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Renací para Coronar al Príncipe que Todos Dieron por Muerto

Renací para Coronar al Príncipe que Todos Dieron por Muerto

Status: Terminada
Genre:Reencarnación / Multi-reencarnación / Amor tras matrimonio / Época / El Ascenso de la Reina / Completas
Popularitas:92k
Nilai: 5
nombre de autor: Liora Valcendra

Morí anciana, después de gobernar el reino cincuenta años como reina regente: la mujer más poderosa que ha visto esta corte. Y desperté de golpe con dieciséis, el día en que el rey lee el decreto de mi boda.
Lo recuerdo todo. En mi vida pasada tomé a un sexto príncipe sin nombre ni futuro y, con mis propias manos, lo convertí en rey. Me pagó con la traición. Así que lo enterré y goberné en su lugar medio siglo.
Mi hermana Rosalía también renació. Y cree que el secreto de mi poder fue el hombre. Por eso corre a arrodillarse ante el rey para quedárselo.
Pobre tonta. Nunca entendió nada. Al trono no lo hizo el príncipe. Lo hice yo.
A mí me casan con Adrián, el cuarto príncipe: el favorito del rey, envenenado en secreto por la reina, agonizando mientras toda la corte espera la noticia de su muerte. Me miran con lástima, como si me mandaran a un entierro.
No saben que acaban de entregar al príncipe moribundo a la única persona capaz de salvarlo. Sé de medicina. Sé de venenos. Y esta vez no pienso levantar a un traidor: voy a coronar al hombre que todos dieron por muerto.
Quédate con tu príncipe, hermana. Yo hago reyes.

NovelToon tiene autorización de Liora Valcendra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3

Capítulo 3 — El brasero

El día de mi boda, el palacio del cuarto príncipe me recibe como si me recibiera una tumba.

Hay ruido en las calles: tambores, gentío, la comitiva de las dos hijas de los Montenegro casándose el mismo día. Pero todo ese bullicio se queda fuera. En cuanto mi palanquín se detiene delante del portón del palacio de Adrián, el ruido se apaga de golpe y solo queda el frío.

No hay música. No hay flores. No hay alfombra. No hay novio que salga a recibir a la novia, porque el novio se muere en una cama y no puede ni levantarse. La reina, que organizó esta boda “para no perturbar el reposo del príncipe”, apenas invitó a un puñado de personas. El portón de un palacio real, el día de una boda, y no se ve ni rastro de alegría.

Bajo del palanquín con el vestido de novia, de color marfil, arrastrando por el suelo. Bajo el velo solo alcanzo a ver las losas grises bajo mis pies. Ni siquiera una alfombra.

Sonrío por dentro. El mensaje de la reina no puede ser más claro: para ella esto no es una boda, es un entierro doble. Un príncipe moribundo casado con una esposa a la que también da por muerta. Que los despachen rápido y sin gastar de más.

—Despacio, mi señora —murmura Amaya, sosteniéndome el brazo.

Entre ella y Nube me guían hacia la entrada del salón principal. Detrás vienen mis cuatro damas de honor, calladas, sin una sola sonrisa.

Y entonces, delante de la puerta del salón, lo veo.

Un brasero enorme, más ancho que dos brazos y casi tan largo como una persona tumbada. Encima, una plancha de hierro al rojo vivo, echando humo. A los lados, seis ayas de cara agria, esperándome como cuervos.

Una de ellas, envuelta en una capa fina y cara, levanta la barbilla. Es Rufina, el ama de llaves que la reina puso en esta casa.

—La señora princesa hará el favor de pasar por encima del brasero —dice, con una sonrisita—. Es la costumbre: cruzar el fuego espanta la mala suerte y aleja lo nefasto. Le hará bien a la salud del príncipe. Descálcese, mi señora, y pase por encima del hierro. Solo así habrá entrado de verdad en este palacio.

Amaya mira la plancha, que echa humo, y frunce el ceño.

—¿Está de broma esta ama? —dice, entrecerrando los ojos—. Una plancha de este tamaño, al rojo vivo. ¿Quién puede cruzar eso? ¿Se cree que mi señora camina sobre el fuego como una santa?

—Si no puede cruzarla, que la pise —contesta Rufina, sin perder la sonrisa—. Es la costumbre. Nadie está exento.

—¡Qué ama más malvada! —Amaya se pone las manos en la cintura y da un paso al frente—. Una plancha de hierro ardiendo, y usted quiere que mi señora la pise con finos zapatos de raso. ¿La quiere dejar lisiada de por vida el mismo día de su boda? ¿A que usted no se atreve a caminar por encima? ¡Suba usted primero y enséñenos!

