Selene tiene veintidós años y un matrimonio que es su propia jaula de oro. Para su esposo, el implacable magnate Maximiliano Valente, ella no es más que una niña interesada que se vendió por un apellido de peso y una cuenta bancaria sin límites. Convencido de que Selene solo busca su dinero, Maximiliano se dedica a humillarla, refugiándose en los brazos de una amante manipuladora que alimenta su desprecio con mentiras.
Pero Maximiliano ha cometido un error fatal: confundir el silencio de Selene con sumisión absoluta. Tras una noche de crueldad insoportable, Selene decide que ya no le importa su fortuna ni su perdón. Mientras él cree tener todo bajo control, ella empieza a preparar su desaparición silenciosa, dispuesta a empezar de cero, lejos de su opresión.
Maximiliano Valente está a punto de descubrir que el desprecio tiene un precio... y que cuando Selene se marche, el vacío que deje será algo que ni todos sus millones podrán llenar.
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Contrato rescindido
El silencio en la mansión Valente nunca había sido tan absoluto. Cuando Maximiliano cruzó el umbral de la puerta principal, el reloj de pie en el gran salón marcó las tres de la mañana con un sonido metálico que resonó en las paredes de mármol. Venía con el nudo de la corbata deshecho y el aroma del perfume de Alessandra impregnado en su saco, una fragancia dulce y asfixiante que, por primera vez en años, le revolvía el estómago.
Había pasado la noche intentando convencerse de que era feliz. Había cenado con Alessandra, escuchando sus quejas sobre el presupuesto de la próxima gala y sus risas calculadas, pero su mente, traicionera y errática, no dejaba de viajar a la imagen de Selene de pie junto a la mesa del aniversario. Recordaba el temblor de sus manos y la forma en que sus ojos azules, antes llenos de una luz que él mismo se encargó de apagar, lo miraron con una chispa que no supo identificar. No era miedo. No era súplica. Era algo parecido a la despedida.
—Selene —llamó con voz ronca, dejando las llaves sobre la consola de la entrada.
Nadie respondió. Lo normal era que ella apareciera en el descanso de la escalera, envuelta en una bata de seda, con ese aire de tristeza digna que tanto le irritaba porque le recordaba su propia culpa. Maximiliano subió los escalones con paso pesado. Estaba de mal humor; la cena con su amante no había logrado borrar la sensación de vacío que lo perseguía. Quería discutir. Quería que Selene llorara o le reclamara su ausencia para poder recordarle, una vez más, que él era el dueño de su vida y que ella no tenía derecho a exigir nada.
Entró en la habitación matrimonial. La oscuridad era total, salvo por el resplandor plateado de la luna que se filtraba por los ventanales.
—¿Sigues despierta? —preguntó, encendiendo la luz principal con un gesto brusco.
La cama estaba perfectamente hecha. Demasiado perfecta. Las sábanas de hilo egipcio no tenían una sola arruga, y las almohadas reposaban en su lugar como si nadie se hubiera sentado en ellas en todo el día. El corazón de Maximiliano dio un vuelco extraño, una punzada de adrenalina que recorrió su columna.
Caminó hacia el vestidor. Estaba abierto. Las filas de vestidos de diseñador, los zapatos de suela roja y los bolsos que costaban pequeñas fortunas seguían allí, colgados como trofeos de una vida que él le había impuesto. Pero faltaba algo. El estante donde ella guardaba su vieja mochila de la universidad estaba vacío.
Maximiliano regresó a la habitación, sintiendo que el aire se volvía pesado. Fue entonces cuando la vio. Sobre la almohada de su lado de la cama, brillando bajo la luz fría de la lámpara, descansaba la alianza de bodas. El diamante que él había elegido para sellar su propiedad parecía burlarse de él.
Al lado del anillo, una pequeña nota de papel blanco con una caligrafía firme y elegante:
"Contrato rescindido. Selene."
—¿Qué demonios...? —susurró, tomando el papel entre sus dedos. Sus manos, que nunca temblaban ante una fusión multimillonaria, vibraron ligeramente.
Escrutó la nota una y otra vez. "Contrato rescindido". Las mismas palabras que él usaba para descartar empresas que ya no le eran útiles. Ella se las estaba devolviendo. Selene, la dócil Selene, la "inversión" que su suegro le había entregado como un objeto, se había atrevido a romper las cadenas.
Maximiliano estalló. Lanzó la nota contra la pared y golpeó el poste de la cama con el puño cerrado. El dolor físico fue un alivio momentáneo para la rabia ciega que lo invadía.
—¡Selene! —rugió, saliendo al pasillo.
Corrió hacia las habitaciones de servicio, despertando a los empleados con gritos que helaban la sangre. En menos de cinco minutos, el ama de llaves y el jefe de seguridad estaban de pie en el vestíbulo, pálidos y temblando bajo la mirada asesina de su patrón.
—¿Dónde está mi esposa? —preguntó Maximiliano, su voz era un siseo peligroso.
—Señor... la señora salió por la puerta de servicio hace unas tres horas —balbuceó el jefe de seguridad—. Pensamos que... que iba a encontrarse con usted. Llevaba una mochila pequeña. No llamó a ningún chofer de la casa.
