto de contarlo todo. De gritarle que su hija era un monstruo, que había matado a la única persona que amaba. Pero se mordió la lengua hasta saber a sangre.
—Pasó lo que pasa en esos lugares —dijo con voz seca—. Sobreviví.
Draven estaba tan cerca que Kaelen podía oler su perfume: madera oscura, ámbar, algo salvaje y masculino.
—Me duele que hayas tenido que sobrevivir —murmuró Draven, y su mano rozó la de él, apenas un roce que quemó la piel—. Me duele que hayas estado solo tanto tiempo.
Kaelen contuvo el aliento.
—No estoy solo ahora —respondió, sin saber si hablaba de Liora o de él.
Draven levantó la mano y sus dedos rozaron la mejilla de Kaelen, despacio, como si temiera romperlo.
—Eres joven, Kaelen —susurró—. Y yo soy un hombre con un pasado oscuro. No debería mirarte como te miro. No debería desear acercarme más de lo que debo.
—¿Y por qué no lo hace? —preguntó Kaelen, sin reconocer su propia voz.
Draven cerró los ojos un instante, luchando consigo mismo.
—Porque eres mi empleado. Porque tengo una familia. Porque… —abrió los ojos y lo miró con deseo puro y doloroso—. Porque si empiezo, no voy a poder parar.
Se apartó de golpe, como si se quemara.
—Puedes irte —dijo con voz ronca—. Y Kaelen… manténte lejos de mí. Por el bien de ambos.
Kaelen salió del despacho con el corazón desbocado, las mejillas ardiendo, la mente en llamas. “Esto no debería estar pasando”, pensaba mientras caminaba por los pasillos. “Se supone que lo odio. Se supone que destruyo su familia”. Pero cada vez que lo miraba, cada vez que esos ojos verdes lo buscaban, la venganza se mezclaba con algo mucho más peligroso: el deseo.
Esa noche, Jax lo llamó.
—¿Cómo va todo? —preguntó—. ¿Ya la destruiste?
—No —respondió Kaelen mirando la luna desde su ventana—. Todavía no.
—Kaelen… —la voz de Jax se volvió seria—. No te estás enamorando de él, ¿verdad? Del padre de ella?
Kaelen se quedó en silencio. Y ese silencio fue respuesta suficiente.
—Dios mío —susurró Jax—. Estás jugando con fuego. Y vas a quemarte.
—Ya estoy ardiendo, Jax —admitió Kaelen, colgando el teléfono.