Cristine Gómez es una talentosa diseñadora de Queens que acaba de conseguir el trabajo de sus sueños. Para celebrarlo, viaja a Las Vegas con su novio, sin imaginar que él planea emborracharla para casarse por interés. En el mismo registro civil se encuentra Jacob Fernández, el frío y arrogante heredero del imperio textil Vanguard, quien asiste bajo el chantaje de su ambiciosa prometida.
Un error administrativo de la capilla, sumado a una severa resaca etílica, hace que Jacob y Cristine firmen el acta equivocada. Al despertar, están legalmente casados.
Cuando la foto del escándalo llega a la prensa de Nueva York, las acciones de la multinacional se desploman. Para salvar el imperio, Jacob obliga a Cristine a firmar un contrato de convivencia forzada y fingir que se aman ante la alta sociedad. En un ático lleno de lujo, desprecio e hilos de una pasión secreta e intensa, descubrirán que el peor error de sus vidas fue el diseño perfecto del destino.
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CAPITULO 14. ORGULLO DE SANGRE Y CONTRATOS DE ACERO
El aire dentro de la pequeña cafetería de Queens se cortaba con un cuchillo. Austin Gómez dio un paso más hacia el frente, reduciendo la distancia con Jacob Fernández a escasos centímetros. El trapo de limpieza seguía apretado en su mano como si fuera un arma, y sus ojos marrones, fijos en la mirada clara del multimillonario, destilaban una furia inquebrantable.
—Escúcheme bien, señorito de la Quinta Avenida —la voz de Austin bajó a un tono cavernoso, letalmente firme—. Mi hija no es una mercancía que usted pueda meter en una de sus berlinas de lujo con un fajo de billetes. Me importan una miseria las acciones de su empresa textil, la junta de accionistas y la bolsa de Nueva York. Cristine no se va a mudar a ningún ático a fingir que ama a un desconocido por salvarle el pellejo a su multinacional. Así que coja sus papeles confidenciales, ordénele a sus gorilas que despejen mi calle y lárguese de mi barrio antes de que lo saque a patadas.
Jacob no se movió un solo milímetro. La imponente estatura del CEO y su habitual frialdad corporativa se mantuvieron firmes, pero en su fuero interno, sintió un sutil ramalazo de respeto. Estaba acostumbrado a que en los despachos de Manhattan la gente se vendiera al mejor postor por un puñado de acciones; ver a un camarero humilde rechazar su poder de esa manera era algo nuevo.
—No es un fajo de billetes, señor Gómez, es la ley —replicó Jacob con una calma ejecutiva e implacable—. Si tramitamos el divorcio ahora, la prensa triturará la reputación de Vanguard Textiles. David, el padre de mi ex-prometida Sara, retirará sus fondos y la caída de la empresa arrastrará consigo las patentes de diseño de su propia hija antes de que empiece a trabajar. Les guste o no, estamos casados por un error legal de Las Vegas. Y la única forma de frenar el escándalo es esta farsa.
Antes de que Austin pudiera responder, el sonido estridente de un frenazo de bicicleta y el golpe violento de la puerta de cristal al abrirse interrumpieron la discusión.
Richard entró a la cafetería como una exhalación, completamente sofocado, con el pecho agitándose bajo su sudadera de la NYU y el sudor perlado en la frente. Había pedaleado a contrarreloj desde la biblioteca de Manhattan en cuanto se cortó la llamada. Sus ojos se clavaron de inmediato en el despliegue de guardaespaldas de Marcos y luego en la figura de Jacob Fernández.
—¡ Richard ! —exclamó Cristine, levantándose de la mesa de golpe.
El informático de veinte años ignoró el cansancio. Esquivó a uno de los hombres de traje oscuro con un movimiento rápido y se plantó justo al lado de su padre, encarando al imponente CEO de Vanguard Textiles. Sus gafas de montura fina se habían deslizado un poco por la nariz, pero su mirada destilaba un veneno protector absoluto.
