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El precio de desafiar al heredero

El precio de desafiar al heredero

Status: Terminada
Popularitas:4.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

Todos obedecen a Sebastián Mendoza.
Todos menos su prometida.
Emilia Velasco nunca pidió formar parte del acuerdo que unió a dos de las familias más poderosas de México. Mucho menos vivir con Sebastián: el heredero frío, implacable y peligrosamente atractivo que parece capaz de descubrir cada una de sus mentiras con solo mirarla.
Él le impone tres reglas.
Emilia convierte romperlas en su pasatiempo favorito.
Pero desafiar a Sebastián tiene consecuencias. Sus advertencias pronto se transforman en castigos demasiado íntimos para olvidar y en una tensión que ninguno de los dos está dispuesto a reconocer.
Lo desconcertante no es su autoridad.
Es lo que ocurre después.
Porque el mismo hombre que la obliga a enfrentar las consecuencias de sus actos también se arrodilla para atarle los zapatos, cura cada una de sus heridas y pasa la noche despierto cuando ella tiene miedo.
Emilia cree que Sebastián solo desea controlarla, hasta que descubre su secreto: él es XL, el admirador anónimo que lleva años comprando sus obras y protegiendo su carrera desde las sombras.
Sebastián no aceptó el compromiso por obedecer a su familia.
Llevaba años esperándola.
Ahora, una conspiración relacionada con la muerte de la madre de Emilia amenaza con destruir todo lo que ambos intentan construir. Y el hombre al que todos temen está dispuesto a incendiar su propio imperio antes de permitir que vuelvan a lastimarla.
Emilia tendrá que decidir si quiere seguir desafiando al heredero…
o confiar en el único hombre que la eligió mucho antes de que ella pudiera elegirlo a él.

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Capítulo 3

El departamento estaba en el piso dieciocho de una torre de cristal en Santa Fe. Emilia dejó la maleta en la entrada y miró el recibidor: piso de mármol gris, un arreglo de orquídeas blancas sobre la consola y un silencio que olía a limpio.

—Bienvenida, señorita Emilia —dijo una mujer desde el pasillo. Cabello recogido en un chongo bajo, uniforme gris impecable, sonrisa amable pero contenida—. Soy Rosa. Me encargo de la casa.

—Mucho gusto, Doña Rosa.

—Su habitación está al fondo del pasillo derecho. El joven Sebastián preparó todo para su llegada.

—Gracias, Doña Rosa. ¿Él está…?

—El joven Sebastián sale a las siete de la mañana y regresa después de las nueve. Los fines de semana varía. —Doña Rosa le entregó una tarjeta con números impresos—. Este es el contacto de Sergio, el chofer. Él la lleva a la academia y la recoge. Si necesita cualquier cosa fuera de horario, puede marcarme a mí.

—No necesito chofer, de verdad. Puedo tomar el metro.

Doña Rosa la miró como si hubiera dicho que pensaba volar a la academia con alas de cartón.

—El joven Sebastián dejó instrucciones, señorita. Sergio la llevará.

Emilia guardó la tarjeta. No tenía caso discutir con instrucciones que ya habían sido emitidas — estaba aprendiendo eso rápido.

Arrastró la maleta por el pasillo. Su habitación era el doble de grande que su cuarto en los dormitorios de la academia. Cama king size con sábanas blancas de algodón egipcio, un escritorio junto al ventanal con vista a la ciudad, y un baño con tina que parecía sacada de una revista.

Abrió el closet. Vacío, esperando su ropa. Pero en la repisa del baño encontró su shampoo — no uno parecido, el mismo. La marca exacta que compraba en una farmacia cerca de la ANBA, el de coco sin sulfatos que ninguna tienda departamental vendía. Junto a él, su crema hidratante. Su cepillo de dientes eléctrico, el modelo viejo que usaba desde segundo semestre. Su pasta dental de menta, la de la caja verde.

Emilia se quedó mirando la repisa.

¿Cómo sabía Sebastián Mendoza qué shampoo usaba?

Abrió los cajones de la mesita de noche. Un cargador compatible con su celular. Una bolsa de gomitas de mango — su dulce favorito, el que solo compraba en el puesto de la esquina de la academia. Una almohada extra, firme, exactamente como le gustaban.

Cada detalle era correcto. No aproximado — correcto. Como si alguien hubiera estudiado su vida diaria con la precisión de una auditoría.

Sacó el celular y le escribió a Daniela.

**Emilia**: Amiga, me acabo de mudar al departamento de Sebastián. Tiene mi shampoo exacto en el baño.

**Daniela**: ¿¿El de coco que huele raro??

**Emilia**: Ese.

**Daniela**: Amiga. Eso es o muy romántico o muy perturbador. Todavía no decido.

**Emilia**: Yo tampoco.

Dejó el celular y fue a explorar el resto del departamento. Cocina abierta con barra de granito, electrodomésticos que parecían nuevos, una cafetera italiana que ella no sabría usar. Sala con dos sillones de piel y una chimenea eléctrica. Una terraza con macetas de lavanda. Y al final del pasillo izquierdo — el lado de Sebastián — una puerta cerrada.

