La Joven Amante del Lycano
Clara solo tenía dieciocho años cuando conoció al hombre que cambiaría su destino.
Sebastián era siete años mayor, atractivo, elegante y dueño de un encanto imposible de ignorar. Todo en él parecía perfecto: su sonrisa, sus atenciones y la forma en que la hacía sentir la única mujer del mundo.
Lo que Clara no sabía era que, desde el primer día, él le ocultaba el secreto más importante de su vida.
Mientras ella se enamora perdidamente, Sebastián observa, calcula y nunca deja nada al azar. Para él, perder a Clara no es una opción. Y cuando descubre cuál es la única cosa capaz de alejarla para siempre, decide adelantarse a su destino... aunque tenga que atarla a él de la forma más irreversible.
Pero Sebastián no es un hombre cualquiera.
Es un lycano.
Y cuando un lycano decide que alguien le pertenece, no acepta un "no" como respuesta.
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La jaula insonorizada
Clara desbloqueó el teléfono.
*"Mi princesa. ¿Ya estás instalada? Muéstrame fotos de tu habitación junto con tus compañeras. Debes estar emocionada. Dime, ¿te hace falta algo?"*
Clara se sentó en la cama y empezó a escribir. Le contó todo. El error administrativo. La angustia de su padre. La habitación 404 que no existía. Y cómo el destino, o la suerte, la había puesto en una habitación individual en el primer piso, con baño privado.
La respuesta de Sebastián tardó menos de un minuto.
*"Oh, vaya. Pero… ¿no estará muy pequeña? ¿Está debajo de una escalera? Clara, eso no es como tratarte de forma discriminatoria. No me gusta que te tengan ahí."*
Clara tecleó rápido, tratando de consolarlo.
*"No, Sebas, de verdad. Es pequeña pero tiene baño privado. Es un paraíso comparado con tener que hacer fila."*
*"No estaré tranquilo hasta que no vea la habitación yo mismo."*
Clara miró hacia la puerta. El pasillo seguía lleno de ruido. Padres cargando cajas, chicas gritando, maletas rodando.
*"Hay muchos familiares viniendo y yendo. Nadie notará nada. Te espero en media hora."*
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Treinta minutos después, Clara caminaba por el pasillo del primer piso, guiando a Sebastián hacia su puerta.
El caos del edificio los cubría como un manto. Nadie miraba a nadie. Todos estaban ocupados armando camas, colgando pósters, despidiéndose. Que Clara viniera con un hombre mayor, bien vestido, a mostrarle su nueva habitación, era la cosa menos extraña del mundo ese día.
Cuando Clara abrió la puerta y lo dejó pasar, Sebastián entró.
Miró el techo inclinado donde empezaba la escalera. Miró las paredes estrechas. Frunció la nariz.
—Es pequeña. Y está debajo de una escalera. Pareciera que… no sé. Esto me recuerda a un libro de un niño brujo que vivía debajo de una escalera siendo maltratado por sus tíos.
Clara rió, cerrando la puerta.
—No, a mí nadie me maltrata. Además, ese niño no tenía cama, escritorio y un baño privado. ¿Te imaginas? Un baño privado, Sebastián. En esta residencia viven cientos de mujeres. Hay que tomarse turnos. Hay que esperar. En cambio, este baño es mío. Junto con una ducha. Es el paraíso.
Sebastián la miró.
La vio tan emocionada. Tan ingenua. Tan agradecida por las sobras de un sistema que él mismo había manipulado.
Se acercó a ella. Le puso las manos en la cintura. La atrajo hacia su pecho.
—Me encantaría probar esa ducha —dijo, con voz ronca, bajando la mirada hacia sus labios—. Pero…
Miró la cama individual, arrugada por las maletas.
—Creo que me gustaría más probar la resistencia de esta cama.
Clara se ruborizó. El calor le subió por el cuello.