—¡Insolente! —grita otra de las ayas—. Cumplimos órdenes de la reina en persona. ¿Y una criada de tres al cuarto se atreve a levantarnos la voz?

—Las insolentes son ustedes —replica Amaya, sin arrugarse—. Si tan fácil es, que una suba y me lo demuestre. Solo eso pido: enséñenme cómo se cruza un brasero de este tamaño.

—¿Se casa la señorita Montenegro o se casa la criada? —escupe Rufina—. La señora no ha abierto la boca y la sirvienta habla por las dos. ¿Ahora mandan las criadas en el palacio del príncipe?

—Será hija adoptiva, pero es la señora, y esta criada quiere pisarle la cabeza —añade una tercera.

—¡El hierro se cruza hoy, quiera o no quiera!

—¡Y si no, cuando la reina se entere, lo va a pagar caro!

Todas saben lo que soy: la hija adoptiva de los Montenegro, la que perdió el favor de la casa en cuanto llegó la hija legítima, la que se casa con un príncipe agonizante y odiado por la reina. Sin familia que la respalde, sin nadie detrás. Por eso Rufina se atreve a pavonearse así.

Lástima que yo no piense consentírselo.

Llevo todo este rato callada. Ahora doy un paso hacia Rufina, tranquila, y hasta le sonrío, como si le agradeciera la molestia.

—Esta boda me la concedió el rey en persona —digo—. Y dicen que mi esposo está delicado, que necesita a alguien que lo cuide de cerca, día y noche. Si hoy me quemo los pies cruzando tu hierro, dime, ¿cómo voy a cuidar de mi marido mañana? La reina es madre de todo el reino; seguro que sabrá entender el buen corazón de esta nueva esposa. A no ser, claro, que ustedes, un puñado de criadas, estén usando su nombre para hacerme la vida imposible por cuenta propia.

A Rufina se le tensa la cara.

—Vaya lengua tiene la princesa —dice, con una risa fría—. Pero el hierro lo cruza igual.

Lleva veinte años sirviendo a la reina. Ni las damas de la corte se atreven a contrariarla. Que una hija adoptiva sin poder la deje en ridículo delante de todos es algo que no puede tragar.

—Está bien —digo, con toda la calma del mundo—. Entonces que Rufina me haga la demostración. —Miro a Nube—. Nube. Acompaña al ama Rufina y ayúdala a pasar por encima de la plancha.

—Sí.

A Rufina se le va el color. Retrocede unos pasos.

—¿Q-qué…? ¿Se atreven?

Nube no espera. En dos zancadas está junto a ella, la agarra de los hombros con una fuerza que no admite discusión, la lleva hasta el brasero y, entre los alaridos de la vieja, la echa de bruces sobre la plancha al rojo.

El chillido raja el aire. Y con él, ese sonido —chsss— que hiela la sangre. Huele a tela quemada, a piel quemada. Rufina patalea, se retuerce, aúlla. Las dos criadas que sostenían la plancha la sueltan y se apartan blancas del susto. Ninguna de las otras ayas se atreve a moverse.

Dejo que grite un momento. Después hago un gesto y Nube la suelta. Rufina cae al suelo hecha un ovillo, abrazándose los pies, que echan humo, gimiendo como un animal.

—¡H-hay que… avisar a alguien! —balbucea una de las ayas, mirando hacia la salida.

—¿Quién se atreve? —Amaya se planta delante de ellas de un salto y se vuelve hacia las criadas que ya empezaban a moverse—. La que dé un solo paso fuera de aquí acaba como Rufina.

Ahora todas lo entienden: mis dos guardianas no son criadas cualquiera. Nadie mueve un pie. Nadie respira.

Al rato, Nube vuelve arrastrando de un brazo a un hombre de mediana edad.

—¿Eres tú el mayordomo del palacio? —le pregunta.

—S-sí… Señora princesa… —El hombre está lívido, tiembla, me hace una reverencia atropellada—. Todo esto ha sido cosa del ama Rufina, una criada que se ha excedido. El príncipe no sabe nada; el rey, tampoco. La señora puede castigarla como guste, pero… ¡pero su boda con el cuarto príncipe es un decreto del rey, no se puede tomar a la ligera!

Desde debajo del velo dejo salir mi voz, dulce y tranquila.

—Entonces, ¿todavía tengo que cruzar el brasero?