No la abrió. Pero se quedó un momento frente a la puerta, escuchando. Silencio. Olor a cedro frío, el mismo del Phantom, filtrándose por la rendija.

Se alejó.

El estudio que Doña Rosa le mostró al final del tour tenía una mesa de trabajo de madera maciza, un banco ajustable y una lámpara articulada de luz blanca. Emilia pasó los dedos por la superficie — lisa, sin barnizar, perfecta para tallar sin miedo a rayar nada. En la pared, un estante vacío con ganchos para herramientas.

No era un estudio genérico. Era un taller. Alguien lo había diseñado para que ella pudiera tallar ahí.

Doña Rosa le sirvió la cena a las ocho en punto. Sopa de tortilla, agua de jamaica, pan dulce para el postre. Emilia comió sola. Sebastián no llegó.

—¿El joven Sebastián cena aquí? —preguntó, intentando que sonara casual.

—Normalmente sí. Hoy tuvo una junta que se extendió. Me pidió que le dijera que no lo espere.

Emilia asintió. No era decepción lo que sintió — era alivio. ¿O no? Cenó el pan dulce frente al ventanal, mirando las luces de Santa Fe como constelaciones desordenadas a sus pies.

Se lavó los dientes con su pasta de menta, se puso la pijama y se metió a la cama. No pudo dormir. El departamento era demasiado silencioso, demasiado nuevo, demasiado perfecto. Olía a detergente de lavanda y a nada más — ningún rastro humano, ningún desorden. Como un hotel caro con un solo huésped.

A las once se rindió. Salió de la habitación en pijama y pantuflas, con el pelo suelto, y fue a la cocina por un vaso de agua.

Sebastián estaba sentado en el sillón de la sala con la laptop sobre las piernas. Sin corbata, las mangas de la camisa enrolladas hasta los codos, el primer botón desabrochado. La luz de la pantalla le iluminaba los pómulos y la mandíbula desde abajo.

Emilia se detuvo a medio pasillo.

No lo había visto así antes. En Monte Norte había sido una presencia de autoridad con traje negro. En la cena con los abuelos, formalidad impecable. Pero aquí, a las once de la noche, con los antebrazos descubiertos y el pelo ligeramente desordenado, parecía — solo parecía — un hombre normal.

—No puedes dormir —dijo sin levantar la vista.

No era una pregunta.

—No —admitió Emilia—. Es la cama. Es demasiado…

—¿Dura? ¿Suave?

—Perfecta. —Se acercó a la barra de la cocina—. Es raro dormir en una cama perfecta.

Sebastián cerró la laptop. Se levantó sin hacer ruido — se movía como alguien acostumbrado a no alertar a nadie de su presencia — y fue a la cocina. Abrió el refrigerador. Sacó un limón, miel de abeja, un vaso.

Emilia lo observó preparar el agua. Cortó el limón por la mitad, lo exprimió a mano, añadió una cucharada de miel y agua del garrafón. Lo revolvió con una cuchara y se lo puso enfrente.

—Prueba.

Emilia tomó el vaso. Estaba frío. Dio un trago.

Estaba perfecto. Exactamente como le gustaba — no demasiado dulce, no demasiado ácido, con la cantidad justa de miel que ella misma habría puesto.

Lo miró.

—¿Cómo sabes cómo me gusta?

Sebastián se recargó en la barra. Cruzó los brazos. La manga enrollada se tensó sobre sus antebrazos.

—Mañana tienes clase temprano —dijo, ignorando la pregunta—. Ve a dormir.

—No me contestaste.

—No era una pregunta que necesitara respuesta esta noche. —La miró. Los ojos oscuros como obsidiana, fijos, sin parpadear—. Ve a dormir, Emilia.

Algo en su voz — no la autoridad, sino el modo en que pronunció su nombre, con la ele suave y la última sílaba apenas marcada — hizo que Emilia dejara el vaso en la barra. Se dio la vuelta. Caminó por el pasillo. Entró a su habitación. Se metió a la cama.

Y solo cuando apoyó la cabeza en la almohada perfecta se dio cuenta de lo que había hecho: obedecer. Sin pensarlo. Sin cuestionarlo.

¿Desde cuándo Emilia Velasco obedecía así?

En la sala, Sebastián no había vuelto a abrir la laptop. Miraba el vaso que ella había dejado en la barra — la marca de sus labios en el borde — con una expresión que nadie en el mundo habría sabido leer.

1
Mirta Bernaccki
no entiendo bien. ambos padres decidieron por ellos a casarlos y de pronto están viviendo en el mismo techo, q paso con Beatriz y Patricia? media descabellada está novela. leo un poco más pero creo q la corto. no entiendo está trama rara
Gladys Medina
me disculpan pero no entiendo porque tiene que pegarle como si fuera una niña y el su papá, me lo podría alguien explicar por favor
Gladys Medina
que me disculpe la escritora pero todavía no entiendo la novela ni la actitud de Emilia no se la leo pero sigo en las nebulosas, hay cosas que no me cuadran, logico, no escribe solo para mi pero no sé
Gladys Medina
no entiendo, porque se fue a vivir con el, no se han casado, que paso quede en las nebulosas sinceramente, me salte alguna hoja, Dios
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