Derek Marville, 48 años, viudo e implacable, está a punto de perder el imperio centenario de su familia. La cláusula es cruel: sin un heredero antes de los 50, todo pasará a manos de sus hermanos alcohólicos, que desean verlo caer.
La solución aparece en la figura de Damares Reese, 26 años, curvas marcadas, mirada triste y una valentía afilada en la lengua. En lugar de contratarla, Derek la engaña con un contrato matrimonial y una cláusula que la obliga a quedar embarazada de él en seis meses.
Tres días después, ella descubre que es la esposa secreta del CEO más temido del país. ¿Divorcio? Solo con su permiso. ¿Negarse? Cuesta cinco millones.
Entre juegos de poder, deseo ardiente y un hombre que juró no volver a amar, Damares descubrirá que Derek no acepta un “no”. Y Derek descubrirá que ella es la única capaz de incendiar lo que queda de su alma.
Él quiere un heredero.
Ella quiere libertad.
Ninguno de los dos esperaba terminar deseándose de verdad.
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Capítulo 5
Derek Marville
No duermo desde que ella salió corriendo de mi oficina ayer. Me quedé hasta las cuatro de la mañana mirando al techo, mi amiguito duro como una piedra, el cuerpo entero latiendo de ganas de ir tras ella, arrastrarla de vuelta y... hasta apagar esa mirada de pánico y poner en su lugar la de quien sabe que perdió el juego antes incluso de empezar.
Cojo el retrato de Laura en el cajón. La misma foto de siempre. Ella sonríe como si aún estuviera viva. Tan gentil, echo de menos el sonido de su voz.
—Lo sé, amor —hablo bajo para el papel—. Juré no volver a tocar, tener una mujer. Pero mira lo que ella me hace… y necesito un heredero. Será temporario, lo prometo.
Respiro hondo. El perfume de vainilla de ella aún está impregnado en mi camisa de ayer. Cierro los ojos y siento el olor invadir el pecho.
—Ella entra en la sala y ya me vuelvo loco, Laura. Solo de mirar esas curvas suaves, esos pechos que casi rasgan las blusas, ese trasero que se balancea cuando ella anda irritada… Ella es perfecta. Mi ricura. No estoy enamorado. No es eso. Yo solo… la necesito. Necesito ir a la cama con ella, hasta que ella cargue a mi hijo. Hasta salvar todo esto aquí. Pero cuando ella me mira con esos ojos castaños llenos de rabia y miedo… siento algo que no sentía desde ti. Y eso me irrita para el carajø.
Guardo la foto. Me levanto. Hoy ella aprende quién manda.
A las siete en punto ella llega, cara de quien no durmió tampoco, vestido azul marino justo que marca cada centímetro del cuerpo que ahora es mío por ley. Yo la espero en la antesala de mi sala, de brazos cruzados, mirándola salir del elevador.
—Buenos días, ricura.
Ella se traba en el lugar, mejillas sonrojándose de rabia y… excitación. Se puede ver. Siempre se puede.
—No me llames así.
—Voy a llamar como yo quiera. Eres mi esposa, ¿olvidaste?
Ella aprieta los labios. Yo abro la puerta de la sala y hago señal para entrar. Cierro con llave tras nosotros.
—Siéntate.
—Mandón, idiota —ella susurra, haciéndome reír.
Ella se sienta. Yo me quedo de pie, andando despacio alrededor de la silla como quien marca territorio.
—Vamos a las reglas, ricura. Presta atención porque no repito.
Ella cruza los brazos, intentando parecer firme. El escote sube. Yo casi gimo.
—Primero, hoy te mudas a la mansión. Sin discusión. Voy a enviar al seguridad hasta tu apartamento para retirar tus cosas.
—Yo puedo cogerlas sola…
—Segunda —corto, voz fría—. Cuarto separado solo en las noches de tu ciclo. En esas noches tienes paz. El resto del mes duermes en mi cama. Porque si duermes conmigo en la semana de tu ciclo no me voy a controlar, es bueno que lo sepas. Y después de que estés embarazada… —doy una sonrisa lenta— duermes conmigo todas las noches hasta que el contrato acabe. ¿Entendido?
