En el mundo de la Fórmula 1 no existen los amigos, solo rivales. Gael Rainer es la promesa de Mercedes: frío, calculador, imparable. Mara Varela es el orgullo de Ferrari: brillante, valiente y dueña de cada secreto de su equipo.
Se encontraron en una noche donde no existían los colores ni las reglas. Una noche de pasión que lo cambió todo. Pero cuando amaneció y se reveló la verdad, comprendieron que su amor es una traición para todos: para sus equipos, para sus familias, para el mundo entero.
Entre la velocidad de la pista y el silencio de los escondites, deberán elegir: ¿obedecer las leyes que los separan o arriesgarlo todo por una vuelta que nunca debió existir?
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CAPITULO 22 REGLAS QUE ROMPEN EN SILENCIO
La luz de la lámpara de cristal, colocada sobre la mesita de noche, se filtraba entre las sábanas de algodón suave, dibujando manchas doradas y tenues sobre mi piel. Me había quitado todo: la camisa del equipo, el sostén, la venda gruesa que me había puesto en el hospital, dejando solo el apósito pequeño y limpio sobre la herida, para que la piel respirara y sanara sin opresión. Me recosté completamente desnuda boca arriba, con los brazos abiertos sobre la colcha y la mirada fija en el techo, donde las sombras se movían al ritmo del viento que golpeaba suavemente la ventana entreabierta.
El dolor ya no era agudo, solo un latido sordo, constante, que me recordaba el golpe pero que se perdía entre todos los pensamientos que me daban vueltas en la cabeza sin descanso. Mañana es la carrera, pensé. Y luego todo termina por unos días: vuelo a Mónaco, a esa fiesta de cristal y antifaces.
Empecé a hablar en voz baja, como si estuviera sentada conmigo misma en la cama, diciéndome todo lo que no me atrevía a decirle a nadie más:
—Dijimos que seríamos amigos con derechos. Nada más. Sin nombres, sin títulos, sin nada que nos ate. Porque no podemos ser nada más. Somos Ferrari y Mercedes. Somos rivales en cada curva, en cada decisión, en cada segundo que pasa en la pista. Si nos descubren, a mí me echan. A mí me borran de todo lo que he construido con años de esfuerzo, de madrugadas estudiando motores, de manos llenas de grasa y sueño. A él… a él le quitarían la confianza, el apoyo, el campeonato que lleva persiguiendo desde que era un niño. Él es el piloto, el que todos miran; yo soy la que está detrás, la que nadie nota hasta que algo sale mal. Si alguien tiene que caer, soy yo. Él no puede permitirse perder nada.
Me pasé la mano por el vientre, despacio, sintiendo cómo se me aceleraba el pecho.
—Pero el problema es que yo no soy así. Yo no sé querer a medias. Yo siento cada cosa con toda el alma, y él… él es de otra manera. Es duro, frío con el mundo, sigue las reglas hasta el último detalle, no se deja llevar. Dijo que no nos enamoraríamos. Dijo que sería fácil. Pero yo sé que yo me voy a enamorar. Ya me estoy enamorando, ¿verdad? Y cuando esto acabe, cuando termine la temporada o cuando nos descubran, ¿qué voy a hacer? ¿Cómo voy a volver a mirarlo a los ojos sin sentir que me falta el aire? ¡Maldita sea! —susurré, cerrando los ojos con fuerza—. ¿Por qué tengo que pensarlo tanto? ¿Por qué no puedo simplemente disfrutar lo que hay y ya?
Respiré hondo dos veces, tratando de calmar el caos que tenía dentro, y busqué el teléfono entre las sábanas. Marqué a Cristal sin dudarlo; ella siempre sabía escuchar sin juzgar, sin decirme lo que debía hacer, solo estando ahí.
Al primer tono contestó. Y cuando su imagen apareció en la pantalla, sentí una mezcla de risa y ternura: estaba recostada igual que yo, completamente desnuda, con el cabello revuelto sobre la almohada y el teléfono apoyado justo delante de su pecho, de modo que se veía todo su cuerpo con total naturalidad.
—Hola, preciosa —dijo con esa voz suave y divertida que tenía siempre, y luego soltó una risa traviesa—. Oye, ¿te olvidaste de que soy lesbiana? Me estás poniendo las cosas muy difíciles, ¿sabes?
Me reí a carcajadas, acomodándome mejor para que también se viera que yo no llevaba nada puesto, igual que ella.
—Cristal, no me importa nada ahora. Solo te quiero ver y necesito que me escuches. Ya te extrañé muchísimo.
—Yo también te extrañé, mi vida —dijo ella, mirándome con esa ternura que solo ella tenía—. Y te advierto que si sigues así de guapa y desnuda delante de mí, me voy a terminar enamorando de verdad. Cuéntame, ¿qué te pasa? ¿Es por él?
