Valeria, una mujer fuerte, exitosa e independiente, decide abandonar al hombre que ama cuando este le falta al respeto. Mientras él comprende demasiado tarde su error, ella reconstruye su vida, encuentra un amor basado en la admiración mutua y demuestra que la dignidad siempre debe estar por encima del amor.
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CAPÍTULO 23 El aislamiento
l aislamiento no comenzó con una prohibición.
No empezó con una frase como:
"No puedes ver a tu familia."
"No puedes hablar con tus amigas."
"No puedes salir."
Si Alexander hubiera dicho eso desde el principio, Victoria habría reconocido el peligro.
Ella era una mujer inteligente.
Una joven que había crecido defendiendo la libertad.
Una persona que había visto durante años, en la fundación de su madre, cómo muchas mujeres llegaban contando historias de control y dependencia.
Victoria sabía identificar una orden.
Sabía reconocer una amenaza.
Sabía que nadie tenía derecho a decidir sobre la vida de otra persona.
Por eso Alexander nunca actuó de esa manera.
Él hizo algo mucho más difícil de detectar.
Hizo que Victoria creyera que alejarse de los demás era una decisión propia.
Al principio parecía una muestra de amor.
—Quiero aprovechar más el tiempo contigo.
Esa frase no tenía nada de extraño.
Una pareja enamorada quiere compartir momentos.
Quiere estar cerca.
Quiere construir recuerdos.
Y Victoria también quería eso.
Le gustaba pasar tiempo con Alexander.
Disfrutaba sus conversaciones.
Sus cenas.
Sus paseos.
El problema no era querer estar juntos.
El problema era que poco a poco estar juntos empezó a significar estar separados del resto del mundo.
Una tarde, Victoria estaba organizando una salida con sus amigas de la universidad.
Hacía semanas que no se reunían todas.
Querían celebrar el final de un proyecto.
Cuando se lo contó a Alexander, él sonrió.
—Qué bueno que tengas planes.
Victoria se alegró.
—¿De verdad?
—Claro.
¿Por qué no?
Ella sintió alivio.
Pero después él agregó:
—Aunque me hubiera gustado que me lo contaras antes.
Victoria frunció el ceño.
—¿Antes?
—Sí.
A veces siento que me entero de las cosas cuando ya están decididas.
—No era algo importante.
—Para mí sí.
Ella suspiró.
—Alexander, solo es una cena.
Él asintió.
—Lo sé.
No dije que no fueras.
Solo te estoy diciendo cómo me siento.
Nuevamente.
Esa frase.
¿Cómo me siento.
Alexander nunca parecía imponer.
Solo expresaba emociones.
Y Victoria, que había aprendido desde niña a escuchar a los demás, terminaba sintiendo que debía solucionar esas emociones.
La noche de la cena llegó.
Victoria se arregló.
Se puso un vestido que le gustaba.
Se maquilló ligeramente.
Durante unos minutos volvió a sentirse como antes.
La joven que salía con amigas.
La joven que reía sin preocuparse.
La joven que no tenía que pensar en cómo cada decisión afectaría a alguien.
Pero antes de salir recibió un mensaje.
Alexander:
"Espero que la pases bien. Solo recuerda que yo estaré aquí esperando verte."
Victoria leyó el mensaje.
Parecía una frase romántica.
Pero algo en su interior sintió presión.
Respondió:
"Te veo después."
Durante toda la cena revisó el teléfono varias veces.
Sus amigas lo notaron.
—Victoria, ¿estás bien?
Ella sonrió.
—Sí.
Solo estoy pendiente de algo.
Una de ellas miró su celular.
Después la miró a ella.
Pero no dijo nada.
Cuando llegó a casa, Alexander estaba despierto.
No parecía enojado.
Eso habría sido más fácil.
Estaba triste.
—¿La pasaste bien?
Victoria dejó su bolso.
—Sí.
—Me alegra.
Hubo un silencio.
—Pero siento que últimamente estamos perdiendo esa conexión que teníamos.
Victoria sintió cansancio.
—Alexander, solo salí unas horas.
—Lo sé.
No es por hoy.
Es por todo.
Ella se quedó quieta.
—¿Todo qué?
—Siento que hay muchas personas ocupando espacios que deberían ser nuestros.
Victoria sintió una pequeña alarma interna.
Pero la apagó rápidamente.
Porque sonaba como amor.
Como miedo a perderla.
Con el tiempo, Victoria comenzó a reducir sus encuentros.
Primero dejó de asistir a algunas reuniones.
Después empezó a rechazar invitaciones.
Ya no porque Alexander se molestara directamente.
Sino porque anticipaba la conversación después.
El cansancio.
La culpa.
Las explicaciones.
Era más fácil quedarse.
En la fundación también comenzaron a notarlo.
Un sábado, Valeria esperaba verla llegar.
Pero Victoria no apareció.
Otro sábado tampoco.
Al tercero, su madre la llamó.
—Hija, ¿todo bien?
—Sí, mamá.
Perdón, he estado ocupada.
—Hace semanas que no vienes.
Victoria guardó silencio.
—Lo sé.
—¿Pasa algo?
—No.
