A sus veintiocho años, Valeria Montero tiene todo bajo control: una de las empresas más poderosas de Puerto Reyes, una reputación impecable y una vida en la que no hay espacio para cometer errores.
Santiago del Río es la única excepción.
Llegó a la casa de los Montero cuando era niño, bajo la tutela legal de Doña Carmen. Valeria lo protegió, lo acompañó durante sus peores años y se convirtió en la persona más importante de su vida.
Pero Santiago creció.
La noche en que cumple dieciocho años, la besa y le confiesa una verdad que Valeria no está preparada para escuchar: nunca la ha visto como una hermana y no piensa seguir fingiendo.
Él es diez años menor. Ella es la directora de un imperio empresarial. Una relación entre ambos podría destruir su reputación y convertirlos en el centro de un escándalo. Valeria intenta alejarse, pero Santiago está decidido a demostrarle que ya no es el niño que llegó herido a su casa.
Justo cuando ella comienza a aceptar lo que siente, Héctor Navarro aparece y revela que Santiago es su nieto y el heredero perdido de la familia Navarro. También le cuenta algo peor: una antigua maldición corre por la sangre de los hombres de su familia, y Héctor puede utilizarla para acabar con la vida de Santiago.
Para salvarlo, Valeria deberá conseguir que se marche con él.
Así que le dice la mentira más cruel que puede inventar: que lo cambió por un terreno.
Tres años después, Santiago regresa convertido en el nuevo heredero del imperio Navarro. Es frío, poderoso y está dispuesto a castigar a la mujer que destrozó su vida.
Lo que todavía no sabe es que Valeria nunca dejó de amarlo.
Mientras él planeaba su venganza, ella pasó tres años buscando una forma de romper la maldición y traerlo de vuelta.
Ahora Santiago tendrá que decidir qué es más fuerte: el odio que lo mantuvo vivo o la obsesión que nunca consiguió olvidar.
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Capítulo 16
# Capítulo 16: Celos
Santiago
La abuela organizó otra cena.
Y Rodrigo Torres estaba ahí. Sentado frente a Vale, con una taza de café en la mano y esa sonrisa de santo que me daba ganas de partirle la cara.
Llegué sin avisar. Había salido tarde de la universidad y pensaba cenar en casa, pero un mensaje de Vale —cuatro segundos de audio, con la voz suave, diciendo "Santi, ven con la abuela"— me hizo cambiar de rumbo.
No avisé a nadie. Crucé Puerto Reyes en veinte minutos, pensando en una sola cosa: llegar antes de que la cena terminara.
Entré al comedor de la abuela y lo primero que vi fue esto: Vale riéndose con él. Compartiendo una broma. Él inclinándose hacia ella con esa cortesía impecable que tiene, y la abuela mirándolos desde la cabecera con una expresión de satisfacción que me revolvió el estómago.
—Abuela —dije.
No saludé a Vale. No la miré.
Ella se volteó, sorprendida.
—¿Santi? ¿Qué haces aquí? Pensé que cenarías en casa...
Me senté a su lado. Solo entonces la miré.
—Te extrañaba —dije. Claro. Directo. Delante de todos—. Así que vine.
Vi cómo se le coloreaban las mejillas. Vi cómo Rodrigo Torres se quedaba muy quieto. Vi cómo la abuela apretaba los labios.
Me pidieron un plato. No tenía hambre. Había comido en el campus, pero no importaba. No vine a comer.
Vale tenía cangrejo delante. Le gusta, pero le da pereza desmenuzarlo. Así que hice lo que siempre hago: se lo pelé.
Con calma. Con precisión. Separando la carne del caparazón, quitando las partes que no le gustan, poniéndolo todo en un plato limpio delante de ella con salsa de chile y limón al lado, como le gusta.
No le pregunté. No hizo falta. Diez años haciendo esto. Sé exactamente cómo le gusta cada cosa.
Vale comió. Feliz. Como una niña.
—¿Ya no más? —preguntó cuando terminé el segundo.
—No. Demasiado marisco te cae mal.
—Uno más.
—No, Vale. —Le puse un tazón de sopa caliente delante—. Esto.
Empujó el tazón. Yo lo empujé de vuelta. Me miró con los ojos entrecerrados. Le sostuve la mirada. Al final tomó la sopa, refunfuñando.
Rodrigo nos observaba con una expresión que no supe leer del todo. No era celos. Era algo peor: comprensión. Como si acabara de entender algo que no quería entender. Dejó la taza de té en la mesa con un gesto lento, controlado, y miró a otro lado.
Bien. Que mire a otro lado. Que entienda. Que sepa que hay cosas entre Vale y yo que ningún doctor con sonrisa de santo va a poder replicar.