Ella traga saliva. Los ojos brillan. Rabia. Deseo. Los dos.
—Eres un enfermo.
—Lo soy. Y tú eres mi cura. O mi veneno. Vamos a descubrirlo.
—Yo no voy a…
—Tercera regla —interrumpo de nuevo, parando atrás de ella, tan cerca que siento el calor de su cuerpo—. Usas lo que yo escoja. Nada de ropa ancha. Quiero ver cada curva que ahora es mía. Cuarta, no sales de la mansión sin avisarme. Quinta, no hablas con ningún hombre sin mi autorización. Y sexta… —me inclino hasta que mi boca casi toca su oreja— cuando yo quiera follarte, abres las piernas. Encima de la mesa, en el suelo, en el coche, donde sea.
Ella gira el rostro rápido, ojos chispeando.
—¿Y si me niego?
Yo río bajo.
—Cinco millones de multa, ricura. Tú eliges.
Ella se queda callada y respira rápido. Yo veo el pecho subir y bajar. Veo el pezón endurecerse bajo el tejido. Ella está mojada. Lo sé.
—Yo misma cojo mis cosas —ella dice finalmente, voz temblando.
—Perfecto. Yo te llevo.
Ella abre la boca para protestar. Yo ya estoy abriendo la puerta.
En el coche, silencio total. Ella en el asiento del pasajero, brazos cruzados, mirando por la ventana. Yo dirijo la Bentley negra con una mano en el volante, la otra queriendo apretar ese muslo expuesto.
Llegamos al edificio donde ella vive. Ella baja rápido. Yo bajo atrás. El portero saluda. Subimos.
En el corredor del cuarto piso, en la puerta del apartamento de ella están dos personas.
—¿Quiénes son ellos?
—Infelizmente, mis padres. No sé cómo me descubrieron aquí.
Así que nos ven, la madre de ella suelta:
—Mira el estado de esta niña, ni parece que tiene veintiséis años. ¿Gorda de ese modo y aún arregló un macho? Milagro.
El padre completa, riendo:
—Debe haber abierto el bolsillo, ¿no? Porque abrir las piernas nadie aguanta.
—¿Cómo descubrieron dónde estoy viviendo?
—Tengo una prima viviendo al final del corredor —la madre de ella responde.
Damares se congela. Yo doy un paso al frente. El aire cambia. La temperatura cae diez grados.
—A partir de hoy… —mi voz sale tan baja que ellos se callan en la hora— la boca de ustedes solo abre en la presencia de mi abogado. Tóquenla de nuevo, sea con palabra o con mano, y yo acabo con lo que resta de esa familia miserable. ¿Entendieron?
El padre abre la boca. Yo miro en los ojos de él hasta que él traga las palabras de vuelta. Entramos, ella arregla dos maletas. Yo cojo las maletas que Damares separó. Y salimos.
En el coche, silencio de nuevo. Ella tiembla. Rabia. Vergüenza. Irritación. Todo junto. Paramos en un semáforo. Yo giro para ella, seguro su quijada con fuerza, obligándola a encararme. Mi pulgar roza el labio inferior de ella.
—Vas a aprender rapidito, ricura —hablo bajo, mirando hondo en los ojos castaños que intentan desafiarme—. Yo no pido. Yo cojo. Y yo siempre cojo lo que es mío.
El semáforo abre. Alguien pita atrás. Yo suelto la quijada de ella despacio, pero no suelto la mirada. Ella respira por la boca. Los labios entreabiertos. El pecho subiendo rápido. Los ojos vidriosos en los míos.
Yo vuelvo a conducir, mano firme en el volante, sonrisa de quien ya ganó la guerra. Hoy a la noche ella duerme en mi casa. En mi cama o no, aún decido. Pero una cosa es cierta, Damares Reese Marville acaba de entrar en mi juego. Y en ese juego solo existe un rey. Y él nunca pierde.