—Tú eres Fernández, ¿verdad? —soltó Richard, apuntándole directamente al pecho con un dedo tembloroso por la adrenalina—. Escúchame con atención, ricachón. Sé exactamente quién eres, sé cómo rastrear los servidores encriptados de tu multinacional y tengo acceso a los historiales financieros de Vanguard Textiles que tu consejo de administración ni siquiera imagina.
Jacob entornó sus ojos claros, sorprendido por la audacia del estudiante de informática, mientras Marcos hacía un amago sutil de avanzar para apartarlo, pero Jacob le hizo una señal imperceptible con la mano para que se detuviera.
—Si mi hermana decide aceptar esa boda de locos para salvar la cafetería de mis padres, vas a cumplir cada una de las cláusulas de seguridad —amenazó Richard con una voz que vibraba de pura determinación justa—. Pero si a Cristine le pasa algo bajo tu techo, si ese tal Mikel o tu ex-novia Sara se acercan a ella, o si tú intentas propasarte usando ese estatus de marido de mentira... te juro por los códigos de la NYU que hundo los servidores de tu imperio textil antes de que abra la bolsa mañana por la mañana. Te borraré de la red, Fernández. No juegues con mi hermana.
Un silencio sepulcral cayó sobre el local. Austin colocó una mano firme en el hombro de su hijo menor, orgulloso de su valentía, mientras Cristine miraba a su hermano con los ojos anegados en lágrimas, desbordada por el amor de su sangre.
Jacob miró al "informático justiciero" durante unos largos segundos. Lejos de enfurecerse, una sombra de fría admiración cruzó sus facciones esculpidas.
—Tienes agallas, chaval. Pero te aseguro que tu hermana estará más segura en mi ático de Manhattan que en cualquier rincón de Queens ahora que Sara y Mikel buscan venganza. No he venido a hacerle daño. He venido a proponer un negocio de supervivencia mutua.
Cristine dio un paso al frente, apartándose sutilmente de la protección de su padre y de su hermano. Miró el documento sobre la mesa, la alianza de plata en su propio dedo anular y luego clavó sus ojos marrones en la intensidad de la mirada clara de Jacob. Sabía que si se quedaba en Queens, el escándalo de la prensa de sociedad perseguiría a sus padres, Mikel seguiría acosándolos y su hermano Richard podría meterse en un lío legal por intentar defenderla. La diseñadora junior que llevaba dentro entendió que el error de Las Vegas la había lanzado a los leones, y que la única forma de domar a las fieras era entrar en su territorio.
—Voy a firmar, papá —anunció Cristine con una firmeza que sorprendió a todos en la cafetería.
—¡Cristine, no! ¡No tienes por qué hacerlo! —protestó Austin, tomándola del brazo.
—Tengo que hacerlo, papá —respondió ella, mirándolo con un amor inmenso—. Por ti, por mamá y por el futuro de Richard. Es solo un contrato de convivencia forzada. Seguiré las reglas del juego frente a la prensa, haré mi trabajo como diseñadora en Vanguard Textiles y, en cuanto las acciones se estabilicen, nos divorciaremos de mutuo acuerdo. Estaré bien, os lo prometo.
Cristine tomó el bolígrafo y estampó su firma con decisión en el documento confidencial de Jacob. Luego, miró al millonario directamente a los ojos.
—Iré contigo a Manhattan, señor Fernández. Pero mis padres y mi hermano Richard no van a recibir ni un solo dólar de tu dinero de beneficencia. Ellos mantienen su dignidad intacta. Deja que recoja mi maleta.
Jacob asintió rígidamente, guardando los papeles en su carpeta, sintiendo que la joven de Queens acababa de demostrar una entereza que ninguna de las mujeres de la alta sociedad poseía. Veinte minutos después, el convoy de berlinas negras se alejaba a toda velocidad rumbo a los rascacielos de Manhattan, dejando atrás el barrio obrero. Sentada en el asiento trasero junto a la imponente y silenciosa presencia de su nuevo "esposo", Cristine Gómez contemplaba cómo el puente de Queensboro se abría paso hacia la gran manzana, iniciando formalmente las reglas de una convivencia obligatoria bajo el mismo techo donde los hilos del orgullo y de una pasión secreta e intensa comenzarían a devorar sus vidas para siempre.