Selene tiene veintidós años y un matrimonio que es su propia jaula de oro. Para su esposo, el implacable magnate Maximiliano Valente, ella no es más que una niña interesada que se vendió por un apellido de peso y una cuenta bancaria sin límites. Convencido de que Selene solo busca su dinero, Maximiliano se dedica a humillarla, refugiándose en los brazos de una amante manipuladora que alimenta su desprecio con mentiras.
Pero Maximiliano ha cometido un error fatal: confundir el silencio de Selene con sumisión absoluta. Tras una noche de crueldad insoportable, Selene decide que ya no le importa su fortuna ni su perdón. Mientras él cree tener todo bajo control, ella empieza a preparar su desaparición silenciosa, dispuesta a empezar de cero, lejos de su opresión.
Maximiliano Valente está a punto de descubrir que el desprecio tiene un precio... y que cuando Selene se marche, el vacío que deje será algo que ni todos sus millones podrán llenar.
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Usurpando un lugar que no le corresponde
Para Alessandra Villarreal, la desaparición de Selene no era una tragedia, sino una vacante que pensaba llenar de inmediato timando el control de lo que le pertenecia a la señora Valente. Sabía que el hierro se forja mientras está caliente, y el ego de Maximiliano estaba al rojo vivo, sangrando por la herida de la humillación.
Alessandra no esperó a ser invitada. Tres días después de la huida, se presentó en la mansión Valente con cuatro maletas de piel de cocodrilo y una sonrisa que guardaba el veneno de mil serpientes. Los empleados, confundidos y temerosos de la furia de su patrón, no se atrevieron a detenerla. Ella caminaba por los pasillos de mármol como si estuviera reclamando un territorio conquistado tras una larga guerra de asedio.
Encontró a Maximiliano en el comedor, rodeado de carpetas de investigación y botellas de licor a medio terminar. Él no se había afeitado y sus ojos tenían el brillo vidrioso de la obsesión.
—¿Qué haces aquí, Alessandra? —preguntó él, sin levantar la vista de un mapa satelital.
—Haciendo lo que tu "esposa" nunca supo hacer, Max —respondió ella, dejando su bolso de diseñador sobre la mesa de caoba—. Cuidarte. No puedes seguir hundiéndote en este agujero de amargura por una mujer que ya se está riendo de ti en los brazos de cualquiera.
Alessandra se acercó y, con una naturalidad calculada, empezó a recoger los papeles esparcidos. Llamó al ama de llaves con un chasquido de dedos que sonó como un látigo.
—Llévese esto. Limpien la habitación principal y cambien las sábanas. Quiero flores frescas, pero nada de esas calas blancas espantosas que le gustaban a la anterior señora. Traigan orquídeas rojas.
Maximiliano la observó con una mezcla de cansancio y apatía. En su mente, todavía resonaba el eco del "Contrato rescindido", pero la presencia de Alessandra ofrecía un orden que él ya no era capaz de mantener.
—Ella se fue, Alessandra. Me dejó una nota como si fuera un empleado despedido —dijo él, golpeando la mesa.
—Porque eso es lo que ella sentía, Max. Ella nunca te vio como un hombre, te vio como un cajero automático —Alessandra se sentó en su regazo, rodeándole el cuello y obligándolo a mirarla—. Olvídala. Deja que los abogados se encarguen de encontrarla para el divorcio por abandono. Tú necesitas volver a ser el rey de esta ciudad, y un rey necesita una reina que esté a su altura, no una niña caprichosa que juega a las escondidas.
Esa misma noche, Alessandra se instaló en el lado de la cama que antes pertenecía a Selene. Se encargó de que cada rastro de la presencia de la joven Arismendi fuera borrado: tiró sus libros de poesía a la basura, donó sus pocos vestidos personales a la caridad y perfumó el aire con su propia fragancia intensa, borrando el suave rastro de vainilla que Selene solía dejar.
Alessandra empezó a meterse en cada rincón de su vida. Atendía las llamadas de negocios de Maximiliano, filtraba a quién veía y a quién no, y se sentaba a su lado en las reuniones de la junta directiva, susurrándole al oído consejos cargados de ambición.
—Max, tienes que ser más duro con los Arismendi —le decía mientras le abrochaba los puños de la camisa por la mañana—. Si perdonas a Roberto, el mundo pensará que eres débil. Destrúyelo. Demuestra que nadie traiciona a un Valente y sale ileso.
Maximiliano se dejaba llevar. El vacío que dejó Selene era tan grande que permitió que Alessandra lo llenara con su oscuridad. Sin embargo, por las noches, cuando Alessandra dormía satisfecha a su lado, Maximiliano se quedaba mirando el techo. El perfume de su amante le resultaba invasivo, y el silencio de la casa, ahora lleno de la arrogancia de Alessandra, le recordaba constantemente que había cambiado una prisionera silenciosa por una carcelera ruidosa.
Alessandra pensaba que había ganado. Creía que al ocupar el espacio físico de Selene, también ocuparía su lugar en los pensamientos de Maximiliano. Pero no se daba cuenta de que, al alimentar el odio de él hacia su esposa, solo estaba logrando que Selene fuera el centro de todo su universo.
—Ya eres mío, Maximiliano —susurró Alessandra una madrugada, besando su hombro—. Ella es el pasado. Yo soy tu presente.
Maximiliano no respondió. En su mente, no veía orquídeas rojas, sino una taza de té derramada en un jardín y unos ojos azules que, por mucho que Alessandra intentara manchar, seguían brillando con una pureza que él, en su furia interna, sabía que acababa de perder para siempre.
Alessandra Villarreal se había metido en su vida, sí. Pero al hacerlo, se convirtió en el recordatorio constante de que Maximiliano Valente lo tenía todo, excepto lo único que realmente deseaba recuperar: la mirada de la mujer que se había atrevido a decirle que no.