—No… no, señora, no hace falta… —Traga saliva y ordena enseguida que se lleven el brasero—. Pase, princesa, por favor.

Cruzo el umbral. El salón de las ceremonias está vacío. No hay nadie con quien inclinarme, ningún esposo con quien hacer las reverencias de la boda.

—Señora —dice el mayordomo, pálido—, el príncipe está muy débil, me temo que hoy no podrá celebrarse la ceremonia…

—Llévame a los aposentos del príncipe.

—¿Señora?

—Llévame a los aposentos del príncipe. —La ceremonia me da igual—. Ya que estoy aquí, lo primero es ver la cara de mi marido.

El hombre duda, pero la mano de Nube lo sujeta con fuerza y un vistazo a Rufina, todavía en el suelo, le quita las ganas de discutir. Asiente.

—Sí. Por aquí, señora.

El palacio es grande, lujoso, lleno de pabellones, jardines y estanques. Pero por debajo de tanto lujo se respira otra cosa.

La vieja que barre el patio. El criado que finge podar un árbol seco. Las damas que van y vienen sin motivo. Los guardias que patrullan cada jardín. Y, escondidos, los que no se ven: detrás de las rocas, en los tejados, entre las ramas. Decenas de ojos que se posan en mí, midiendo a la nueva esposa. Hasta el mayordomo que me guía puede ser uno más de ellos.

Voy entendiendo la situación del dueño de este palacio: vive vigilado día y noche por espías que ni siquiera sabe cuántos son ni de parte de quién. Con razón no se cura. Con razón se muere despacio.

—Hemos llegado, señora. —El mayordomo se detiene y se inclina—. Estos son los aposentos del príncipe, en el Ala de Poniente. Guarda cama desde hace años; por eso no ha podido levantarse. Le ruego que lo comprenda.

—Gracias. Entro sola. Puedes retirarte.

Se inclina y se va casi corriendo.

Cruzo un pequeño puente de piedra hacia sus aposentos. No hay nadie; ni una señal de que hoy sea día de boda. En la puerta, dos guardias, uno a cada lado, me miran con desconfianza. Cuando voy a entrar, los dos levantan la mano a la vez.

—El príncipe está muy enfermo y necesita reposo. Nadie puede molestarlo.

—Yo no soy “nadie” —digo con suavidad—. Soy la esposa que el príncipe acaba de tomar.

Los dos se miran. Niegan con la cabeza igual.

Suspiro. Saco un frasquito del bolsillo que llevo a la cintura, lo destapo y lo agito una vez ante sus rostros. Un olor dulce y pesado se extiende en el aire. Los dos guardias apenas alcanzan a fruncir el ceño; antes de que puedan gritar, se desploman, blandos, sobre las losas.

—Amaya. Apártalos de la puerta.

—Sí.

Y entro.

1
Maria Cantillo
bueno ya logro tiemp9🤭🤭🤭
Maria Cantillo
vaya sorpresa
Rose M
Felicidades!!
Olga Perez
así son muchos papás es que lo sabía , pero no podía hacer nada . se hacen güeros.
Olga Perez
nunca falta un roto para un descocido
Olga Perez
el mejor consejo jajaja jajaja jajajaja jajajaja
Maria Cantillo
Aquí comienza el ascenso de un joven moribundo y ojalá tengan poder para meterla presa y hacer justicia
Maria Cantillo
bueno excelente actitud para comenzar está novela aquí vamos por la vida de un futuro 👑
Pao
Excelente historia, 100% recomendada te mantiene entretenida de principio a fin, me encanto 😍
Pao
Hermosa historia no han regalado 😍
Pao
Ya lo sospechaba es ella Isabela😭
Pao
Lo que faltaba, recordo su primera vida en la que fue el rey y esposa de isabela
Pao
Esta princesa es la mera bestia 🤭 es la manda
Juany Barrientos
sospecho que Isabel es una princesa de Solterra
marb
está si es una mujer empodera carajo, la versión 2.0😂😈
marb
madre mía, q mujer, aquí estoy aprendiendo el arte de la guerra 😂🔱
marb
q miedo me da está mujer 😂
menos mal q no estoy en su lista negra 😂😂
Clotilde Diaz Chavez
Excelente historia de época, gŕacias escritora..!! Me gustó mucho los personajes de Isabela y Adrian.
Elba Lucia Gomez
linda y juguetona sta historia felicidades escritora🌟👏
Arely Vazquez
excelente novela!!!!
ampliamente recomendada
una verdaera joya!!!!👌🏻
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