—¿Y la dejaron ir? ¡¿La dejaron salir de esta casa sola a medianoche?! —Maximiliano se acercó al hombre, tomándolo por la solapa—. ¡Te pago para que vigiles este perímetro, no para que dejes que mi propiedad camine libremente por la calle!
—Ella... ella se veía muy segura, señor. No parecía estar escapando, simplemente se fue —se defendió el hombre con voz temblorosa.
Maximiliano lo soltó con un empujón que lo hizo tambalear. Volvió al despacho y empezó a marcar el número de Selene. Apagado o fuera del área de servicio. Lo intentó diez, veinte veces. El buzón de voz era lo único que recibía sus insultos.
Se dejó caer en su silla de cuero, la misma donde tres años atrás había cerrado el trato con Roberto Arismendi. La ironía lo golpeó de frente. Había comprado a Selene para poseer algo puro, algo que nadie más tuviera, y ahora ella le demostraba que su alma nunca tuvo precio.
—Crees que puedes irte así de fácil, ¿verdad, Selene? —murmuró para sí mismo, mirando el monitor de seguridad que mostraba la entrada de la mansión desierta—. Crees que puedes romper un contrato con Maximiliano Valente y salir ilesa.
Llamó a su investigador privado, un hombre que se encargaba de los "asuntos sucios" de la empresa.
—Búscala —ordenó sin saludar—. Quiero saber dónde está Selene Arismendi. Revisa los aeropuertos, las estaciones de bus, los hoteles de mala muerte. Revisa las cuentas bancarias de su tía. Si usó una tarjeta de crédito, quiero la ubicación exacta ahora mismo.
—Señor Valente, son las tres de la mañana...
—¡No me importa qué hora es! —gritó Maximiliano—. Si para el amanecer no sé dónde está mi esposa, considera que tu carrera ha terminado.
Colgó el teléfono y se sirvió un trago de whisky puro. El alcohol le quemó la garganta, pero no pudo calmar el incendio de su orgullo. Empezó a caminar de un lado a otro como un león enjaulado.
¿A dónde podía haber ido? Selene no tenía amigos. Él se había encargado de eso. La había aislado sistemáticamente de cualquier círculo que no fuera el suyo. Su padre, Roberto, no la recibiría; el hombre amaba demasiado el dinero de los Valente como para arriesgarlo protegiendo a su hija. ¿Su tía? Tal vez. Pero Selene era demasiado inteligente para ir al primer lugar donde él buscaría.
De repente, un recuerdo lejano cruzó por su mente. Aquella tarde bajo la lluvia, hace tres años, cuando ella le habló de una vieja librería. Un legado. Maximiliano nunca le prestó atención a esos detalles, considerándolos sueños infantiles de una niña romántica.
—La librería —susurró.
Abrió su computadora y empezó a rastrear las propiedades de la familia Arismendi y sus extensiones. Nada aparecía bajo el nombre de Selene. Ella había sido astuta. Si esa propiedad existía, estaba bajo un nombre falso o un fideicomiso oculto.
La rabia de Maximiliano empezó a mutar en algo más oscuro: una obsesión renovada. Durante dos años la había despreciado, la había tratado como un mueble costoso y la había engañado descaradamente con Alessandra para demostrarse a sí mismo que ella no tenía poder sobre él. Pero ahora que ella no estaba, el silencio de la casa le pesaba como el plomo. Se dio cuenta de que su desprecio era el combustible de su relación; sin ella para despreciar, Maximiliano se sentía peligrosamente vacío.
—No te fuiste por dinero —dijo al aire, apretando el vaso de cristal hasta que sus nudillos blanquearon—. Te fuiste para castigarme.
Maximiliano recordó las palabras de Alessandra esa noche: "Esa niña no es para ti, Max. Solo estorba en nuestros planes". En ese momento, se dio cuenta de que la presencia de Selene, incluso en su silencio y su tristeza, era lo único real en su vida de plástico y conveniencia.
Se imaginó a Selene en algún lugar de la ciudad, sola, asustada... o peor aún, libre. La idea de Selene sonriendo a otro hombre, o viviendo una vida donde el nombre de Maximiliano Valente no significara nada, le provocó una náusea violenta.
—Voy a encontrarte, Selene —juró, mirando cómo los primeros rayos del sol empezaban a iluminar el horizonte —. Y cuando lo haga, vas a entender que el precio de rescindir un contrato conmigo es mucho más alto de lo que imaginas. No vas a recuperar tu libertad. Vas a aprender lo que es vivir en una verdadera celda.
Maximiliano no sabía que, mientras él planeaba su captura, Selene ya estaba a kilómetros de distancia, quemando el último puente que la unía a su pasado. El cazador creía que la presa estaba acorralada, sin darse cuenta de que la "muñeca de cristal" se había convertido en un diamante: irrompible y capaz de cortar profundamente a quien intentara atraparla de nuevo.
Tomó el anillo de la almohada y lo apretó en su puño. El diamante le cortó la palma de la mano, pero Maximiliano no soltó el metal. El rastro de sangre sobre la sábana blanca fue el último acto de esa noche. La guerra entre los Valente y la fugitiva Arismendi acababa de comenzar.