En la víspera de su boda, Anastasia solo esperaba una noche de risas con sus amigas en su despedida de soltera. Sin embargo, una decisión impulsiva la lleva a cruzar la línea de lo prohibido. Embriagada por la emoción y el deseo de sentirse libre por última vez, despierta al día siguiente en la habitación de un hombre que no debería siquiera rozar en sus sueños.
Él no es un desconocido cualquiera: Damián Volkov, un magnate temido por su crueldad, un hombre sin piedad que mueve los hilos de negocios oscuros y que jamás perdona una traición. Un depredador que la ve como una presa que entró por voluntad propia a su guarida.
Lo que comenzó como un error se convierte en una obsesión peligrosa. Entre amenazas, secretos y una atracción que no debería existir, Anastasia descubrirá que una sola noche puede cambiarlo todo: su futuro, su matrimonio… y hasta su vida.
Porque en el mundo de Damián, nadie escapa sin pagar un precio.
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Boda inconclusa.
—René, esto no…
No alcanzo a terminar.
El golpe llega antes que la idea, antes incluso del miedo.
La bofetada me corta el aliento y me arde la mejilla como si me hubieran marcado con fuego.
Me quedo inmóvil.
El silencio pesa tanto que escucho mi respiración rota, irregular.
Me llevo la mano al rostro. Me tiembla.
Cuando levanto la vista, René ya no está frente a mí.
Está en el suelo.
Alguien lo derribó.
Sus ojos, llenos de rabia y desconcierto, se clavan en los míos.
No entiendo nada.
No entiendo cómo llegamos aquí.
Los invitados se quedan paralizados.
Trajes caros, vestidos perfectos, miradas que juzgan sin decir nada.
Incluso los flashes se detienen, como si nadie supiera si seguir grabando o fingir que esto nunca pasó.
—Señor René. Esa fue la primera advertencia —dice una voz firme, fría—. No vuelva a tocar a la esposa de mi jefe.
Mi corazón se detiene.
¿Esposa?
La palabra se repite en mi cabeza como un eco absurdo.
—No… no —murmuro—. Eso no es verdad…
Busco al hombre con la mirada, pero este se aleja.
No explica nada.
No se queda.
Me deja con un vacío que me aprieta el pecho.
Mi padre se levanta de su asiento. Su expresión… nunca lo había visto así. Pálido. Perdido.
—Papá… yo no sé qué está pasando —digo, rompiéndome—. Te juro que no sé.
Me abraza.
Su perfume me golpea más fuerte que la bofetada.
Me aferro a él como cuando era niña.
—Tranquila, princesa —susurra, con la voz temblándole—. Esto es un error.
Luego mira a René.
Duro.
Desconocido.
—No vuelvas a tocar a mi hija.
Mi madrastra se adelanta antes de que alguien más hable.
Sonríe.
Esa sonrisa que siempre anuncia algo sucio.
—Tiene derecho —dice—. Anastasia lo engañó.
El aire se rompe.
—¡Cállate! —ruge mi padre—. ¡Cállate ahora mismo!
El juez se levanta apresurado.
Habla en voz baja con su asistente.
Se va.
Corro tras él.
—¡Por favor! —le suplico—. Se equivocaron. Esto no es cierto.
Me mira con lástima. Y eso duele más que el desprecio.
—La información es confiable, señorita.
—¡No esta vez! —grito, ya sin voz.
No responde.
Se va.
Me quedo sola.
La lluvia golpea los ventanales.
Un trueno sacude el cielo.
Siento que todo se me viene encima.
René pasa junto a mí.
Tiene el pómulo hinchado, el rostro sudado.
No me mira.
—René, espera… —intento tomarlo del brazo.
Se suelta.
—Así que por eso cambiaste —dice—. Me mentiste todo este tiempo.
—No… —lloro—. Te juro que no…
No escucha. Se va.
Lo sigo hasta la banqueta.
Veo cómo se sube al auto junto a sus padre quien me ve mal y su madre solo me mira con lastima.
Cómo arrancan.
Cómo desaparecen.
Me quedo ahí.
Con el ramo en la mano.
Las flores comienzan a soltarse.
Caen al suelo.
Una.
Otra.
Como si también ellas se rindieran.
La lluvia empapa mi vestido.
El maquillaje se corre.
El peinado se deshace.
Me arrodillo.
Siento algo sobre mis hombros.
El abrigo de mi padre.
—Vamos, hija —dice.
No respondo.
Obedezco.
En casa, los hombres vacían todo.
Muebles.
Cuadros.
Recuerdos.
—¿Qué pasa? —pregunto—. ¿Qué están haciendo?
Uno le entrega un sobre a mi padre.
Lo abre.
Lo lee.
—No… —susurra.
Se lleva la mano al pecho y cae.
—¡Papá! —grito.
No responde, hago lo posible por qué me ayuden a subirlo al carro, conduzco al hospital ciega por el miedo.
Ya estando ahí, el doctor no necesita explicarse ya que su cara lo dice todo.
—Falleció. Fue un paro cardíaco.
Caigo al suelo.
El ramo queda a mi lado.
Marchito.
Y ahí, en ese piso frío, entiendo que en un solo día lo perdí todo.
A René.
A mi padre.
Y a mí.
Estoy sola.