Una simple coincidencia fue suficiente para cambiar el destino de dos mundos.
Zea nunca debió cruzarse en el camino del Rey Alfa.
Él es el gobernante más poderoso de todos los clanes. Un hombre cuya sola presencia inspira obediencia. Frío. Implacable. Incapaz de amar. Su vida siempre ha estado regida por una única ley: el deber está por encima de cualquier sentimiento.
Hasta que la conoce.
Desde el primer instante, algo en Zea despierta un instinto que creía muerto. Por primera vez, el Rey Alfa desea algo para sí mismo... y está dispuesto a desafiar al destino para conseguirlo.
Pero Zea también es un misterio.
Su familia ha vivido escondiendo una verdad tan antigua como peligrosa. Un secreto que ha pasado de generación en generación con una única regla: jamás acercarse a un alfa... y bajo ninguna circunstancia, a un Rey.
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Capítulo 21 El Despertar
Zafira apretó los puños, sus uñas clavándose en las palmas de sus manos. La rabia hervía en su pecho, una rabia que había estado alimentando durante años. Ella también había sufrido, también había visto a los alfas tratar a los omegas como objetos. Pero por eso mismo había llegado a donde estaba: la primera gama en comandar el ejército, la primera omega en alzar la voz y ser escuchada.
—No dejaré que eso pase —dijo Zafira, su voz firme como el acero—. He arreglado todo. Tenemos que sacar a Zea de aquí. Si ese Rey Alfa sabe de su poder, de su linaje, va a querer usarla. Y si no puede protegerla, para eso está su tía. Para eso tengo un ejército. No permitiré que ella sufra.
Sabina asintió entre sollozos, sintiendo un atisbo de esperanza en el pecho. Sabía que Zafira cumpliría su promesa. Siempre lo había hecho.
—¿Y si el Rey Alfa no quiere usarla? —preguntó Jairo, con una duda en la voz—. ¿Y si realmente la ama?
Zafira lo miró con escepticismo. "¿Crees que un Rey Alfa puede amar a una omega sin querer poseerla? ¿Sin querer controlarla? Yo he visto demasiado para creer en cuentos de hadas."
Jairo bajó la mirada, sabiendo que su prima tenía razón. Pero en el fondo de su corazón, algo le decía que este Rey Alfa era diferente. Que había algo en sus ojos cuando miraba a Zea que no era simple deseo de poder.
Pero no podía arriesgarse. No podía arriesgar a su hija.
—Zafira —dijo Jairo, levantando la cabeza—. Llévate a Zea. Protégela. Pero prométeme que, si algún día ella quiere regresar, no se lo impedirás. Que la dejarás decidir por sí misma.
Zafira lo miró durante un largo momento, y finalmente asintió. "Te lo prometo. Pero solo si ella está a salvo. Solo si no corre peligro."
Sabina se levantó y abrazó a su prima, sus lágrimas empapando el uniforme de Zafira. "Gracias. Gracias por todo. No sé qué haríamos sin ti."
Zafira la abrazó con fuerza, y en su pecho, el juramento de proteger a Zea se selló con la misma determinación con la que había luchado toda su vida.
—No te preocupes, hermana —susurró—. Nadie tocará a tu hija. Mientras yo viva, nadie la lastimará.
Afuera, el viento seguía soplando, y las nubes se acumulaban en el horizonte. La tormenta se acercaba. Y con ella, la batalla por el destino de Zea estaba a punto de comenzar.
La luz del amanecer se filtraba a través de las cortinas de seda de la habitación del Rey Alfa, pintando el cuarto con tonos dorados y rosados que parecían sacados de un sueño. El silencio era absoluto, roto solo por la respiración suave y profunda de dos cuerpos que descansaban juntos, envueltos en la calidez de las sábanas de lino.
Zea despertó lentamente, su mente aún atrapada en la bruma de un sueño profundo y reparador. Parpadeó varias veces, tratando de orientarse, y sintió una suavidad bajo su cuerpo que no era la de su colchón en casa. Las sábanas olían a algo familiar, algo que le recordaba al bosque después de la lluvia, a madera de cedro y a... a él.
Sus ojos se abrieron de golpe.
La habitación era amplia y lujosa, con paredes de piedra vista decoradas con tapices antiguos y muebles de roble oscuro. Una chimenea apagada ocupaba una de las paredes, y junto a la ventana, un enorme escritorio estaba cubierto de documentos y mapas. Pero lo que más llamó su atención fue la figura que descansaba a su lado.
Bruno dormía plácidamente, su rostro relajado y libre de la tensión que siempre lo acompañaba. Su pecho, desnudo, se elevaba y descendía con la cadencia de un sueño profundo. Uno de sus brazos estaba extendido sobre la almohada, a centímetros de la cabeza de Zea, como si incluso dormido buscara su cercanía.
Zea sintió que el corazón le daba un vuelco. El calor le subió por las mejillas, extendiéndose hasta las orejas y el cuello. Sin pensar, jaló la manta hacia arriba, cubriéndose hasta la nariz, de modo que solo sus ojos, grandes y expresivos, quedaban al descubierto.
¿Qué estoy haciendo aquí? pensó, su mente corriendo a toda velocidad. ¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Qué pasó anoche?
Los recuerdos comenzaron a regresar a ella como fragmentos de un sueño. La noche anterior, Urock había vuelto a visitarla. Lo había visto desde su ventana, su enorme figura negra recortada contra la luz de la luna, sus ojos de acero fijos en ella con una intensidad que la había llamado sin palabras.
Había sentido una urgencia en él, una necesidad de protegerla que iba más allá de lo racional. Y ella, sin saber por qué, había bajado las escaleras descalza, con su pijama de algodón, y se había subido a su lomo.
El viaje había sido un torbellino de viento y sensaciones. Urock había corrido a través de los campos y los bosques con una velocidad que desafiaba la gravedad, y Zea se había aferrado a su pelaje, sintiendo la calidez de su cuerpo y la seguridad de su presencia. No había tenido miedo. Solo una certeza profunda de que estaba a salvo.
Cuando llegaron a la mansión real, Urock la había llevado hasta una habitación enorme, la más grande que había visto en su vida, y la había dejado en la cama. Luego, el lobo se había transformado, y Zea había visto a Bruno, todavía en su forma humana, acostarse a su lado y cubrirla con la manta. Y ella, agotada por la emoción y el viaje, se había dormido en ese instante.
Ahora, al despertar, se encontraba en la cama del Rey Alfa, y él dormía a su lado como si fuera lo más natural del mundo.
Zea tragó saliva, sus ojos recorriendo el rostro de Bruno. Dormido, parecía menos intimidante, más joven. La línea de su mandíbula, tan firme cuando estaba despierto, se suavizaba, y sus labios, que siempre parecían fruncidos en una expresión seria, se relajaban en una curva casi dulce.
Es tan guapo, pensó Zea, y el pensamiento la hizo sonrojarse aún más. ¿Qué estoy pensando? ¡Esto no es un sueño! Estoy en la cama del Rey Alfa. ¿Qué va a pensar él cuando despierte? ¿Qué voy a decirle?
Se movió ligeramente, tratando de encontrar una posición más cómoda sin despertarlo, pero el crujido de la cama fue suficiente. Bruno abrió los ojos lentamente, y sus miradas se encontraron.