Esta historia comienza con un humilde pescador y una joven que llega a la ciudad de Cartagena en busca de trabajo y de su madrina, con quien espera vivir después de perder a su madre. Un día, mientras recorre la playa buscando a su tía, una vendedora ambulante, se acerca al mar porque le encanta el agua. Deja su maleta por un momento en la orilla, pero una fuerte ola se la lleva. Sin pensarlo dos veces, entra al mar para recuperarla y sale con una elegancia que parece la de una verdadera sirena. Al verla, el pescador queda fascinado y desde ese día comienza a llamarla "Sirena Encantada
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Capítulo 20: La recepción frente al mar
Narrado por Cristian
Después de que el juez nos declaró marido y mujer y nos dimos nuestro primer beso como esposos, todos los invitados comenzaron a aplaudir con mucha alegría.
No tuvimos que ir a otro lugar para celebrar.
La recepción sería allí mismo, sobre la hermosa playa de Cartagena, frente al inmenso mar Caribe donde comenzó nuestra historia de amor.
El lugar había quedado espectacular.
Bajo varias carpas blancas habían acomodado mesas redondas cubiertas con manteles color marfil. En el centro de cada mesa había arreglos de rosas blancas, flores color crema y pequeñas velas dentro de faroles de cristal.
Guirnaldas de luces colgaban entre las palmeras y, cuando comenzó a caer la tarde, iluminaron toda la playa con un ambiente cálido y romántico.
Muy cerca de la pista de baile habían colocado una gran mesa con nuestro pastel de bodas. Era de tres pisos, completamente blanco, decorado con flores naturales y detalles inspirados en el mar.
También había una mesa llena de postres típicos costeños, cocadas, enyucados, alegrías, bolitas de tamarindo y dulces de coco.
El aroma de la comida era delicioso.
Sirvieron arroz con coco, pescado frito, pargo rojo, mojarra, camarones, patacones, ensalada fresca y limonada de coco bien fría.
Todos disfrutaban de la comida mientras sonaban canciones alegres.
Mi esposa no dejaba de sonreír.
Cada vez que la miraba con su vestido moviéndose con la brisa, recordaba el día en que salió del mar para recuperar su maleta.
Me acerqué a ella.
—¿Cómo te sentís, señora Morales?
Ella soltó una carcajada.
—Todavía me cuesta creer que ahora llevo tu apellido.
Tomé su mano y besé el anillo.
—A mí me encanta cómo suena.
En ese momento apareció Yurani con un micrófono en la mano.
—¡Buenas noches!
Todos voltearon a verla.
—Antes de que empiece la rumba, quiero decir unas palabras.
Yo ya sabía que algo iba a inventar.
—Mi hermanito siempre decía que iba a quedarse toda la vida vendiendo bocachicos.
Todos comenzaron a reír.
Ella continuó.
—Pero mírenlo ahora... ¡hasta esposa consiguió!
Las carcajadas se escucharon por toda la playa.
Me llevé una mano a la frente.
—Yurani, vos nunca cambiás.
Ella sonrió.
—Jamás.
Después levantó su copa.
—Quiero brindar por Cristian y Mileidis. Que nunca les falte el amor, el respeto y la felicidad.
Todos levantaron sus copas.
—¡Salud!
—¡Salud! —respondimos al mismo tiempo.
Mi papá, Jeico Morales, se acercó para abrazarme.
—Estoy orgulloso de vos, hijo.
Lo abracé con fuerza.
—Gracias por enseñarme a ser el hombre que soy.
Luego abracé a mi abuela Rosa.
Ella tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Mi niño ya formó su propio hogar.
Le di un beso en la frente.
—Siempre voy a ser tu nieto.
Después de la comida llegó el momento del primer baile.
El sonido de una romántica canción llenó toda la playa.
Miré a Mileidis.
—¿Me concede esta pieza, señora Morales?
Ella hizo una pequeña reverencia entre risas.
—Claro que sí, señor Morales.
Tomé su cintura con suavidad.
Ella rodeó mi cuello con sus brazos.
Comenzamos a bailar lentamente mientras la brisa del Caribe movía su cabello y las olas parecían acompañar la música.
No veía a nadie más.
Solo existíamos ella y yo.
Mientras bailábamos, le susurré al oído.
—Gracias por hacerme el hombre más feliz del mundo.
Ella levantó la mirada.
—Y gracias a vos por demostrarme que el amor verdadero sí existe.
Apoyó su cabeza sobre mi pecho.
—Te amo, Cristian.
Sonreí.
—Y yo te amo más, mi sirenita.
Los invitados nos rodearon con aplausos mientras seguíamos bailando bajo las luces y el cielo estrellado de Cartagena.
En ese momento comprendí que no necesitábamos un salón de lujo ni una gran fortuna para tener la boda perfecta.
Nos bastaban el mar Caribe, nuestras familias, nuestros amigos y el amor que un día nació cuando una joven entró al agua para recuperar una maleta.
Así comenzó oficialmente nuestra nueva vida como esposos, celebrando la noche más feliz de nuestras vidas con el sonido de las olas como testigo de nuestro amor.