Solo estoy enfocándome en otras cosas.
Valeria sintió tristeza.
Porque conocía la diferencia entre una persona que cambia de intereses y una persona que empieza a desaparecer.
Esa tarde, Valeria revisó una antigua fotografía.
Victoria tenía diez años.
Estaba en la fundación sosteniendo la mano de una mujer que había recibido ayuda.
La niña sonreía orgullosa.
Siempre había tenido esa capacidad.
La capacidad de mirar el dolor de otros y querer hacer algo.
Ahora esa misma hija parecía estar alejándose de aquello que más amaba.
Gabriel también empezó a preocuparse.
Una noche durante la cena, preguntó:
—¿Hace cuánto no vemos a tus amigas?
Victoria levantó la mirada.
—No sé.
He estado ocupada.
Gabriel asintió.
—¿Y la fundación?
—Papá...
Su tono cambió ligeramente.
Como si la pregunta la hubiera incomodado.
Gabriel lo notó.
—No estoy interrogándote.
Solo pregunto porque te extraño.
Victoria bajó la mirada.
—Estoy bien.
Gabriel sonrió con tristeza.
—Eso dices mucho últimamente.
La frase quedó flotando.
Eso dices mucho últimamente.
Porque era cierto.
Victoria respondía cada preocupación con la misma frase.
Estoy bien.
Aunque cada vez le costaba más creerla.
Una noche, Alexander le pidió algo.
No parecía una gran petición.
—Quiero que conozcas más a mis amigos.
Victoria sonrió.
—Claro.
Me encantaría.
Pero después agregó:
—Aunque me gustaría que tú también pasaras más tiempo con mi familia.
Alexander se quedó callado.
—¿Tu familia?
—Sí.
Con mis padres.
Con la fundación.
Con mis amigas.
Él sonrió.
Pero su expresión cambió ligeramente.
—A veces siento que tu mundo es demasiado grande.
Victoria no entendió.
—¿Qué quieres decir?
—Que hay demasiadas personas.
Demasiadas opiniones.
Demasiadas influencias.
Ella permaneció en silencio.
—No quiero que otros decidan sobre nuestra relación.
Victoria respondió:
—Nadie decide por nosotros.
Alexander tomó su mano.
—Lo sé.
Solo quiero proteger lo nuestro.
Otra vez.
Proteger.
Una palabra que comenzaba a aparecer cada vez más.
Proteger de amigos.
Proteger de opiniones.
Proteger de personas que supuestamente no entendían su amor.
Poco a poco, Victoria dejó de contar cosas.
No porque no tuviera confianza.
Sino porque sentía que cada persona tendría una opinión.
Y ella no quería escuchar opiniones.
Quería estar tranquila.
Quería creer que había tomado la decisión correcta.
Un día, una amiga de la universidad le escribió:
"Victoria, hace mucho que no hablamos. Te extraño. ¿Podemos tomar un café?"
Victoria sonrió al leerlo.
Quería aceptar.
De verdad quería.
Pero antes de responder pensó en Alexander.
Pensó en cómo explicarlo.
Pensó en la conversación.
Pensó en la posibilidad de que él se sintiera herido.
Y finalmente escribió:
"Perdóname, estoy muy ocupada. Más adelante coordinamos."
Envió el mensaje.
Después dejó el teléfono.
Y por primera vez sintió algo extraño.
No alivio.
No tranquilidad.
Tristeza.
Porque sabía que había mentido.
No a su amiga.
A ella misma.
Esa noche, Victoria observó su habitación.
Los libros.
Las fotografías.
Los recuerdos.
Todo seguía igual.
Pero ella no.
Había dejado de hacer muchas cosas.
Había dejado de ver personas.
Había dejado de hablar tanto.
Había dejado de compartir sus sueños.
Y lo más preocupante era que todavía buscaba una explicación para justificarlo.
Mientras tanto, Alexander estaba satisfecho.
Victoria estaba más cerca.
Más pendiente.
Más disponible.
Ya no había tantas voces alrededor.
Ya no había tantas personas que pudieran hacerle preguntas.
Ya no había tantas personas que pudieran decirle:
"Victoria, esto no parece una relación sana."
Porque el aislamiento no consiste únicamente en estar solo.
Consiste en que una persona llegue a creer que solo necesita a alguien.
Y cuando alguien logra convertirse en tu único refugio...
También puede convertirse en tu única prisión.
Valeria miraba desde lejos cómo su hija cambiaba.
Todavía veía la misma sonrisa.
Todavía veía la misma mirada.
Pero había algo diferente.
Una ausencia.
Como si Victoria estuviera presente físicamente...
Pero una parte de ella estuviera intentando encontrar el camino de regreso.
Y entonces llegó el día en que Alexander dio un nuevo paso.
Uno que parecía pequeño.
Una simple petición.
Una frase que Victoria escucharía como una prueba de amor.
Pero que cambiaría aún más la forma en que veía su propia vida.
Porque el siguiente sacrificio sería más grande.
Ya no se trataría de una salida con amigas.
Ya no sería una reunión familiar.
Sería algo que formaba parte de su futuro.
Sus sueños.
Su independencia.