Elena Rossi lo dio todo por amor, solo para descubrir que su prometido y su media hermana no solo la engañaban, sino que planearon su trágica muerte para arrebatarle su herencia y su empresa. Sin embargo, el destino le otorga una segunda oportunidad: Elena despierta un año atrás en el tiempo, atrapada en su cuerpo real —lleno de curvas voluptuosas, caderas marcadas y una belleza sensual que antes ocultaba por inseguridad—. Esta vez, no habrá lágrimas; solo una fría y calculada venganza.
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Capítulo 1: El Último Aliento y el Despertar
El olor a antiséptico y el pitido sordo del monitor cardíaco eran los únicos testigos del crimen.
Elena intentó mover las manos, pero sus extremidades pesaban como si estuvieran hechas de plomo. A través de la penumbra de la habitación del hospital, la niebla de la anestesia comenzaba a disiparse, devolviéndole la conciencia de la forma más despiadada posible.
—Asegúrate de que la dosis parezca un fallo multiorgánico involuntario —murmuró una voz masculina suave, pero cargada de una frialdad venenosa. Era Julián. El hombre con el que Elena se casaría en tres meses. El hombre al que le había entregado no solo su corazón, sino también el control de la firma arquitectónica de su familia.
—Tranquilo, mi amor —respondió una voz agudamente familiar. Valeria, su media hermana, dejó escapar una risita ahogada—. Nadie sospechará nada. Todo el mundo cree que su corazón era débil por su peso. Cuando firme el testamento definitivo que preparamos, la gran Elena Rossi dejará de ser un obstáculo. Todo lo que era suyo será nuestro.
Elena quiso gritar. Quiso levantarse de la cama, sujetar a Valeria por el cuello y arrancarle la máscara de hermana piadosa. Quiso encarar a Julián y escupirle a la cara por cada promesa falsa. Pero su cuerpo no respondió. Sentía cómo el líquido helado penetraba por su vía intravenosa, deteniendo el ritmo de su corazón latido a latido.
El frío absoluto la envolvió. La oscuridad la devoró por completo con una sola promesa grabada a fuego en su alma antes de exhalar su último suspiro: Si existiera una justicia en este mundo, pagaría con sangre cada traición.
El dolor en el pecho cesó de golpe.
Elena abrió los ojos enojada, sofocada, con el corazón martilleándole el pecho a una velocidad frenética. Se sentó bruscamente en la cama, tomando una gran bocanada de aire fresco.
El entorno no era una habitación fría de hospital. La luz del sol matutino filtraba un tono dorado a través de cortinas de seda blanca. Estaba sobre una cama king size, rodeada de sábanas de hilo fino de algodón.
Se miró las manos. No había marcas de agujas. No había vías intravenosas.
Se levantó de un salto y corrió hacia el gran espejo de cuerpo entero al otro lado de la habitación. Al ver su reflejo, se llevó las manos a los labios en un gesto de absoluta estupefacción.
Estaba viva. Y no solo eso.
En el espejo no estaba la mujer demacrada y rota por el estrés que recordaba. Ante ella había una mujer despampanante de veinticuatro años. Tenía el cabello castaño cayendo en ondas tupidas sobre sus hombros, una piel lozana y dorada, y un cuerpo de curvas deslumbrantes. Sus pechos erguidos, su cintura definida y sus caderas anchas y voluptuosas formaban una silueta de reloj de arena llena de magnetismo y femineidad. Durante años, la manipuladora de Valeria le había hecho creer que su cuerpo era una imperfección que debía ocultar tras ropa holgada. Pero hoy, viéndose a sí misma, Elena solo veía fuerza y una sensualidad arrolladora.
Caminó temblorosa hacia la mesa de noche y tomó su teléfono móvil. La fecha en la pantalla la dejó sin aliento: 12 de marzo de 2025.
—Un año atrás... —susurró, con una lágrima solitaria recorriendo su mejilla antes de transformarse en una sonrisa afilada—. El destino me ha devuelto el tiempo.
El calendario le indicaba que era el día exacto en que la junta directiva de su empresa familiar votaría sobre la cesión de poderes ejecutivos a Julián. En su vida anterior, ella había cedido ingenuamente.
Esta vez, la historia se escribiría con fuego.
Dos horas después, la puerta de la sala de juntas de Rossi Design se abrió de par en par.
Julián, impecablemente vestido con su traje a medida pero con esa sonrisa falsa que a Elena ahora le revolvía el estómago, detuvo su discurso. Junto a él, Valeria dio un pequeño respingo, acomodándose el vestido.
Elena entró a la sala desprendiendo un aura imperiosa. Llevaba un traje sastre verde esmeralda ajustado que marcaba la voluptuosidad de sus caderas y la firmeza de su postura. Cada paso de sus tacones resonaba como un tambor de guerra.
—Elena, querida —dijo Julián, tratando de disimular su molestia—. Llegaste tarde. Estábamos a punto de firmar la transferencia de la gestión de activos para liberar tu carga de trabajo...
—No habrá ninguna firma —interrumpió Elena. Su voz, firme y clara, reverberó en toda la habitación.
Valeria se levantó rápidamente con voz melosa.
—Elena, hermana, no entiendes de estas cosas de negocios. Sabes que el estrés no es bueno para ti...
