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Cuando Todo Parecía Perdido

Cuando Todo Parecía Perdido

Status: Terminada
Genre:Autosuperación / Completas
Popularitas:273
Nilai: 5
nombre de autor: Eliany Justo

Sinopsis

Sofía tiene dieciocho años y una beca universitaria que promete cambiarlo todo. Pero nadie le advirtió que el primer día de clases iba a descubrir algo peor que la pobreza: la invisibilidad.
Sofia no es la chica que solo soñaba, ahora es la chica que camina cuarenta minutos con un teléfono que se apaga a media clase que toma apuntes en hojas y llega tarde a su clase porque sale todos los días a vender tortas con su mamá ya muy tarde
Un día su teléfono dejó de funcionar se apaga en medio de un examen virtual que vale el treinta por ciento de la nota, Sofia corre por las calles buscando un enchufe, una sombra, un milagro de dos minutos, no lo encuentra pierde el examen, llora en una esquina y por primera vez se pregunta si su sueño realmente vale el precio de su dignidad.

NovelToon tiene autorización de Eliany Justo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El día que quise ser otra persona Cap 11

Había algo que nadie me había advertido sobre la universidad: no solo era difícil por los estudios y la falta de recursos. También era difícil porque allí, todos los días, me comparaba.

Y siempre salía perdiendo.

No fue un momento específico. Fue una acumulación. Un comentario aquí, una risa allá, una mirada que no llegaba a ser burla pero tampoco era amable. Todo empezó después del examen. Con el 9.8 en la mano, pensé que el respeto llegaría solo. Pero no fue así.

Una tarde, después de clase, escuché a dos compañeras hablar en el pasillo. Una de ellas, Valentina, tenía el pelo siempre perfecto y una mochila que costaba más que el alquiler de mi casa. No sabía que yo estaba detrás de la columna.

—¿Viste a la Ramírez? —dijo Valentina, riéndose—. No sé cómo le fue tan bien en el examen. Si no tiene ni computadora. Seguro copió.

—¿Y cómo copia si no tiene internet en su casa? —preguntó la otra, menos mala pero tampoco inocente.

—No sé, pero algo raro hay. Esta universidad se está llenando de gente que no debería estar acá.

Me quedé clavada detrás de la columna. Sentí que el piso se abría bajo mis pies. Mis manos empezaron a temblar. Quería salir, enfrentarla, decirle que mi 9.8 lo había escrito con lapicera azul en un examen presencial, frente al profesor, sin apuntes, sin ayuda, sin nada más que tres horas de sueño y una foto de mi madre en la mochila.

Pero no me moví. Me quedé allí, escuchando el eco de sus palabras, hasta que se fueron riendo.

Esa noche no pude estudiar. Me senté frente a la computadora ruidosa, con el módem USB conectado, pero las palabras bailaban en la pantalla sin entrar en mi cabeza. Mi madre notó que algo andaba mal.

—¿Qué te pasa, hija?

—Nada.

—No es nada. Tienes la misma cara que cuando se te rompió el teléfono.

Me quedé en silencio un largo rato. Después, sin mirarla, le conté todo. Las palabras de Valentina. La risa. Eso de "gente que no debería estar acá".

Mi madre dejó de amasar. Se secó las manos en el delantal y se sentó frente a mí. Me miró con esos ojos que habían visto cosas mucho peores que una compañera mala.

—¿Tu sabés por qué dijo eso? —preguntó.

—Porque es mala persona.

—No. Lo dijo porque tiene miedo. La gente que nace con todo siempre tiene miedo de que los que empezamos con nada les ganemos. No es bronca contra ti. Es miedo a que el mundo cambie.

Nunca le había oído decir algo tan profundo. Me quedé mirándola, con la boca abierta.

—¿Y qué hago con ese miedo? —pregunté.

—Nada. Seguí. No es tu problema. Tu problema es estudiar. El miedo de ella es problema de ella.

Esa noche no pude dormir. Pero no era por las palabras de Valentina. Era porque mi madre tenía razón. Y porque, en el fondo, sabía que lo más difícil no era soportar el sol o la falta de recursos. Lo más difícil era soportar la mirada de los que creen que no merezco estar aquí.

Al día siguiente, fui a clase como siempre. Me senté en la misma fila de atrás, saqué mi cuaderno espiral, mi lapicera azul. Valentina estaba dos filas adelante, riéndose con sus amigas. No me miró. Yo tampoco la miré a ella.

Pero al final de la clase, cuando el profesor Ricardo pidió que nos agrupáramos para un trabajo práctico, pasó algo inesperado. Valentina se acercó a mi escritorio.

—¿Quieres hacer grupo con nosotras? —preguntó, sin entusiasmo.

La miré. Recordé sus palabras. Recordé la risa. Recordé "gente que no debería estar acá".

—No —dije.

Se quedó sorprendida.

—¿Por qué no?

—Porque prefiero trabajar sola.

No fue valentía. Fue cansancio. Estaba tan harta de tener que demostrar que merecía estar allí, que ya no me importaba quedar bien con nadie. Ni siquiera con la chica de la mochila cara.

Esa tarde, caminando a la parada del colectivo, sentí una mezcla rara de tristeza y alivio. Tristeza porque no quería tener enemigas. Alivio porque por fin había dicho que no.

Mi madre tenía razón: el miedo de Valentina no era mi problema. Mi problema era la tesis de la semana siguiente. Mi problema era la pasta térmica de la computadora que había que cambiar otra vez. Mi problema era llegar a fin de mes con las tortas.

Los problemas de los demás, que se los lleve el sol.

Esa noche, mientras amasaba para la venta del día siguiente, le conté a mi madre lo del grupo. Ella sonrió.

—¿Y cómo te sentiste?

—Rara pero bien.

—Eso es crecer, hija. Aprender a decir no.

El ventilador rugía en el comedor. La pantalla de pasto verde parpadeaba suavemente. Y yo, Sofía Ramírez, vendedora de tortas, estudiante de literatura, aprendí esa noche que la universidad no solo te enseña materias. Te enseña quién eres. Y yo no era la chica que se escondía detrás de las columnas para no escuchar.

No, yo era otra cosa. Todavía no sabía bien qué. Pero estaba en camino.

 

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