—¡Esto no es un cliché de reencarnación!
exclamó la protagonista reencarnada con todo los elementos que le hace un cliché.
Sin embargo, todo cambia cuando lo conoce a él. Su misterioso y falso “esposo"
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Capítulo 21: El terror ante el verdadero soberano
En la gran sala del consejo del palacio imperial del reino vecino, los cinco líderes se encontraban reunidos discutiendo el desconcertante paradero de Claudia D'Aro. Tras peinar la capital y las provincias sin éxito, la frustración y la tensión en la mesa táctica eran palpables.
A la izquierda, el Duque del Norte, Kaelen Vance, mantenía una postura rígida, vistiendo su imponente uniforme militar negro con bordados dorados y emanando un aura tan gélida que parecía capaz de congelar las copas de cristal a su paso. A su lado marchaba el Príncipe Heredero, Alistair, luciendo una capa carmesí sobre los hombros y una sonrisa refinada pero peligrosa que apenas lograba ocultar su irritación. Flanqueándolos caminaban el Santo del Imperio, Lord Lucian, envuelto en túnicas blancas; el Caballero Paladín, Sir Cassian, cuya imponente armadura plateada resonaba firmemente con cada zancada; y el Maestro de la Torre Mágica, Ezekiel.
—Es imposible que se haya esfumado sin dejar rastro en este reino —sentenció el Príncipe Heredero Alistair, haciendo girar el anillo de su sello real—. Quienquiera que la tenga escondida, pagará por esta provocación a la corona.
Antes de que Sir Cassian o Kaelen Vance pudieran añadir algo, las pesadas puertas de roble blindado de la sala se desplomaron hacia adentro con un estruendo ensordecedor. Las barreras mágicas de alta protección que custodiaban el palacio se hicieron pedazos como si fueran de cristal soplado.
Entre el polvo, una figura avanzó con paso sereno y pausado.
Leonardo había caminado directo al corazón del imperio vecino, irrumpiendo sin previo aviso en la sede misma de su poder. Vestía una túnica oscura de viajero y no llevaba armadura ni escolta; sin embargo, no había rastro del polvo mágico que durante su infiltración había ocultado sus facciones en los salones nobles. Su rostro perfecto, sus ojos ámbar refulgentes como el sol y su presencia abrumadora quedaron expuestos al desnudo.
Sir Cassian llevó la mano a la empuñadura de su espada por instinto marcial, pero su cuerpo se congeló antes de poder desenvainar.
El Maestro de la Torre Mágica, Ezekiel, retrocedió un paso, dejando caer el báculo de sus manos. Como el mago de más alto rango del reino, fue el primero en percibir la verdadera escala del individuo que acababa de cruzar la puerta. Sin el filtro de ocultamiento, el mana que rodeaba al visitante no era una simple aura: era una tormenta colosal y destructiva que aplastaba el aire de la habitación, haciendo difícil hasta el acto de respirar.
—Esa cara... —susurró Alistair. La sonrisa refinada desapareció de su rostro al instante, reemplazada por un pavor cadavérico—. El hombre del baile... El que se llevó a Claudia.
—No... no es un simple noble —balbuceó el Duque Kaelen Vance, sintiendo cómo el aura gélida de su propio uniforme era completamente sofocada por la presión del recién llegado.
—Es el Emperador Mago... —exclamó Ezekiel con un hilo de voz aterrorizado, cayendo de rodillas involuntariamente al suelo—. El Soberano del Imperio Sabio... Ahora lo entiendo. Usaste magia para no reconocerte...
Un pánico absoluto paralizó a los cinco hombres. El Santo del Imperio, Lord Lucian, intentó articular una oración divina, pero sus manos temblaban de tal manera que el aura de luz blanca a su alrededor se disipó por completo. Sir Cassian, imponente en su armadura plateada, no pudo dar un solo paso al frente; el instinto básico de supervivencia le impedía moverse ante semejante presencia.
Los cinco líderes comprendieron en un segundo de aterradora claridad que el hombre al que creían un mero rival aristocrático en la capital era, en realidad, la criatura más poderosa del continente. Sus ambiciones de encontrar a Claudia y desplegar sus fuerzas en la frontera se desmoronaron al darse cuenta de que el monarca extranjero había entrado a su propio palacio sin despeinarse.
Leonardo los observó a todos desde la entrada, con una mirada fría e indiferente.
—Parece que estaban ocupados buscando algo que no les pertenece —habló Leonardo. Su voz fue un murmullo helado que resonó con una fuerza imponente en la sala destruida—. Traigo los términos de una tregua diplomática. Y les sugiero que la firmen sin vacilar... porque es la única razón por la que esta sala aún sigue en pie.