Elena caminó directamente hacia la cabecera de la mesa, mirando a Valeria con una frialdad que hizo que la joven diera un paso atrás.
—Conozco esta empresa mejor que cualquiera en esta sala, Valeria. Fue fundada por mi padre, no por el tuyo. Y a partir de hoy, asumo la dirección general absoluta. Julián queda destituido de cualquier función ejecutiva.
Un murmullo recorrió a los miembros del directorio. Julián apretó los puños, la rabia cruzando sus ojos antes de recomponerse.
—Elena, no puedes hacer esto. No tienes el respaldo ni el capital para la reestructuración que la empresa necesita este trimestre —siseó él entre dientes al acercársele—. Sin un aliado fuerte, la empresa colapsará.
—¿Un aliado fuerte? —Elena sonrió con ironía, inclinándose levemente hacia él—. Tendré el aliado más poderoso de esta ciudad. Y tú no estarás aquí para verlo.
Sin darles tiempo a reaccionar, Elena dio media vuelta y salió de la sala con la frente en alto. Sabía que había dado el primer golpe, pero también sabía que necesitaba una cobertura impenetrable. Julián y Valeria eran peligrosos y desesperados. Necesitaba un poder contra el cual nadie en el país se atreviera a competir.
Y había un solo hombre que encajaba en esa descripción.
El edificio Valenti Holding se erguía en el centro financiero como un titán de cristal y acero.
Elena entró al despacho principal del último piso tras haber utilizado todos sus contactos para conseguir diez minutos de audiencia. El ambiente olía a madera de sándalo, cuero y café recién molido.
Sentado tras el enorme escritorio de caoba estaba él: Dante Valenti.
Elena contuvo el aliento por un milisegundo. Las descripciones de la prensa no le hacían justicia. Dante era la definición viviente de un Adonis terrenal: mandíbula marcada y masculina, cabello negro peinado hacia atrás y unos ojos grises tan penetrantes que parecían capaces de leer la mente. Los hombros anchos y el torso esculpido que se adivinaban bajo su traje de tres piezas respiraban una autoridad innata y peligrosa.
A su lado, en una cuna de diseño impecable, descansaba el pequeño Leo, un bebé de seis meses con cabello rizado que observaba a Elena con curiosidad infantil.
Dante no se levantó. Mantuvo su mirada fija en Elena, recorriendo con lentitud calculada desde su rostro decidido, bajando por su cuello largo hasta detenerse un instante en la silueta curvilínea y sugerente que su vestido no podía disimular.
—Señorita Rossi —la voz de Dante era un barítono profundo, rasposo y sensual que envió una descarga eléctrica por la columna de Elena—. Le quedan nueve minutos. Dígame por qué el hombre más ocupado de la ciudad debería escucharla.
Elena no se amedrentó. Avanzó con elegancia y se detuvo frente a su escritorio.
—Porque ambos tenemos necesidades urgentes que solo el otro puede resolver, Señor Valenti.
Dante arqueó una ceja, intrigado por el tono audaz de la mujer.
—Continúe.
—Sé que la junta de su corporación le exige estabilidad familiar para ratificar su puesto como CEO tras la trágica pérdida de su esposa. Necesita una esposa que no solo sea impecable socialmente, sino alguien que cuide de su hijo y sea incapaz de filtrar información a sus rivales.
Dante entrecerró los ojos, y una sombra peligrosa cruzó su rostro de escultura.
—Está pisando terreno peligroso, Elena.
—Y yo necesito el respaldo absoluto del nombre Valenti para destruir a quienes intentan robar mi legado —continuó ella sin dar un paso atrás—. Le propongo un matrimonio de conveniencia. Le daré mi lealtad absoluta, cuidaré de Leo como si fuera propio y mantendré su hogar impecable. A cambio, usted me dará su protección, su apellido y su poder.
El silencio reinó en la oficina. De pronto, el pequeño Leo comenzó a sollozar suavemente. Antes de que Dante pudiera moverse, Elena se acercó con delicadeza a la cuna. Con movimientos suaves e instintivos, tomó al pequeño en brazos y lo acunó contra su pecho. El bebé al instante dejó de llorar, recostando su cabecita sobre el suave hombro de Elena.
Dante observó la escena. Sus ojos grises se oscurecieron con una mezcla de sorpresa y un deseo repentino que no esperaba sentir. La visión de esa mujer de curvas majestuosas y mirada de fuego sosteniendo a su hijo con tanta ternura sacudió algo profundo en su interior.
Se levantó lentamente de su sillón, rodeando el escritorio hasta quedar a solo unos centímetros de Elena. Su presencia imponente y el calor que emanaba su cuerpo hicieron que el aire entre ambos se volviera denso, cargado de una tensión magnética e ineludible.
—Un matrimonio de conveniencia, ¿eh? —murmuró Dante, inclinándose levemente. Su aliento cálido rozó la oreja de Elena, haciendo que un escalofrío erótico recorriera la piel de la joven—. Si entra en mi vida, Señorita Rossi, debe saber algo: yo no hago nada a medias. Si es mi esposa, lo será en todos los sentidos cuando yo lo decida.
Elena alzó la mirada, sosteniendo el choque de sus ojos con valentía y una chispa de desafío.
—Acepto los términos, Dante.