—Sí —admití, bajando la voz y acariciando con el dedo la pantalla donde estaba su cara—. Dijimos que solo seríamos amigos con derechos, sin nada serio, porque no se puede. Porque el mundo entero nos estaría vigilando, y nos destruirían a los dos. Pero tengo miedo, Cristal. Tengo miedo de que en cualquier momento esto deje de ser solo placer y se vuelva todo lo que no quiero. Él es tan cerrado, tan estricto con todo… y yo soy tan débil con él. ¿Crees que debería seguir o terminarlo ya? Estoy hecha un lío total.
Cristal se recostó de lado, apoyando la cabeza en su mano, y me miró con seriedad.
—Mara, escucha lo que te diga tu corazón, no lo que te diga tu cabeza.
—No —la interrumpí con firmeza, sintiendo cómo se me llenaban los ojos de lágrimas—. El corazón siempre se equivoca en esto. Siempre nos lleva por donde duele más. Tengo que escuchar lo que pienso, lo que es lógico, lo que no nos va a hacer daño a ninguno.
En ese momento la puerta se abrió muy despacio, sin golpear, sin hacer ruido. No necesité mirar para saber quién era; sentí su presencia antes de verlo. Gael entró y cerró la puerta tras de sí con un movimiento suave, y se quedó parado un instante mirándome, con la respiración entrecortada, como si hubiera venido corriendo. Llevaba solo unos pantalones de pijama oscuros, sin camisa, y su cuerpo fuerte y marcado se veía iluminado por la luz tenue. Se acercó a la cama sin quitarme la vista de encima, y se sentó en el borde, muy despacio.
—Hola, Mara —dijo con esa voz profunda que me recorría entera—. ¿No me felicitaste por la pole hoy?
Me reí entre lágrimas, sorbiendo por la nariz.
—¿Y por qué lo haría? Si eres mi rival. Eres de Mercedes, ¿te lo has olvidado?
Él sonrió apenas, esa sonrisa pequeña y privada que solo yo conocía. Se inclinó un poco hacia mí.
—¿Celosa? Déjame ver… date la vuelta un poco. Quiero ver cómo va esa herida.
Me moví despacio, y él acercó la mano con infinita delicadeza, tocando el borde del apósito con las yemas de los dedos, recorriendo despacio la piel alrededor, bajando suavemente hasta rozar mis pechos, mis pezones, con una ternura que me hizo temblar entera.
—Gael… —susurré, señalando el teléfono—. Estoy en llamada con Cristal.
Él se detuvo un segundo, pero no se apartó. Me tomó el teléfono con una mano y me ayudó a recostarme sobre su pecho desnudo, abrazándome con fuerza, manteniéndome contra él, y volvió a enfocar la cámara en nosotros dos, completamente desnudos, pegados el uno al otro.
Cristal nos miró y soltó una risa suave y sincera.
—Hola, Gael. Felicidades por la pole. Espero que mañana ganes la carrera.
Gael asintió con la cabeza, sin dejar de acariciarme la espalda.
—Gracias.
—¡Pues yo espero que gane Charles! —dije al instante, y Cristal estalló en risas.
—¿Y ella sabe lo que hay entre nosotros? —preguntó él, mirándome a los ojos muy despacio.
—Pues… —empecé a decir, pero Cristal habló antes, con los ojos muy abiertos y brillantes.
—Esperen un momento… ¿son novios? ¡Qué bonito! No tenía ni idea.
Gael soltó una risa corta, moviendo la cabeza, y me apretó un poco más contra él.
—Qué enérgica es tu amiga.
—Con razón —dije yo, mirándolo a él—. Si entras así, sin llamar, y me encuentras así, cualquiera pensaría que somos más que amigos.
—No somos novios —aclaró él, pero bajó la mano despacio por mi espalda, rozándome toda la piel—. Somos amigos con mucha confianza. Mucha.
Me reí, y sin darme cuenta moví un poco el teléfono, dejando ver cómo su mano seguía sobre mi cuerpo, cómo estábamos juntos, sin nada que nos separara. Cristal se rió con ganas, sacudiendo la cabeza.
—Ya veo… los pilotos de F1 saben hacer muchas cosas a la vez, ¿verdad?
—No deberías apuntar eso —dijo él, pero había una sonrisa en su voz, y me dio un beso muy suave en el hombro.
—Bueno, ya que los veo así de bien y juntos —dijo Cristal, recuperando la voz animada—, los invito a una fiesta el día diecisiete de este mes. Es de cristal, todo de vidrio y luces, y todos llevamos antifaz. Nadie sabrá quién es quién, nadie sabrá de qué equipo eres. Podrás ser tu mismo por una noche entera. ¿Vienes o no?