—Este… pero Sebastián… yo… mis padres acaban de irse… hay gente en el pasillo…
Sebastián se acercó a la puerta.
Giró el cerrolo.
Pasó el pestillo de seguridad.
Se giró hacia ella. La mirada oscura. Pesada. Llena de ese deseo que Clara ya conocía, ese deseo que la desarmaba y la hacía olvidar su propio nombre.
—¿Qué pasa, Clara? ¿No quieres que estemos juntos?
Clara lo miró.
Vio el deseo. Conoció la mirada. Y supo que no podía resistirse. Que no quería resistirse. Que complacerlo era la única forma de mantener esa luz encendida en los ojos de él.
—Está bien, Sebastián —susurró, acercándose a él—. Yo también quiero estar contigo.
Empezó a besarlo.
Sebastián continuó el beso, tomándola de la cintura, llevándola hacia la cama pequeña.
Y tuvieron una tarde apasionada.
Sebastián se sentía eufórico. Más eufórico que nunca.
Porque lo estaba haciendo con Clara. En el dormitorio universitario. Donde había cientos de muchachas subiendo y bajando por las escaleras justo encima de sus cabezas. Donde el pasillo estaba lleno de gente.
Pero Sebastián sonrió contra el cuello de ella.
Porque él había mandado a un equipo de contratistas a "remodelar" la antigua habitación de la monitora tres semanas atrás, antes de que empezara el semestre. Había pagado el triple para que trabajaran de noche.
Había mandado insonorizar las paredes. Había mandado cambiar la puerta por una maciza con núcleo acústico. Había mandado sellar las rendijas.
Así que incluso si Clara gritara de placer. Incluso si llorara. Incluso si pedía ayuda.
Nadie, absolutamente nadie en los pisos superiores, escucharía nada.
Dado lo emocionante de la situación, Sebastián puso en práctica algunas de las cosas que habían perfeccionado en París. Cosas que requerían silencio. Cosas que requerían obediencia.
Clara, que ya conocía qué era lo que a Sebastián le gustaba, no objetó nada. Participó de forma muy activa. Anticipó sus movimientos. Se mordió los labios cuando él se lo pedía. Se entregó con la devoción de quien cree que está construyendo un templo, sin saber que está amueblando una celda.
Cuando terminaron, Clara estaba exhausta.
El viaje, la emoción, la tensión de la llegada, la pasión. Todo junto la había dejado sin fuerzas. Se acurrucó contra la pared, bajo la sábana, y se quedó dormida casi al instante.
Sebastián se vistió despacio.
Se abotonó la camisa. Se ajustó los puños.
Después se sentó en el borde de la cama y la observó.
El cabello desparramado. La respiración profunda. El lobo de plata brillando en la penumbra de la habitación sin luz.
Sebastián sonrió.
Una sonrisa ancha. Depredadora. Triunfante.
—Perfecto, Clara —murmuró en el silencio insonorizado de la habitación.
Le acarició la mejilla con el dorso de la mano.
—No puedes negarte a mí. Bajo ninguna circunstancia.
Se inclinó y le besó la frente.
Se levantó. Caminó hacia la puerta. Puso la mano en el cerrojo.
—Oficialmente, te acabas de graduar como mi amante perfecta.
Abrió la puerta.
Salió al pasillo ruidoso, lleno de familias y estudiantes.
Cerró la puerta con cuidado.
Y se perdió entre la multitud, dejando a su amante perfecta durmiendo en la jaula que él mismo había construido, bajo las escaleras, donde nadie podría escucharla.
Clara lleva 57 capítulos intentando descubrir dónde diablos está, y ahora resulta que está enamorada del licántropo que la secuestró. 😭
Pero le prometo algo: Sebastián todavía no ha mostrado todo lo que esconde. 👀
Y después de este comentario… me parece que usted va a querer matarme cuando lleguemos a los próximos capítulos. 😂🐺
Gracias por leer y por preocuparse tanto por Clara ❤️.