La abuela miraba diferente. Ella no tenía comprensión en los ojos. Tenía cálculo. Miraba la escena como quien evalúa un problema nuevo, ajustando su estrategia en silencio.
Me daba igual. Que calcule lo que quiera. Yo estoy aquí.
Después de la cena, la abuela me pidió que me quedara.
—Siéntate, mijo.
Le dije que no me llamara mijo porque no soy su nieto, pero me senté. Quería irme. Quería ir detrás de Vale, que ya estaba en el coche esperándome. Pero algo en la mirada de la abuela me dijo que esto era importante. Que lo que venía después iba a doler.
Me puso un álbum delante. No de fotos. De hombres. Fichas completas: nombre, edad, patrimonio, familia, estudios. Como un catálogo de ganado fino.
—Estos son candidatos para tu hermana —dijo—. Hombres de buena familia. Educados. Con futuro.
Los miré.
Uno por uno.
El hijo de los Ortega. El heredero de los Cárdenas en la capital. Rodrigo Torres. Dos más que no conocía.
Cinco hombres perfectos. Con apellidos pesados, cuentas bancarias largas y familias que la abuela consideraba "a la altura."
Cinco hombres que querían a mi hermana.
Cinco hombres que no la conocen. Que no saben que duerme del lado izquierdo. Que no saben que odia el pulpo pero finge que no. Que no saben que se toca el pelo cuando miente y se muerde el labio cuando está nerviosa.
Sentí algo oscuro subir desde el fondo de mi pecho. Algo que no era tristeza ni enojo sino algo más antiguo, más animal. Un instinto de territorio. De propiedad. De "esto es mío y el que lo toque va a perder la mano."
Los miré uno por uno. Sus fotos. Sus logros. Sus sonrisas de catálogo. Hombres que tienen todo lo que yo no tengo.
—¿Para qué me enseñas esto? —pregunté. La voz me salió plana. Helada.
—Para que entiendas —dijo la abuela. Me miró con esos ojos que han visto de todo—. Ella necesita un hombre a su lado. Un igual. Alguien de su nivel.
Traduzco: no tú.
—Y necesito que tú entiendas tu lugar, mijo. Eres su hermano. Nada más. Nada menos.
Apreté los puños debajo de la mesa. Tan fuerte que las uñas me cortaron las palmas.
—¿Y si ella no quiere a ninguno de ellos? —dije.
—Aprenderá a querer. El amor no siempre llega primero. A veces llega después.
—No.
La abuela alzó las cejas.
—El amor no llega después —le dije—. El amor ya está. Solo necesita que lo dejen existir.
Silencio. Largo. Denso. El tipo de silencio que tiene peso.
La abuela me miró como se mira a un animal que acaba de mostrar los dientes. Con respeto. Y con miedo. Cerró el álbum. Lo empujó hacia mí, como si quisiera que lo tuviera, que lo estudiara, que aceptara la realidad.
No lo toqué.
—Piensa en lo que te dije, mijo —susurró—. Piénsalo bien.
En ese momento entró Vale. Me vio la cara. Vio el álbum. Lo agarró, lo abrió, y su expresión pasó de confusión a furia en medio segundo.
—¿Qué es esto? —preguntó.
—Tu catálogo de pretendientes —le dije.
Me miró. Le sostuve la mirada. Vi algo en sus ojos que me hizo sentir que no estaba solo en esto. Algo que decía: "Yo tampoco quiero a ninguno de ellos."
Vale cerró el álbum de golpe.
—Abuela, con todo respeto: no necesito que me busques marido. Y no necesito que le muestres esto a Santiago.
Se levantó. Me agarró del brazo.
—Nos vamos —dijo. Y su voz sonaba como la voz de la CEO. La voz que usa para cerrar negocios y despedir gente. La voz que no acepta réplica.
La seguí. No dije nada. No hacía falta. Vale había visto el catálogo. Había entendido. Y estaba furiosa.
En el coche, de camino a casa, no dijo una palabra. Manejaba con la mandíbula apretada y los ojos fijos en la carretera. Pero su mano izquierda no estaba en el volante. Estaba en mi muñeca. Me la agarró antes de arrancar y no me soltó en todo el camino.
Sus dedos estaban calientes. Apretaban con fuerza. Como si tuviera miedo de que alguien me llevara.
No dije nada. No hice nada. Solo me quedé ahí, sintiendo sus dedos en mi piel, con el corazón latiéndome tan fuerte que estoy seguro de que ella podía sentirlo en mi pulso.
Y eso fue suficiente.
La abuela movió sus piezas. El lobito mostró los dientes 🐺 Pero la verdadera guerra apenas empieza... Nos leemos mañana ❤️